Portada del libro sobre el rey emérito, publicado en francés, con la ayuda de Laurence Debray

Portada del libro sobre el rey emérito, publicado en francés, con la ayuda de Laurence Debray

Letras

Los premios, Juan Carlos I, Thomas Bernhard y los zapatos

Habría que tener cuidado. Habría que ser muy callado. Lacónico hasta la mudez. Corremos continuamente el riesgo de que, cuando faltemos, alguien nos recuerde sólo por alguna perorata zapatera

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Al enterarme de que la asociación Lire la société (leer la sociedad) entregaría este sábado en el Parlamento francés el premio al mejor libro político del año a Reconciliación (ed. Planeta) las memorias de Juan Carlos I, me precipité a leerlo. Es estupendo. Cosa que ya suponía, sabiendo que su “negro” es Laurence Debray, que estuvo dos años en Abu Dabi, visitando casi cada día al Rey, para darle forma. Laurence Debray es la autora de Hija de revolucionarios (ed. Anagrama), un libro y testimonio cuya lectura no me canso de recomendar.

Reconciliación es un libro claro, entretenido, bien estructurado, iluminador sobre la trayectoria política y vital del Rey que ahora vive en Abu Dabi, como víctima de una maldición o un hechizo familiar: su padre, su abuelo, y sus bisabuelos conocieron el exilio. Lo de Juan Carlos no es propiamente un exilio, pues puede volver a España cuando quiera, no tiene causas pendientes con la Justicia ni con el fisco. El destierro es un último y amargo servicio que rinde a la institución que tanto empeño puso en restaurar y consolidar.

Algunos, en nuestro país, sobre todo portavoces de la extrema izquierda y de la prensa, han criticado Reconciliación por ser una autobiografía autojustificativa, que pasa de puntillas sobre ciertos episodios de su reinado. Pero todas las biografías son así. Nadie es tan tonto para contar su vida con el propósito de denigrarse. Uno, cuando se peina ante el espejo, procura dar buen aspecto. Y si escribe su vida, cuenta lo que le da la gana, como es natural.

Los premios gustan

Pues la importante entidad mencionada, y otras –no es el único premio que ha obtenido— lo valora como significativa aportación a la historia y lo celebra nada menos que en el Parlamento, sede de la democracia francesa. No es la primera vez que aquí se ignora o ningunea a un autor, y luego Francia lo descubre y exalta. Quizá esto debería hacernos pensar.

Laurence Debray, 'el negro', del libro del rey emérito

Laurence Debray, 'el negro', del libro del rey emérito

Mientras escribo esto, se concede (a la escritora argentina Samanta Schweblin) el premio de Aena, sociedad participada por el Estado, dotado con un millón de euros, que se ha fundado, y concedido ahora por primera vez, para distinguir al mejor libro publicado el año anterior, según el criterio de un jurado.

Algunos periodistas lo han criticado por obsceno y populista, no sin motivos. Tampoco sin motivos, ningún literato ha manifestado objeción alguna.

Los premios suelen gustarle a quienes los ganan. A nadie le amarga un dulce. Salvo, quizá, a Thomas Bernhard.

En el año 2009, o sea, veinte años después de su muerte, se publicó la hilarante memoria Mis premios, en el que el novelista austriaco contaba las circunstancias en que a lo largo de los años le concedieron una docena de premios, y sus pensamientos y sensaciones sobre el hecho de haberlo ganado, sobre la ceremonia de entrega y sobre los miembros del jurado. Cada capítulo, un premio.

El joven Thomas Bernhard

El joven Thomas Bernhard

En alguna ocasión, en su discurso de agradecimiento, en vez de agradecer aprovechó para criticar a su país, a los estamentos culturales, a los jurados. Le parecía que en vez de distinguirle le humillaban y le ponían en una posición ridícula.

Eso sí, aceptaba siempre todos los premios que se le concedieran, pero sólo por la dotación económica. Bernhard tenía una afición cara, que era comprar en su país bonitas casas medio ruinosas, y restaurarlas cuidadosamente. Los premios le iban muy bien para financiar esa afición. Extraña afición, por otra parte, pues vivía solo y no podía disfrutar de todas esas grandes casas.

Perorata zapatera

Su acidez en la crítica a los jurados era feroz. En uno de esos premios, después de la ceremonia, conversa con un miembro del jurado, también escritor. Hablan de banalidades, del calzado. El hombre le recomienda vivamente que, a la hora de comprarse unos zapatos, espere al verano. Es cuando hay que comprar los zapatos, porque en la estación calurosa los pies se dilatan un poco. Si entonces te sientan bien, si no te duelen ni hacen rozaduras, ya no te las harán durante el resto del año. No debía Bernhard, bajo ningún concepto, comprarse zapatos en invierno. Es tan enfático y está tan satisfecho de su conocimiento sobre el asunto del calzado, que Bernhard no puede menos que reírse para sus adentros.

Esa fue la última vez que hablaron. Luego aquel escritor y miembro del jurado falleció. Y Bernhard concluye su relato diciendo que en adelante no ha podido ver un libro de aquel escritor, ni leer un artículo sobre su literatura, ni oír mencionar su nombre, sin acordarse automáticamente de su perorata sobre los zapatos.

Habría que tener cuidado. Habría que ser muy callado. Lacónico hasta la mudez. Corremos continuamente el riesgo de que, cuando faltemos, alguien nos recuerde sólo por alguna perorata zapatera.