El escritor  Kazuo Ishiguro

El escritor Kazuo Ishiguro

Letras

´El Gourmet' (1), de Kazuo Ishiguro

En 1984, Ishiguro escribe un guion original para la BBC, que fue llevado a la gran pantalla bajo el nombre de The Gourmet, una de sus obras maestras que, junto a novelas como Lo que queda del día y Nunca me abandones, le llevó a ganar el Premio Nobel de Literatura en 2017

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Publicada

Letra Global con Kazuo Ishiguro. Tras un acuerdo con la prestigiosa revista Granta en español, publicada por Vegueta, Letra Global presenta una selección de los mejores textos, como muestra de la literatura contemporánea. Granta en español, publicación dirigida por Valerie Miles, ha logrado una gran repercusión gracias a la atención y al cuidado de escritores de todos los continentes.

Granta en español, nace de la revista británica Granta, y se publicó por primera vez en mayo de 2003 por iniciativa de la editora Valerie Miles y el editor Aurelio Major, motivados por la necesidad de interpelar y trasvasar las literaturas que han ido surgiendo en países hispanoparlantes y angloparlantes en los lustros recientes.

El texto El Gourmet, de Kazuo Ishiguro, apareció en el número 3 de Granta en español, bajo el título de La última frontera, en 2004. La traducción está hecha por Jesús Zulaika.

1 UNA IGLESIA EN UNA CALLE DE LONDRES. 1904. NOCHE.

Una gran iglesia, retranqueada de la calle. Un coche de caballos espera afuera.

Plano corto: en la puerta de la iglesia, una placa de madera que reza:

Estaba hambriento y me disteis de comer.

Estaba sediento y me disteis de beber.

Era un extraño y me acogisteis.

Mateo 25,35

2 CRIPTA DE LA IGLESIA. NOCHE.

Punto de vista: el de unas personas que buscan con un farol en la cripta oscura. El farol ilumina a unos hombres andrajosos que duermen amontonados en las más diversas posturas.

Coro de ronquidos.

3 IGLESIA. NOCHE.

Desde el púlpito: sombras.

Vemos los bancos vacíos a la luz de la luna que entra por los ventanales. Se oye la respiración –al principio de forma apenas audible, luego con mayor nitidez– de dos hombres cansados. Sus formas emergen de las sombras y se acercan despacio hacia la cámara por un pasillo lateral. Visten capa y sombrero. Cargan algo pesado entre los dos.

Volvemos a oír susurros: apenas inteligibles, siniestros.

SUSURRO 1: Quizá por allí. [Respiración forzada] Por aquella puerta de allá.

SUSURRO 2: Sí, sí. [Respiración forzada] Por la sacristía.

SUSURRO 1: Ya nos falta poco... Por la sacristía, como tú dices.

4 SACRISTÍA. ENTRADA AL CUARTO TRASERO.

La sacristía es una habitación pequeña y desnuda, iluminada por la luz de la luna que se filtra por una ventana. De momento sólo nos interesa la entrada que da al cuarto trasero. Es un hueco sin puerta: negro y ominoso, como el de acceso a otro mundo.

Entretanto, los susurros continúan.

SUSURRO 1: Sí, claro, claro. Tienes toda la razón. Será mejor que atajemos por aquí...

SUSURRO 2: Sí, sí. [Respiración trabajosa] Por la sacristía.

SUSURRO 1: Ya falta muy poco. Por la sacristía, como tú dices.

5 IGLESIA. NOCHE.

Plano largo: la iglesia. Zoom hacia ella despacio. A lo lejos, ruido de cascos de caballos.

6 SACRISTÍA. ENTRADA AL CUARTO TRASERO.

Están franqueando el negro hueco. Los susurros continúan.

SUSURRO 1: Sí, sí. Creo que es por ahí.

SUSURRO 2: ¿Crees que debemos cruzar por aquí?

SUSURRO 1: Sí, claro, claro. Por ese pasillo, como tú dices.

Hemos llegado ya al hueco, pero en el umbral no hallamos sino una total negrura. La cámara desciende despacio, y descubrimos un hilo delgado de sangre que surge de la negrura y se desliza hacia nosotros por el suelo de la sacristía.

7 PISTA DE ATERRIZAJE. DÍA. 1985.

Un reactor toma tierra.

8 TEJADO. APARCAMIENTO DE LA TERMINAL DEL AEROPUERTO. DÍA.

Carter está de pie en el borde del tejado, mirando el aterrizaje.

Carter, delgado, de veintitantos años, con pulcro uniforme de chófer. Aunque no llevara gafas de sol oscuras y la gorra calada, su cara probablemente dejaría entrever escasa emoción; en su apariencia, de hecho, hay algo de siniestro y homicida.

Mira el reloj, y otra vez hacia la pista. Es obvio que se trata del avión que ha estado esperando. Sale de campo con una casi deliberada falta de prisa.

9 CALZADA. DÍA.

Un Rolls Royce en movimiento.

10 COCHE.

Conduce Carter. Lleva las gafas oscuras; seguirá con ellas toda la película.

Manley Kingston, en el asiento trasero, se halla absorto en algo que tiene sobre el regazo.

Es un británico cincuentón, grande, con soberbio empaque de clase alta. En el semblante, la expresión habitual de desdén y aburrimiento, pero también como un destello bravío, una suerte de toque decadente o criminal.

Primer plano: fotografía de una iglesia en la mano de Manley (la iglesia que hemos visto en la secuencia primera). Manley la acaba de sacar de un maletín que lleva en el regazo.

Manley: estudia la fotografía como si quisiera fijar sus detalles en la memoria.

Primer plano: maletín abierto en el que Manley deja la fotografía entre otros documentos. Es evidente que ha dado con ella por azar mientras buscaba otra cosa, y sigue examinando el contenido del maletín. Atisbamos dos croquis (de la iglesia) y tres llaves de mortaja en un aro de metal. Cada una lleva una etiqueta grande; en una de ellas se lee “sacristía”. La mano de Manley aparta las llaves y sigue buscando en el maletín. Carter continúa al volante, en silencio, mientras Manley sigue ensimismado en su maletín.

En el diálogo que sigue, se percibe apenas un punto de malevolencia y sarcasmo en la voz de Carter –no más que un atisbo, y Manley está demasiado absorto para darse cuenta–. Carter tiene un acento londinense de clase obrera.

CARTER: Buen tiempo en Brasil, ¿no es así, señor?

MANLEY: [Sin levantar la vista del maletín] Paraguay. [Pausa]

CARTER: ¿Perdón, señor?

MANLEY: Paraguay. Acabo de llegar de Paraguay.

CARTER: Lo siento, señor. La señora me dijo que estaba usted en Brasil.

MANLEY: Supongo que sí. Pero me cansé y me fui.

Manley ha encontrado lo que buscaba: una tarjeta de visita.

MANLEY: Si no le importa, Carson, pasaremos un momento por esta dirección camino de casa.

Carter coge la tarjeta sin volverse, le echa una ojeada y la pone en el salpicadero. Manley vuelve a recostarse en el asiento y, sin perder el aire abstraído, se pone a mirar por la ventanilla.

CARTER: Carter, señor.

MANLEY: ¿Qué?

CARTER: Mi nombre es Carter, señor.

MANLEY: [Volviéndose con impaciencia hacia la ventanilla] Oh, sí, sí...

El ojo de la cámara se acerca a la cara de Carter. Es imposible saber qué es lo que está sucediendo detrás de sus gafas.

11 LONDRES.

Una serie de planos del Rolls Royce en su trayecto de acceso a Londres.

12 MANSIÓN DEL DR. GROSVENOR. DÍA.

El Rolls se detiene ante una mansión muy lujosa.

Manley se apea mientras examina detenidamente la tarjeta. Luego hace una seña con la mano en dirección al coche, y se dirige hacia la casa.

13 VESTÍBULO DE LA MANSIÓN DEL DR. GROSVENOR.

Un rumor de conversación llega del interior de la casa.

Suena el timbre.

La figura de Watkins, hasta el momento desvaída, entra en campo y abre la puerta. Manley está en el umbral.

WATKINS: [En off: jovialmente] Buenas tardes, señor.

MANLEY: Mi nombre es Manley Kingston. El doctor Grosvenor me está esperando.

WATKINS: Pase, señor Kingston. [Siguiendo la mirada de Manley] Oh, estamos dando una pequeña recepción. Eduardo Pérez está en Londres, y presenta algunos de sus nuevos platos.

MANLEY: [Distraído] ¿Ah, sí?

Manley sigue mirando hacia el salón donde tiene lugar la recepción. Watkins, que debería estar ya invitándole a pasar, se demora para saborear estos instantes de proximidad con tal celebridad. Sonríe con admiración a Manley, que se encamina hacia el interior de la casa.

MANLEY: ¿Y el doctor Grosvenor?

WATKINS: [Volviendo bruscamente en sí] Oh, sí, claro. Permítame ofrecerle una copa, señor Kingston. Y enseguida iré a avisarle.

14 MANSIÓN DEL DR. GROSVENOR. SALA DE RECIBIR.

Un salón de la residencia privada, amplio y elegante y lo bastante grande para albergar confortablemente a la veintena de invitados presentes. Éstos son de edad mediana o avanzada, y visten de etiqueta. Hay muchos más hombres que mujeres. Se diría que es una reunión de catedráticos universitarios o de críticos de música clásica. Conversan de pie en grupos de tres o cuatro, con copas de vino en la mano.

Watkins precede al señor Kingston a través del salón en dirección a la mesa del vino. Dos varones interrumpen su charla al paso de Watkins y Manley. Dirigen furtivas y curiosas miradas a este último. Lo miran de arriba abajo, y siguen haciéndolo mientras se aleja, y hay cierta reprobación en su mirada. En medio de la ruidosa charla general, en determinado punto del salón, oímos el siguiente diálogo:

VOZ MASCULINA 1: Pero creo que en general estoy de acuerdo con usted. Tiene toda la razón en eso. Esa generación no hace más que centrar su interés en la proteína. Está demasiado centrada en la proteína... [Luego, en voz baja] Mire, creo que ése es Manley Kingston. Aquel de allí...

15 SALA DE RECEPCIÓN. UN RINCÓN.

Watkins y Manley llegan a la mesa del vino. Watkins le tiende una copa a Manley.

WATKINS: Iré a avisar al doctor Grosvenor. No tardaré ni un segundo, señor Kingston.

Watkins sale de campo. Manley se vuelve hacia la mesa con aire absorto. Da la espalda a la cámara y al resto de los invitados.

Entretanto, en medio del rumor general, oímos:

VOZ DE VARÓN 2: En absoluto, en absoluto. No me malentienda. Me gusta mucho el trabajo de De Montière. Tiene una sensibilidad exquisita para las texturas. Pero ¿sus soufflés, en concreto, no le parecen un tanto... incoherentes?

Dos invitados que hasta ahora no hemos visto se han acercado a Manley. Uno es Proterston, gris y de aire distinguido, y el otro un caballero japonés: Takeda. Inicialmente no sabemos si lo han hecho para servirse más vino o movidos por su interés por Manley.

Manley sigue dando la espalda al salón. Proterston trata de captar la atención de Manley. Mientras tanto, Takeda observa a Manley como si se tratara de una pieza de museo.

VOZ FEMENINA: Pero supongo que uno no puede evitar sentir que De Montière realizó su mejor obra a mediados de los años sesenta. Supongo que en eso tengo que coincidir con usted... [Su voz se diluye en el murmullo general]

PROTERSTON: [ Decidiendo al fin abordarlo directamente] Disculpe, usted es el señor Kingston, ¿me equivoco?

Manley se vuelve, saliendo con sobresalto de su ensimismamiento. No ha probado su vino. Proterston sonríe cordialmente. Takeda sigue observándole con fijeza.

MANLEY: Eh..., sí. Ciertamente.

PROTERSTON: Es un verdadero placer. Mi nombre es Proterston.

Parece que Proterston no alberga ninguna duda de que a Manley va a sonarle su nombre.

MANLEY: [Sin dar la menor señal de que así sea] ¿Sí?

PROTERSTON: [Soltando una risita tímida] De hecho, he publicado un artículo sobre usted hace muy poco, señor Kingston. En Gourmet Academica, en el número de primavera. Pensé que a lo mejor había tenido ocasión de echarle una ojeada.

MANLEY: [Sin mayor interés] Me temo que no.

Manley se da cuenta entonces de que Takeda le está mirando fijamente, y le dirige una mirada de fastidio.

PROTRESTON: Oh..., le presento al señor Takeda.

TAKEDA: [Con acento muy marcado] Es un gran honor. [Sigue mirando con fijeza a Manley sin brindarle la mano] Es un gran honor. Manley Kingston. Un gran, gran honor.

PROTERSTON: Debería puntualizar, señor Kingston, que mi artículo defendía absolutamente su... enfoque. He sido admirador suyo desde hace tiempo, y bueno, pensé que, en la medida de mis posibilidades, debía sumar mi voz a las filas de sus seguidores.

Manley busca con la mirada a Watkins.

MANLEY: Muy agradecido. Estaré atento por si tengo ocasión de echar un vistazo a su artículo.

Takeda suelta ahora una larga parrafada en su lengua materna. Se dirige a Proterston mientras gesticula ostensiblemente en dirección a Manley. Proterston asiente con la cabeza todo el tiempo. Manley sigue mirando hacia algún lugar situado a espaldas de la cámara.

PROTERSTON: El señor Takeda se pregunta qué le ha traído a usted a Londres. Se pregunta si de hecho tiene algún proyecto concreto en mente... Aquí en Londres.

Es evidente que el propio Proterston está ansioso por conocer la respuesta. Pero a Manley le han hecho una seña desde algún lugar del salón. Deja la copa y echa a andar hacia ese punto. En el último momento repara en la existencia de Proterston y Takeda.

MANLEY: Oh, disculpen. Encantado...

16 SALÓN DE RECEPCIONES.

Manley avanza por el salón en dirección a Watkins, que le espera junto a una puerta de doble hoja. Watkins, con sonrisa entusiasta, tiene ya el brazo levantado para hacer pasar a Manley a través de ella.

17 RESIDENCIA DEL DR. GROSVENOR. PASILLO.

Manley pasa a través de las hojas, que Watkins mantiene abiertas, y ambos se encaminan hacia las escaleras.

18 ESTUDIO DEL DR. GROSVENOR. CAÍDA DE LA TARDE.

Al doctor Grosvenor le gusta trabajar en penumbra. Quizá por ello ha bajado las persianas aunque aún no haya anochecido. La fuente de luz es una potente lámpara de mesa.

El doctor destina el estudio tanto a su consulta como a su uso privado. Frente al escritorio del doctor Grosvenor hay una silla para las visitas. Y a su espalda, estanterías. Los libros que vemos en ellas versan sobre comida; no son libros de cocina, sino estudios serios con títulos como Rituales del comer de los aborígenes del siglo XIX, Proteína y cultura, La evolución de los carnívoros.

El doctor Grosvenor, de cincuenta y cinco años, elegante y seguro de sí mismo, tiene también cierto aire de depravación; quizá es un rico médico privado que realiza turbias operaciones quirúrgicas.

MANLEY: En su carta, doctor, mencionaba que le estaba resultando difícil obtener una de las soluciones que le pedía...

DR. GROSVENOR: [Interrumpiéndole] Oh, no, no. Un problema menor. Tengo todo lo que me pedía.

MANLEY: Ah...

DR. GROSVENOR: Y si me permite decirlo, señor Kingston, me alegra sobremanera poder serle de utilidad. Es un honor.

MANLEY: Mmm...

DR. GROSVENOR: [Con una risita] Perdóneme; imagino que le estará ya ganando la impaciencia...

Abre un cajón de su escritorio. Antes de sacar algo de él, mira a Manley con expresión zumbona.

DR. GROSVENOR: [Prosiguiendo] Parece usted un cazador, señor Kingston, antes de cobrarse su gran pieza.

Sonríe, y saca un maletín. Lo pone sobre el escritorio, lo abre, y lo vuelve hacia Manley.

DR. GROSVENOR: [Prosiguiendo] Creo que lo encontrará todo en orden.

MANLEY: Ya...

Manley se inclina hacia delante con avidez.

Por encima del hombro: el maletín contiene papeles y documentos cuidadosamente ordenados, y el de encima es una gran fotografía de la iglesia que vimos en la secuencia primera. El maletín contiene también una pequeña caja de metal.

Manley dirige la lámpara hacia el maletín y empieza a examinar su contenido. El doctor Grosvenor se echa hacia atrás en su asiento, y sonríe.

DR. GROSVENOR: ¿Me equivocaría, señor Kingston, si diera por sentado que la aventura de esta noche, de tener éxito, constituiría, incluso para alguien de su categoría, toda una hazaña? ¿Una hazaña, digamos, suprema?

MANLEY: [Absorto en la contemplación del maletín] No, claro, claro...

El doctor Grosvenor observa sonriente a Manley por espacio de unos segundos.

DR. GROSVENOR: Hace ya tiempo que su carrera despierta mi interés, señor Kingston.

Se hace un silencio. Manley sigue abstraído y no responde.

DR. GROSVENOR: He llegado a gustar y disfrutar de platos cuya sola contemplación el europeo medio consideraría nauseabunda. Pero permítame que le diga, señor Kingston, que no dudo ni un instante en admitir que ni de lejos me he acercado a su nivel de... iniciativa.

MANLEY: [Sin escucharle. Aún absorto] Mmm...

El doctor Grosvenor vuelve a observar a Manley durante unos segundos, mientras sonríe en silencio.

DR. GROSVENOR: Sabrá, señor Kingston, que no presto la menor atención a quienes tratan de denigrar su nombre...

Primer plano: el maletín. Mientras el doctor Grosvenor sigue hablando, vemos cómo las manos de Manley hurgan en su contenido.

Las manos de Manley se deslizan hacia la caja de metal.

En su interior vemos, asépticos y ordenados, tubos de ensayo, recipientes y envoltorios. Entretanto, el doctor Grosvenor se recrea en su propio parlamento.

DR. GROSVENOR: [Prosiguiendo] ¿Sabe? Siempre me ha parecido que hay algo de noble en su carrera. Noble en el más cardinal de los sentidos. En el mundo primitivo, el hombre se veía obligado a salir a un medio salvaje y desconocido en busca de alimento. No se hallaba atado a prejuicios sobre lo que era comestible o no. Probaba cualquier cosa que caía en sus manos. Usted, señor Kingston, es, en los tiempos modernos, una de las pocas personas dignas de nuestros pioneros en el gusto. El resto de nosotros, incluso alguien como yo, somos como aquellas mujeres que esperaban en las cuevas, afanadas en cocinar los que los cazadores les traían...

El doctor Grosvenor se ve interrumpido por Manley, que cierra de golpe la tapa del maletín.

MANLEY: Estoy en deuda con usted, doctor Grosvenor. En sumo grado.

DR. GROSVENOR: En absoluto. Ha sido un placer.

Manley se pone en pie con el maletín en la mano. Se dirige hacia la puerta.

MANLEY: He de irme.

El doctor Grosvenor se levanta para despedirle.

DR. GROSVENOR: Le invito encarecidamente, señor Kingston, a que se quede un rato y deguste las nuevas creaciones del señor Pérez. Presentará sus platos dentro de veinte minutos.

MANLEY: [Con altanero desdén] Muy amable. Pero no, gracias.

DR. GROSVENOR: ¿Conoce bien el trabajo del señor Pérez?

MANLEY: [Sacudiendo la cabeza; desde hace tanto tiempo está por encima de tales cosas] Mmm...

DR. GROSVENOR: Un talento harto interesante. Personalmente opino que sus creaciones adolecen de exceso de efectos innecesariamente románticos. Pero lo cierto es que, en conjunto, resulta un talento harto interesante. En su Centroamérica natal se le considera algo así como un revolucionario. ¿Seguro que no quiere quedarse? [Ríe antes de que Manley pueda responder] Pero tiene usted otros planes, por supuesto...

MANLEY: Eso es.

19 COCHE. DÍA.

Carter está en el asiento delantero del Rolls aparcado. Come una hamburguesa. Mastica despacio y con decisión, como si estuviera urdiendo alguna honda trama. Mira hacia la calle, y algo le hace dejar de masticar. Deja la hamburguesa inacabada, la vuelve a envolver en las servilletas y la guarda en la caja de cartón.

20 RESIDENCIA DR. GROSVENOR. DÍA.

El Rolls sigue donde lo hemos visto anteriormente. Lo que Carter ha visto es a su jefe saliendo de la casa y caminando hacia el coche, con el maletín en la mano. Carter se baja del coche y abre la puerta trasera para que monte Manley. Manley sube al coche. El Rolls inicia la marcha.

21 DORMITORIO. DÍA.

Manley está sentado en el borde de la cama de matrimonio. Lleva puesta una sahariana de cuyo cinturón cuelgan lo que parecen ser unos utensilios de cocina. Está examinando algo que hay sobre la cama, y da la espalda a su mujer Winnie, quien, arrodillada sobre la alfombra, junto a la cama, ata un pequeño cazo al cinturón de su marido.

Winnie, de cuarenta y siete años, es una mujer menuda, hogareña. Nada proclive a tener romances durante las largas ausencias de su marido. Su nerviosismo en la secuencia siguiente no lo dicta ningún miedo que pueda inspirarle Manley, sino un respeto reverente. Su dormitorio, normalmente, es una pieza ordenada, confortable y tradicional. Pero ahora, extendidos sobre la cama, hay una serie de “útiles” de aspecto vagamente quirúrgico, o vagamente “de cocina”; y una maleta abierta de donde han salido tales utensilios, y una pequeña cocina de camping, y una red enorme. En el suelo, a escasa distancia -aunque aún no hay ninguna necesidad de que nosotros la veamos-, hay una gran bolsa marinera abierta.

Durante todo el diálogo que sigue, Manley continúa con la atención fija en tales cosas, y se cerciora de que no falte nada y de que todo esté en perfecto uso.

Winnie termina de atar el cazo. Y empieza a atar un wok a la espalda de Manley, tarea que éste no contribuye a hacer más fácil, pues –ajeno a la presencia de su mujer– no para de moverse. Tal exasperante operación continúa durante todo el diálogo siguiente (aunque Winnie, por su parte, no deja entrever ni un atisbo de impaciencia).

WINNIE: ¿Te ha sido de alguna utilidad el viaje a Islandia?

MANLEY: Mmm... Oh..., no he ido. Ya no hay nada de gran interés en Islandia.

WINNIE: Qué lástima. El señor Knutsen se habrá sentido tan decepcionado.

MANLEY: ¿Knutsen? Ah, sí...

Entonces Manley se vuelve a medias hacia Winnie, y consigue dar al traste con el intento de ésta de atarle el wok a la espalda.

WINNIE: [Con sonrisa de embarazo] La última vez que estuviste en Islandia me escribiste. Y me lo contaste todo sobre el señor Knutsen. Y sobre su interesantísimo horno.

MANLEY: [De nuevo absorto] Mmm...

WINNIE: [Afectuosamente] Hace dos años ahora. En 1984.

MANLEY: Mmm...

Manley empieza a meter las cosas en la bolsa marinera, no sin antes realizar una comprobación final en cada una de ellas. Mientras tanto, Winnie sigue intentando fijar el wok a la espalda de Manley.

MANLEY: Supongo que... [Se vuelve un poco hacia Winnie, y vuelve a desbaratar la operación de ésta de atarle el wok a la espalda] ...sientes curiosidad por saber a dónde voy esta noche.

WINNIE: [Riendo] Sé que no te gusta que fisgonee en tus cosas...

MANLEY: [Enfrascado en la operación de meter las cosas en la bolsa] Mmm...

Winnie logra al fin atarle el wok a la espalda.

WINNIE: ¡Ya está!

Desde otro ángulo: Manley se pone en pie e inspecciona el dormitorio para comprobar que no ha olvidado nada. Coge la bolsa marinera, que ahora está muy llena.

MANLEY: [Echando un último vistazo al dormitorio] Mmm... Parece que está todo.

Winnie recorre también con la mirada el dormitorio.

Manley se vuelve para irse.

22 MANZANA DE LA MANSIÓN DE MANLEY.

Carter espera, apoyado en el Rolls, comiendo la hamburguesa con el ademán lento y voluntarioso que le hemos visto antes. Mientras lo hace mira las fachadas de la manzana de casas de la mansión de Kingston.

Punto de vista: el de Carter. La cámara muestra despacio, de arriba abajo y de un lado a otro, el ornado y lujoso arco de la entrada de la mansión de su jefe. Luego la cámara vuelve a enfocar a Carter, que mastica la hamburguesa con lentitud, como si meditase sobre los detalles del arco que está mirando. Su cara, como de costumbre, apenas deja entrever nada.

23 VESTÍBULO.

Manley empieza a ponerse el abrigo. Le resulta dificultoso hacerlo dada la carga de objetos que cuelgan en torno a su persona. Está llegando a la puerta cuando aparece Winnie en el vestíbulo. Se acerca hacia él, y oímos cómo la puerta –fuera de campo– se cierra de golpe. La cámara sigue en Winnie, cuyo semblante carece de expresión.

24 MANZANA DE LA MANSIÓN DE MANLEY.

Manley sale por el arco de entrada en dirección al Rolls, que sigue aparcado en el sitio de antes. Lleva la bolsa marinera, y sigue batallando contra el abrigo. Carter le espera con la portezuela del Rolls abierta.

25 UNA CALLE DEL NORTE DEL WEST END.

El Rolls Royce avanza por la calzada.

26 COCHE.

Carter va al volante. Manley se sienta atrás; mira por la ventanilla, engolfado en sus pensamientos.

27 ANTESALA EN LA AMÉRICA DEL SUR. NOCHE.

Plano corto: Rossi.

28 COCHE. DÍA.

Manley: ensimismado.

MANLEY: ¿Sabe, Carson? Llevo nueve años trabajando en este proyecto.

CARTER: Carter, señor. [Pausa] Mi nombre es Carter, señor.

Manley: sigue abismado en sus pensamientos, y no da muestras de haber oído a Carter. La cámara se acerca a la cara de Manley, y el coche entra en un túnel.

29 ANTESALA EN AMÉRICA DEL SUR. NOCHE.

Plano corto: Rossi.

MANLEY: [Voz en off] Mmm... Lo he intentado tres veces y he fracasado. Pero esta vez he previsto toda posible contingencia.

30 COCHE.

Plano corto: Manley ensimismado.

Carter: ninguna reacción.

MANLEY: Nueve años...

31 HABITACIÓN EN AMÉRICA DEL SUR. NOCHE.

MANLEY: Hace nueve años que conocí a Rossi.

Empieza a oírse una música de fondo. Vemos una habitación en la que hay cuatro hombres y dos bellas mujeres.

La música de fondo se hace más audible y continúa en la serie de planos siguiente. Son planos silenciosos: no oímos más sonido que la música.

La puerta: con el cerrojo echado. Los hombres la miran fijamente. Es evidente que alguien ha llamado a ella. Entra en campo un criado de unos cuarenta años, en pantalones. Mira por la mirilla, dice algo a través de la puerta y espera con aire aprensivo. Luego, conforme abre el cerrojo de la puerta, deja entrar a Rossi y vuelve a cerrar rápidamente con llave. Rossi, de más de setenta años y pelo blanco, va vestido con un traje blanco. Podría ser un científico. Examina la habitación con expresión calma, divertida.

Punto de vista: el de Rossi. Todo en la habitación parece sugerir dinero y decadencia –a la manera de un cuarto privado de burdel o de casino–. Cinco personas están sentadas en torno al centro de la pieza. Cuatro de ellas –varones, de unos cuarenta y cinco años o más– son latinoamericanos. Parecen hombres habituados al poder, pero en la situación actual fuman para paliar el nerviosismo. Miran furtivamente hacia la cámara. En el ambiente se percibe como un estremecimiento de culpa, como si estuviera a punto de tener lugar una orgía de drogas o sexo.

La mirada de Rossi se fija en la quinta persona presente: Manley, que está sentado aparte, con aire aburrido, abanicándose con el sombrero.

Un ventilador eléctrico: encendido, sobre una cómoda.

Un gran trozo de carne: lo traen en una fuente y lo colocan sobre una mesa baja, en el centro de la pieza. El tipo de carne no es fácilmente identificable.

Hombre latinoamericano: mira la carne como un católico miraría a la primera mujer que ve desnuda en la vida: con conmoción, fascinación, miedo, embarazo.

Caras alrededor de la mesa: tratan a duras penas de ocultar la excitación y el nerviosismo. Se intercambian sonrisas como para confortarse. Manley, por el contrario, come sin la menor inhibición. Mira a Rossi, que también parece ducho en esas lides; su expresión es de parejo aburrimiento.

La carne: la están trinchando. Es blanda, rosada, sangrante.

Caras de los presentes comiendo la carne, masticándola y saboreándola con fascinación y empeño. Culpa, placer, nerviosismo.

Manley come sin el menor embarazo. Mira de nuevo a Rossi, que le devuelve la mirada como diciendo “¡qué aburrimiento!”.

32 ANTESALA. NOCHE.

La música va cesando. Se hace audible un rumor de insectos y pájaros.

Manley mira por la ventana, fumando un puro. Parece malhumorado. Rossi está de pie en la habitación, detrás de él, y también fuma. Ha estado tratando de convencer de algo a Manley. La puerta de la habitación contigua está entreabierta, y a través de ella llega un bullicio como de fiesta -la liberación de la tensión tras la ingestión de la carne-. Durante todo el diálogo siguiente no dejan de oírse risas y gritos, aunque en ningún momento tan ruidosos como para hacer callar a quienes hablan.

ROSSI: [Con acento italiano] Parece ofendido, señor Kingston. [Sonríe con ánimo de conciliación] Por favor. No quise insinuar que no fuera usted un hombre de grandes méritos. Por supuesto que lo es. Y soy muy sincero cuando le pido que vea en mí la figura de un padre. Verá, señor Kingston... [Baja la voz] Soy viejo. Tengo mal el corazón. No viviré mucho.

Manley se vuelve hacia Rossi. Parece vagamente interesado, pero en absoluto solidario. No dice nada.

ROSSI: No tiene por qué compadecerme, señor Kingston. No deseo vivir mucho más tiempo. He hecho todo lo que había que hacer. Mi paladar ha gustado todo lo que hay en este mundo. [Hace una pausa. Luego, con tono preñado de intención] Y en una ocasión algo que no era de este mundo.

Rossi sonríe con engreimiento. Manley siente curiosidad ante lo que ha oído. Se quita el cigarro de la boca y se vuelve hacia Rossi.

MANLEY: ¿Dice que no era de este mundo?

ROSSI: ¿Sabe, señor Kingston? Yo soy su verdadero padre. Y usted es mi verdadero hijo. Quiero que sea usted el heredero de mi logro supremo. Por eso le cuento esto. Sí. He probado algo que no es de este mundo. He comido a un fantasma.

Manley se queda estupefacto. Se siente a un tiempo estimulado y humillado. Hace la pregunta siguiente pese a sí mismo.

MANLEY: Y... ¿a qué... sabía?

ROSSI: [Riendo, triunfante] Me pregunto cuántas personas en el mundo habrán tenido el honor de oír esa pregunta de sus labios, señor Kingston.

Ahora Manley está realmente enojado. Se vuelve para irse.

MANLEY: Claro, claro...

ROSSI: [Repentinamente serio] Señor Kingston, por favor...

Rossi le insta a volver. Manley vacila.

ROSSI: No se mezcle con esos don nadies. Quiero ayudarle. Usted es mi heredero natural.

Manley vuelve y se pone a mirar otra vez por la ventana. Se lleva el puro a la boca y evita mirar a Rossi. Rossi le imita y contempla también la vista. Da una chupada honda a su cigarro.

ROSSI: El proceso por el cual uno se come a un fantasma no es un proceso sencillo. Dediqué muchos años a investigar el asunto. Y estoy deseoso de pasarle a usted, y sólo a usted, señor Kingston, el fruto de mis desvelos. A cambio sólo le pido que, en los días venideros –en sus grandes días– me reconozca como su mentor. Le interesa la propuesta, ¿verdad, señor Kingston?

Un destello de seguridad en sí mismo aparece ahora en la mirada de Rossi. Tiene encandilado a Manley.

ROSSI: Bien. Venga a mi apartamento mañana y hablaremos del asunto. [Con una sonrisa, se levanta para irse. Pero de pronto se vuelve] En cuanto a su... pregunta, su sabor es exquisito. [Gesticula con las manos] No hay nada parecido en este mundo.

33 CENTRO DE LONDRES. NOCHE.

El Rolls Royce avanza por la calzada. La música de fondo cesa.

34 COCHE. NOCHE.

Manley: sumamente atento, inclinándose para mirar hacia delante.

MANLEY: Ahí está, Carson. Aminore la marcha.

35 CALLE E IGLESIA. NOCHE.

Punto de vista: el de Manley desde el coche. Una calle mísera y sombría. Casas abandonadas y muros llenos de grafitti. Un poco más adelante se halla la iglesia de 1904 que hemos visto en la secuencia primera. Ante ella, a todo lo largo de la fachada, una fila de hombres haciendo cola.

Punto de vista contrario: Manley a través de la ventanilla del coche, que aminora la marcha a medida que se acerca. Manley mira hacia el exterior con atención suma.

Punto de vista: el de Manley desde el coche. Pasan ante la puerta de la iglesia. En ella hay una placa de madera. No es la misma de la secuencia primera: el diseño y el lenguaje son modernos.

Tuve hambre y me disteis de comer.

Tuve sed y me disteis de beber.

Era forastero y me hospedasteis.

Mateo 25,35

36 COCHE. NOCHE.

Manley mira con suma atención por la ventanilla.

37 CALLE E IGLESIA. NOCHE.

Punto de vista: el de Manley desde el coche. Pasa ante la cola de hombres sin hogar –unos veinte–. Unos se apoyan contra el muro, otros están en cuclillas, otros se sientan en la acera. Son sólo hombres, porque la iglesia acoge sólo a varones. Son, sin embargo, de diversas razas, de diversas edades. Sólo unos cuantos son vagabundos “tradicionales”. La mayoría está perdiendo la batalla por mantener una apariencia convencional y “respetable”. Hay bastantes quinceañeros. Su semblante refleja cansancio y hastío. Miran al Rolls que pasa ante ellos con escaso interés, sin sorpresa.

MANLEY: Siga un poco, Carson. Dé la vuelta a aquella esquina.

Plano corto: Carter, absolutamente inexpresivo.

Desde otro ángulo: el Rolls pasa ante la cola de menesterosos.

38 CALLE SIN SALIDA. NOCHE.

Suelo lleno de suciedad y basura. El coche entra en campo al doblar la esquina y enfilar una calle sin salida. Se detiene.

Carter se baja y rodea el coche para abrirle la portezuela a Manley, pero éste ya la ha abierto él mismo antes de que Carter pueda hacerlo. Manley se apea con dificultad. Lleva el engorro del abrigo y la bolsa marinera. No se diferencia demasiado del vagabundo típico.

MANLEY: Esté aquí mañana por la mañana a las cinco. ¿De acuerdo, Carson?

Manley se vuelve y echa a andar hacia la esquina con la bolsa al hombro. Alza la mano sin volverse.

Carter: con semblante tan impasible como siempre.

39 CALLE E IGLESIA. NOCHE.

Manley camina con decisión hacia a cola de hombres.

La cámara enfoca un tramo de la cola: Manley entra en campo. Pasa ante los hombres sin prestarles la menor atención. Sale de campo y nos quedamos con los hombres de este tramo de cola, que ven con indiferencia cómo Manley se aleja. No despierta su atención.

Unos cuantos planos más de los hombres de la cola: apenas hablan entre ellos. La mayoría han llegado solos y no tienen intención de hacer nuevas amistades. Muchos parecen exhaustos –han caminado sin rumbo durante todo el día–, y algunos parecen enfermos. Se percibe en ellos como un sentimiento de vergüenza –como la que podemos ver en las colas del paro–.

40 PUERTA DE LA IGLESIA.

Dos o tres de los hombres que encabezan la cola se apoyan contra la puerta.

Manley llega a ella a grandes zancadas. Trata de abrirla, pero está cerrada. La empuja.

HOMBRE DE LA COLA: Hay cola, tío.

MANLEY: [Volviéndose] ¿Qué?

HOMBRE DE LA COLA: La cola. [Hace un gesto con la cabeza para mostrarle la cola]

Manley mira hacia la cola, y luego hacia la puerta cerrada. Está muy irritado.

MANLEY: Mmm...

A regañadientes, Manley se dirige hacia el final de la cola y sale de campo.

41 CALLE E IGLESIA. NOCHE.

Manley camina hacia el final de la cola. No hace el menor caso a quienes la integran.

42 ACERA.

David, el último hombre de la cola, está sentado sobre la acera, con la espalda apoyada contra el muro de la iglesia.

David, de unos treinta años, lleva una chaqueta de pana y una camisa que aún parecen en estado razonablemente pasable, y unos pantalones acampanados que le sientan muy mal. Su expresión, como la de los demás integrantes de la cola, es de cansancio y hastío. En gran medida, exagera tal expresión para ocultar que se siente incómodo e indigno.

Manley entra en campo y se pone a la cola, junto a David. Restriega los pies contra el suelo, molesto, y contempla con preocupación la larga cola que tiene delante. David observa a Manley. En el diálogo que sigue, David habla con una despreocupación no demasiado convincente.

DAVID: No te preocupes, todo va a ir bien.

MANLEY: [Consciente por primera vez de su presencia] ¿Qué?

DAVID: Los primeros cincuenta siempre entran.

MANLEY: Oh, sí, sí. [Echa una rápida ojeada a la cola] Pero cuándo entramos? Me habían dicho que abrían a las ocho.

DAVID: Deberían. Pero últimamente nunca lo hacen. Ya no tienen suficiente personal para estas cosas.

MANLEY: Mmm... No contaba con tener que hacer cola...

DAVID: Cada vez se hace más larga. Ahí vienen más.

43 CALLE.

Punto de vista: el de Manley y David. Desde la dirección por la que ha llegado al principio Manley, se acercan dos hombres a unirse a la cola.

44 ACERA. NOCHE.

Manley y David están sentados en el suelo, mirando inexpresivamente hacia delante. Durante el diálogo que sigue van uniéndose a ellos otros hombres, y Manley sigue mirando con ansiedad la cola que tiene delante.

DAVID: ¿Andas mucho por ahí?

MANLEY: ¿Cómo?

DAVID: ¿Que si viajas mucho por ahí?

MANLEY: Ah..., sí. Supongo que sí. Miles de kilómetros al año...

DAVID: [Asintiendo con solidaridad cansina] Sí. Igual que yo. En las últimas semanas me he ido a Manchester, he vuelto, y he subido hasta Scunthorpe. Y enseguida me he cansado. [Pausa] Tú eres de Londres, ¿no?

MANLEY: [No ha estado escuchando] ¿Qué?

DAVID: Has nacido aquí. En Londres.

MANLEY: Oh, sí... Sí. Pero no suelo quedarme mucho. [En tono despectivo] Una ciudad como ésta tiene poco que ofrecer a una persona como yo.

DAVID: [Asintiendo de nuevo, solidario] Sí... No tiene remedio. Y en este jodido país todo está igual de mal por todas partes. Si no peor. ¿Y por qué has vuelto a Londres, entonces?

MANLEY: [Se encoge de hombros] Por lo mismo que voy a cualquier parte. Por hambre.

DAVID: Ya, claro. Tienes que comer.

MANLEY: [Mirando hacia otro lado] Lo lejos que he tenido que llegar para satisfacerla... Pero vuelve siempre.

DAVID: Te entiendo perfectamente. La semana pasada, la cosa se puso tan mal que empecé a mirar en los cubos de basura. [Ríe] De veras.

MANLEY: [Con cansino encogimiento de hombros] Es un viejo recurso. Que siempre merece la pena. Yo lo recomiendo a menudo.

DAVID: Es increíble lo que te encuentras si te molestas en buscar.

MANLEY: Dentro del cubo de la basura se da un proceso muy interesante. Una especie de guiso del más puro azar. El factor casualidad produce recetas que superan con mucho las posibilidades de la imaginación común.

A David se le pasa por la cabeza por vez primera que Manley puede ser un tanto excéntrico.

DAVID: Sí. Supongo que sí. No está bien ser orgulloso y morirse de hambre. Esta noche vas a tener una cena decente.

Manley se vuelve despacio y mira a David como si lo estuviera viendo por primera vez en la vida.

MANLEY: ¿Cómo lo sabes?

DAVID: Bueno, por eso estás esperando aquí, ¿no?

MANLEY: Pero ¿cómo diablos te has enterado de esto?

DAVID: [Se encoge de hombros, a la defensiva] Lo sé hace siglos.

MANLEY: ¿Qué sabes?

DAVID: Me enteré en un centro de ayuda. Cerca de Piccadilly Circus.

MANLEY: [Indignado] ¿Piccadilly Circus? [Cayendo en la cuenta de su error] Ah, sí, sí... [Volviendo a mirar hacia otro lado] Claro, claro...

45 CALLE E IGLESIA.

Plano largo: la cola a lo largo del muro.

46 PUERTA DE LA IGLESIA.

Ruidos: están abriendo la puerta desde dentro. Se abre la puerta.

47 PATIO DE LA IGLESIA.

Los hombres avanzan en fila hasta un punto del costado del edificio. La entrada principal de la iglesia sigue cerrada.

48 IGLESIA. VESTÍBULO.

Los hombres entran en fila desde el exterior, cruzan el pequeño vestíbulo y siguen entrando hacia el interior de la iglesia a través de otra puerta. Charlan ocasionalmente (no más de lo que la gente charla en la cola del autobús). Cuando lo hacen tienden bajar la voz, como con timidez.

Manley y David avanzan en fila. David arrastra los pies al andar, y mira todo el tiempo hacia delante. Manley, por su parte, mira a un lado y a otro con gran curiosidad.

49 ESCALERA QUE BAJA A LA CRIPTA.

La fila va bajando por una vieja escalera de piedra. Y es como si fuera adentrándose bajo tierra.