El periodista de EL PAÍS, Claudi Pérez, en la entrevista con 'Letra Global'

El periodista de EL PAÍS, Claudi Pérez, en la entrevista con 'Letra Global' SIMÓN SÁNCHEZ BARCELONA

Ideas

Claudi Pérez: “España tiene una suerte estratégica increíble y la política, con su ruido insoportable, la está malgastando”

El periodista, que acaba de publicar ‘Las invasiones bárbaras’ sobre las lecciones y consecuencias de la crisis económica que estalló en 2008, tiene claro que “las condiciones materiales de la vida son las que explican el auge de los populismos”. Y lanza un mensaje: "Ningún otro partido de alternativa en Europa hace oposición en Bruselas contra su propio país como hace el PP"

También: Borrell: “Hay bárbaros claros como Trump o Netanyahu, pero no los chinos”

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Claudi Pérez (Reus, 1972), periodista de larga trayectoria, exdirector adjunto de El País y una de las firmas más lúcidas de la crónica económica actual, --sigue trabajando en El País, llega a Letra Global, en Barcelona, con una gran sonrisa. Le gusta la ciudad, la suya. “Esta luz es única”, señala. Bajo el brazo lleva Las invasiones bárbaras (Debate). Se trata de un mosaico de más de 170 teselas que combinan sus libretas de corresponsal con profundas lecturas. Pérez disecciona las cicatrices de la crisis de 2008, el desplome de la socialdemocracia y las flaquezas de un liderazgo europeo encarnado por figuras como Angela Merkel y Emmanuel Macron.

En esta entrevista en Letra Global, el autor reivindica la honestidad frente a la quimera de la objetividad y analiza las paradojas de un sistema económico que rescató a los bancos mientras sembraba el malestar material que hoy nutre a los populismos. Tiene claro que las opciones populistas han llegado por razones materiales, por la falta de respuestas de los dirigentes políticos frente a un sistema económico que no ha tenido piedad, que es autónomo y que “crea más y más desigualdad”.

En el caso de España, Pérez no duda en afirmar que los datos macroeconómicos son buenos, y que las bases ahora de la economía española son más firmes. La coyuntura, además, ha ayudado, con el presidente Pedro Sánchez convertido en un referente internacional. Sin embargo…. “España tiene una suerte estratégica increíble y la política, con su ruido insoportable, la está malgastando”, sentencia.

Claudi Pérez huye de los economistas pesimistas, de los representantes de la ciencia lúgubre. Y advierte de que la verdadera amenaza para el orden liberal no viene de fuera, sino de la alianza entre los populismos y los magnates tecnológicos de Silicon Valley. Esos “bárbaros” que ya estaban dentro.

En Las invasiones bárbaras aprovecha los cuadernos que fue escribiendo en sus coberturas. Mantiene esas crónicas vivas. ¿Por qué eligió esa estructura fragmentaria?

He guardado esos cuadernos como oro en paño. Ser periodista en estos tiempos es apasionante porque te permite hacer un poco de ‘turismo de crisis’ y de viajes culturales. Yo casi me he formado en esas coberturas: la crisis griega, la portuguesa, o estar en Nueva York el día que cayó Lehman Brothers. Estar ahí en primera línea te permite una manera particular de mirar. Un periodista es alguien que básicamente le chupa todo lo que puede a todo lo que tiene a su alrededor.

De ahí sale un libro fragmentario, porque creo que el mundo actual lo es. Hay gente capaz de hacer una teoría del todo. Los periodistas somos más de ir a un sitio, contar una anécdota y hacer de ella una categoría. El libro busca ser un mosaico de la realidad a través de unas 180 teselas, alimentado de mis libretas y de lecturas capitales como Crash de Adam Tooze o Postguerra de Tony Judt.

Desde el punto de vista del oficio, reivindica que no nos podemos centrar tanto en la supuesta objetividad, sino en la ‘honestidad de la mirada’. ¿Por qué es tan importante recuperar ese concepto?

Cada maestrillo tiene su librillo, pero más allá de acumular hechos, yo busco un punto de vista honesto. Después de la gran crisis de 2008 vinieron el Brexit, los refugiados, Donald Trump y varias guerras. Para contar esto, esa palabra tan grande llamada ‘objetividad’ no me dice mucho. Me dice más la honestidad y el punto de vista. Cesare Pavese decía que lo más importante al ponerse a escribir es la riqueza del punto de vista, y eso vale para un poeta, un escritor o un periodista.

Hay que ir a los sitios con tus prejuicios, pero también con las lecturas y los ojos abiertos para empaparse de todo, ir, ver y contar. Eso implica hablar con la máxima gente posible, algo que lamentablemente se ha ido perdiendo en los medios por razones económicas.

A diferencia de cierta prudencia anglosajona que usa un lenguaje casi médico para no pillarse los dedos, usted sí se pronuncia con claridad y señala culpables

Creo que hay que decirle a la gente las cosas claras. También hay que dudar, claro. Europa es el continente de la duda, no de la certeza. Por eso es tan curioso que arraiguen aquí movimientos políticos que solo tienen certezas. A mí lo que me interesa es dudar, pero después ofrecer un punto de vista honesto y claro. El periodismo es un ejercicio de traducción de un mundo dificilísimo.

Estuve seis años en Bruselas intentando traducir lo que pasaba a palabras inteligibles. A veces abusamos de las metáforas médicas (‘estamos infartando’) o los periodistas nos pasamos el tiempo bautizando nuevas eras, y eso va en detrimento de nuestra credibilidad. En esto, los periódicos nos hemos equivocado mucho. Al final, si aciertas de forma continuada, la gente te lee; si yerras siempre, se acabó.

Portada del libro de Claudi Pérez

Portada del libro de Claudi Pérez

En el libro apunta que la crisis de 2008 es la clave de los actuales populismos y que se cerró en falso. En la dialéctica entre las razones materiales y la guerra cultural, ¿qué pesa más en ese auge populista?

Sin duda, las condiciones materiales de la vida, en el sentido más marxista del término. Las cosas importantes no tienen una única explicación, tienen más colores que una verdulería, pero el poder adquisitivo y la forma en que se rescató a los bancos --donde Estados Unidos ayudó a Wall Street y dejó de lado a Main Street-- son la causa principal. La cuestión cultural es complementaria.

El malestar en Occidente viene de ahí, y algunos han sabido articular ese cabreo de forma muy atractiva y amplificada por las redes sociales. Esta crisis se venía fraguando desde los años 70 con Reagan y Thatcher; los excesos acumularon burbuja tras burbuja hasta que la de 2008 hizo estallar el dogma del laissez-faire. La crisis de 2008 sigue con nosotros porque dejó una desigualdad enorme.

Ahí se da una gran paradoja: la izquierda promete la igualdad, y los mercados generan desigualdad y, cuando la política intenta regular, los propios medios de comunicación alertan de los peligros de intervenir demasiado. Al final todo se queda a mitad de camino.

Se queda a medio camino, pero siempre más escorado hacia un lado que hacia el otro. En 2008 parecía que volvía el keynesianismo de los treinta años gloriosos, pero eso duró apenas un año. Luego vino la cumbre del G20 y los europeos empezaron a exigir recortes y reformas bajo ese concepto tan cínico que llamaron ‘austeridad expansiva’. La Tercera Vía de los años 90 prometía domar los mercados y hacer el capitalismo más amable, pero lo que hicieron Bill Clinton, Gerhard Schröder, Tony Blair o el propio Felipe González años antes, fue desregular a ambos lados del Atlántico.

¿Fueron entonces estos líderes de izquierda los grandes responsables ideológicos de la situación actual?

Son fundamentales para entender la grave crisis en la que está la socialdemocracia. Un votante de izquierdas se pregunta por qué creció la desigualdad teniendo a Barack Obama en el poder, quien terminó salvando a Wall Street. En el libro cuento que, cuando quebró Lehman Brothers, yo iba cada mañana a su sede. Un fotógrafo de un tabloide neoyorquino esperaba que alguien se tirara por la ventana, cosa que no pasó.

Pero ese mismo fotógrafo, el día que se aprobó el rescate bancario de 750.000 millones de dólares en el Congreso, me llevó a un bar de Wall Street donde los agentes de bolsa brindaban con champán. Pensé: ‘Qué maravilla de reportaje que tengo entre manos, pero qué asco’. A esa gente no le pasó nada, se hicieron más ricos, mientras que la gente de la calle sufrió las consecuencias.

La desigualdad es la enfermedad económica de nuestra época. Steve Bannon relata que vio nacer su movimiento en ese preciso instante: entendió que la derecha radical ganaría las siguientes elecciones gracias a ese rescate injusto. El Consenso de Washington contaminó toda la política, y los partidos de izquierda acabaron poniéndose de perfil. Lo que constatamos es la impotencia democrática.

En el libro habla de los grandes protagonistas de esos años. Sorprende la anécdota sobre cómo logró romper el hielo con Mario Draghi en una entrevista

Fue una entrevista que hicimos junto a Xavier Vidal-Folch. Llevábamos diez minutos peloteando y Draghi estaba tensísimo. Nada de lo que preguntábamos parecía interesarle. Su jefa de gabinete vio la situación y pidió café. Sabiendo que él es un ferviente seguidor de la Roma —tiene su despacho lleno de ejemplares de la Gazzetta dello Sport—, le pregunté por Francesco Totti y Giuseppe Giannini, ya que a mí también me gusta la Roma. Ahí se rompió el hielo. El periodismo tiene estos ardides. No es solo llevar buenas preguntas, que son esenciales, sino saber cómo acercarse al personaje. Draghi terminó siendo uno de los grandes personajes de esta era. Cuando el barco europeo iba directo a estrellarse contra las rocas, él viró y salvó los muebles.

La otra cara de la moneda es Angela Merkel. En el libro se percibe un tono tenso, casi agresivo por su parte, cuando reprochaba que en España se habían construido aeropuertos sin aviones. ¿Tenía parte de razón?

La crisis española tuvo muchos padres. El Banco de España no supervisó, el Ministerio de Economía de Aznar no hizo lo que debía, y el de Zapatero negó la crisis hasta que nos estalló en las narices. Además, la propia sociedad se creyó la milonga de que los precios de la vivienda nunca bajaban. Pero, aunque las causas fueran hispano-españolas, el tratamiento que nos recetó Merkel fue aceite de ricino: recortes a saco y una devaluación interna brutal.

¿Y qué hizo Alemania en todo ese tiempo? Cero reformas desde la época de Gerhard Schröder. ¿Qué tiene Alemania hoy? Una crisis de caballo, existencial y de modelo, derivada de la parálisis de la era Merkel. Sin embargo, aquí todavía se le escriben hagiografías. Luis de Guindos escribió un libro muy amable con ella y con Wolfgang Schäuble, cuando la propia Comisión Europea ha reconocido que la cura que nos aplicaron a nosotros, a Grecia y a Irlanda fue una barbaridad terrible que dejó un cabreo morrocotudo.

El periodista Claudi Pérez, en la entrevista con 'Letra Global'

El periodista Claudi Pérez, en la entrevista con 'Letra Global' SIMÓN SÁNCHEZ BARCELONA

¿Ocurrió lo mismo con el rescate financiero en España?

El día que publicamos en el periódico que España iba a ser rescatada, el ministro de Economía de Rajoy nos llamó para decir que no era un rescate, sino ‘un crédito en condiciones ventajosas’. Ese crédito nos costó una reforma de pensiones y una reforma laboral brutal que disparó la temporalidad y la pérdida de poder adquisitivo. Los estadounidenses recuperaron el dinero de sus rescates porque lo hicieron de otra forma.

Aquí la crisis nos costará unos 80.000 millones de euros de dinero público que no volverán, mientras el sistema financiero que engulló a las cajas hoy presenta beneficios récord.

También es sumamente crítico con Emmanuel Macron, un líder habitualmente elogiado por el europeísmo

A lo mejor soy injusto, pero tengo muy mala opinión de Macron. En primer lugar, dinamitó el sistema de partidos en Francia. Uno de los grandes problemas actuales es que se están eliminando los intermediarios (partidos, periódicos), que están ahí para facilitar las cosas. Cuando los quitas, el pastel se lo quedan los magnates de Silicon Valley. Además, el problema de Macron es que es incapaz de pasar de las musas al teatro. Intelectualmente es una delicia escuchar sus discursos inspiradores, pero su obra de gobierno es mediocre o mala. Francia arrastra una deuda del 120%, un déficit del 6%, ha tenido ocho primeros ministros en ocho años y el eje franco-alemán está desaparecido.

Con Trump o con China, Macron ha ido a la suya de forma tardía. No ha beneficiado a las clases rurales —de ahí la chispa de los chalecos amarillos— y hoy la extrema derecha roza el 40% en Francia. Que las figuras de Merkel y Macron dejen el liderazgo europeo en estas condiciones nos debería hacer pensar qué han hecho mal.

Si analizamos la España actual, con Pedro Sánchez en el Gobierno, los datos macroeconómicos muestran crecimiento, reducción de déficit y buena recaudación. ¿Ha cambiado la estructura económica?

Yo creo que claramente tiene dos grandes activos Pedro Sánchez. Uno es que habla inglés. Él es el primer presidente del gobierno español en 50 años de democracia —lo que ya es triste, porque la sociedad española ya habla inglés— que habla inglés. Eso en Bruselas es fundamental. O sea, si tú quieres influir en los debates, tienes que decir cosas interesantes en ellos.

Hay una segunda variable muy importante que es que España crece al 3% cuando el resto de Europa crece al 1%. Entonces, con eso puedes presionar mucho.

Y luego yo creo que Sánchez ha tenido un poco de baraca en parte, pero también un poco de audacia en el sentido de anticiparse a algunos consensos. Con Gaza clarísimamente ocurrió eso, y con Trump ha sido más directo que otros. Ahora se le está viendo también la parte negativa de haberse metido contra él, pero se anticipa a los consensos. Yo he criticado mucho desde el periódico el 'vasallaje feliz', hemos llegado a llamarle, de Ursula von der Leyen, que creo que esta mujer está pensando que pasará Trump y todo volverá a ser la Arcadia feliz de antes; pero antes tampoco era una Arcadia feliz. Entonces, yo creo que ahí Sánchez ha sabido jugar sus bazas.

La foto actual de España es mixta, tiene luces y sombras. Hoy crecemos al 3%, que es el doble de la zona euro y el triple de lo que crecen Alemania o Francia. Hemos reducido la deuda al 100% del PIB y el déficit ya no nos sitúa bajo el brazo sancionador de Bruselas. Este crecimiento se explica por tres motores: los fondos Next Generation —de los que España fue ideóloga y trabajó mucho por ellos—, la apuesta por las energías renovables y la inmigración, aunque este último sea un tema controvertido donde la socialdemocracia europea está adoptando posturas duras cercanas a la extrema derecha, como en Dinamarca.

Además, se ha subido el salario mínimo un 66% y se creó el ingreso mínimo vital. La academia decía que esto destruiría empleo y estamos en récord de afiliación. Incluso la productividad ha mejorado. Sin embargo, España se incorporó tardísimo a las grandes ligas europeas y mantiene talones de Aquiles históricos: el problema de la vivienda es alarmante y el paro sigue en el 10%. Cuando le cuentas a un japonés o a un sueco que tu economía va de cine, pero tiene un 10% de desempleo, no te creen. España tiene ahora mismo una oportunidad de oro para dar un salto de nivel, pero la cocina política desprende un calor insoportable y la manera en que discutimos entorpece ese avance.

Tras las heridas que dejó la gestión de la crisis anterior, con exigencias tan humillantes como las de Finlandia pidiendo los cuadros del Prado como aval, hoy los países del sur presentan mejores datos que los del norte.

¿Se ha convertido, entonces, nuestra dependencia de los servicios en una inesperada virtud frente al patrón industrial de Alemania u Holanda?

Cuidado con la historia, porque Alemania y Holanda son países muy ricos y doy por hecho que se van a recuperar, aunque ahora atraviesen una crisis muy gorda debido a su dependencia energética y a la guerra de Ucrania. Normalmente España ha tenido mala suerte con las coyunturas internacionales, además de ganarse a pulso sus propias crisis.

Pero ahora ocurre lo contrario: tenemos un poco de ‘potra estratégica’, de suerte. Ha estallado una guerra en Europa, pero nos pilla a 3.000 kilómetros de distancia. Tenemos que subir el gasto militar, sin duda, pero no sufrimos un problema existencial como Polonia o las economías bálticas.

Además, nuestro turismo representa el 10% del PIB y resulta que los destinos alternativos con los que competimos en Oriente Medio están en conflicto. Todo nos viene de cara. Disfrutamos de unos precios energéticos para nuestra industria que compiten en condiciones de superioridad con Alemania, probablemente por primera vez en 200 años, desde la Revolución Industrial. Tenemos una oportunidad increíble para dar un salto y subir varios escalones, pero la ‘cocina política’ desprende un calor insoportable. Con ese ruido constante, se está malgastando la oportunidad.

¿A qué se refiere exactamente con ese calor insoportable de la cocina política?

Los españoles discutimos de una manera demasiado bestia. La eficiencia de la política depende de cómo se debate para solucionar los problemas, y nosotros discutimos muy mal. No puede ser que un partido de oposición con posibilidades de gobierno, como es el PP, se vaya a Bruselas a decir que España tiene un Estado de derecho equiparable al de Turquía, Hungría o Polonia. No puede ser. Tenemos problemas con el Estado de derecho, claro, como muchos otros países, pero esa literatura comparada del desastre y el pesimismo del 98 constante nos ancla en el derrotismo.

El PP tiende a hacer una oposición durísima acusando al Ejecutivo de ilegítimo desde el primer día. Ya lo vimos en la pandemia cuando votaron en contra de medidas imprescindibles, o cuando no apoyaron las medidas de Zapatero en el momento más agudo de la crisis de 2008.

Este Gobierno actual tiene cosas muy preocupantes, como una mayoría fragilísima y casos de corrupción sobre la mesa, pero la forma de hacer política de la oposición es muy discutible. Ningún otro partido de alternativa en Europa hace oposición en Bruselas contra su propio país como hace el PP.

Ante este bloqueo, ¿sería partidario de ensayar las fórmulas de gran coalición que se han visto en Europa para rebajar la tensión?

Francamente, no lo sé. No soy muy favorable a las grandes coaliciones porque la experiencia demuestra que terminan impulsando a los extremos. Los cortafuegos tradicionales contra la extrema derecha en Francia y Alemania están agrietados. En Francia la extrema derecha está en el 40% y Alternativa por Alemania (AfD) ya es primera fuerza en algunas regiones del este. Da que pensar si recordamos los años 30. Las elecciones deben servir para elegir modelos distintos de sociedad. Lo que no es de recibo es que aquí el bipartidismo se haya vuelto impenetrable y sea incapaz de pactar absolutamente nada en asuntos que deberían quedar por encima de la refriega partidista.

¿Y la referencia de Sánchez en el campo internacional?

En el plano internacional, Pedro Sánchez es visto de forma muy positiva en comparación con otros líderes como Emmanuel Macron. Se le considera una de las grandes figuras de la corriente socioliberal y ha demostrado una capacidad notable para influir en los debates y anticiparse a los consensos europeos.

Sánchez tiene sus problemas, tiene muchos problemas. Pero Sánchez supo decirle a Trump algunas cosas que no le dijo Macron antes. Yo creo que, ya digo, que Sánchez tiene sus problemas, pero Sánchez le ha hablado a Trump de una determinada manera y Macron lo ha empezado a hacer, pero muchísimo más tarde. Sánchez ha entendido el instante en el que se mueve la política internacional y la economía internacional, y es una de las grandes estrellas de los socialliberales.

En el plano territorial, el procés catalán se vendió bajo la premisa de que los países pequeños se manejan mejor en Bruselas, como Dinamarca. Desde su experiencia como corresponsal, ¿los países pequeños defienden mejor su agenda?

Depende del país y de la etapa histórica. Dinamarca, por ejemplo, fue tan euroescéptica como el Reino Unido hasta que Donald Trump amenazó con comprarles Groenlandia. Entonces corrieron al núcleo duro de la Unión y hoy son de los más europeístas. Tener voz propia te da tracción, pero la milonga increíble que nos contaban los líderes catalanes de que Europa los reconocería enseguida era un ensueño. El caso catalán fue el laboratorio de un populismo que luego se extendió a todas partes.

Aun así, yo defiendo que España no está tan mal y que Cataluña está mucho mejor. En 2017 vivimos una crisis constitucional tremenda. En mi propia familia tuvimos que prohibir hablar de política para no acabar a la gresca. La política sacó entonces el genio de la judicialización de la lámpara, y ese genio todavía no ha vuelto.

Pero gracias a los indultos y a la amnistía —medidas muy discutidas, no lo niego—, Cataluña se ha normalizado notablemente. Una política se mide por su efectividad. El problema es la ley de acción-reacción. Se normaliza Cataluña pero se alinean los extremistas. Ahora tenemos a Vox fuerte y un partido ultra etnonacionalista catalán asomando la cabeza. Nunca es todo perfecto.

A pesar de este panorama populista en el mundo, su libro se distancia de los discursos apocalípticos tan habituales en la economía actual.

Combato el catastrofismo militante. Están pasando cosas terribles y es lógico ser pesimista, pero no derrotista o fatalista. Quería titular el libro El Apocalipsis casi siempre defrauda a sus profetas, pero mi editor me disuadió. Como decía Rafael Sánchez Ferlosio, la ‘nueva era’ casi siempre es la vieja desventura. Estamos mal, de acuerdo, pero somos la generación más longeva, más rica y que mejor vive de la historia de la humanidad. Un niño que nazca hoy en un país desarrollado vivirá más de cien años. A mí me gustan los economistas que buscan salidas, los ‘sabios esperanzados’. Los que emplean un tonillo de Antiguo Testamento para azotarnos moralmente me resultan insufribles.

Si los bárbaros no están a las puertas del imperio, ¿dónde están?

La verdadera tesis del libro es que los bárbaros ya están dentro. Son los tecno-magnates de Silicon Valley. Hace quince años yo cubría el Foro de Davos y esta gente se presentaba con mensajes muy cercanos a la progresía. Eso ha cambiado radicalmente. Hoy son la base cultural y financiera sobre la que se asientan los populismos de extrema derecha que utilizan sus redes sociales como un lanzallamas. Tipos como Peter Thiel dicen abiertamente que la democracia es incompatible con la libertad. Es lo mismo que se defendía en los años 30.

Antes la política europea se dividía en dos bloques estables de centro-izquierda y centro-derecha que permitían grandes acuerdos. Ahora estamos en un escenario de tres tercios: la izquierda, el centro-derecha y la extrema derecha. Una de las grandes cajas negras de nuestro tiempo es ver qué hará el centro-derecha tradicional ante la tentación de pactar con esta nueva ola radical, algo que ya estamos viendo en Bruselas con Manfred Weber y en varias autonomías españolas. El PP cree que podrá engullir a la extrema derecha en algún momento, pero no parece que eso esté pasando.

En este contexto internacional, dedica páginas muy duras a mitos políticos como Barack Obama. ¿Por qué esa visión tan crítica?

Con Obama me ocurre lo mismo que con Emmanuel Macron o François Hollande. Sus discursos maravillosos se compadecen mal con su obra de gobierno. El cometido de un líder es preparar a su país para lo que viene después, y a Obama le sucedió Donald Trump. Bajo su mandato, la desigualdad en Estados Unidos creció de forma rampante, abonando el terreno material para el populismo. Obama fue profundamente decepcionante. Un periodista tiene la obligación de mantener la duda y la crítica como razón de ser del oficio.

Muchas veces, cubriendo la actualidad, crees que estás presenciando la historia en directo porque asistes a un discurso brillante de Obama en Berlín. Pero la historia real, como dice Ferlosio, es muy correosa y suele pasar desapercibida. No estaba sucediendo en esos atriles, sino en Minneapolis, con la gente de la calle perdiendo su poder adquisitivo, desahuciada y enfadándose hasta el punto de terminar votando a un tipo que está absolutamente chalado.

A veces los periodistas nos perdemos los momentos álgidos de la historia por mirar a las fuentes oficiales.