Vicente Luis Mora, fotografiado por Francisco J. Sanchez Montalban
"El ruido no deja ver", la palabra de Vicente Luis Mora
El escritor y poeta cree que es posible escribir sobre el silencio, pero el silencio entendido como el fin de la imaginación, de las voces narrativas y de los hilos de pensamiento y así lo expresa en el ensayo 'El Libro blanco'
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No es lo mismo escribir un libro sobre el silencio que un libro para pasar por encima del ruido. A medio camino entre el verso blanco, la prosa poética, el aforismo y la filosofía pura y dura (con un prólogo narrativo al estilo Jon Bilbao), Vicente Luis Mora explora los idiomas silenciosos, las gestualidades insonoras, los enmudecimientos y los sistemas de mordazas que nos rodean en un alarde de perspicacia verbal, austeridad postpoética y capacidad sugestiva: “Cuando hablas”, nos cuenta el autor, “cuando miras una pantalla u oyes voces, te desconectas del mundo y permaneces vinculado a los signos, que emborronan lo real. El ruido no deja ver”. Lo hace en el ensayo literario El libro blanco (La Caja Books).
El acercamiento de Mora a la filosofía y a un cierto Wittgenstein me parece indudable: “Juan García Hortelano dice que la aposiopesis “significa interrupción del discurso” (Gramática parda). También se la conoce como reticencia o precesión. La verdadera consciencia vive en esa grieta”, o: “Algo más radical aún: no decir tampoco la nada, ni siquiera la nada”. O en esta rotunda sentencia: “Nada calla tan bien como los dioses”, junto a: “Cuanto más silencio, más yo”.
A veces nos movemos en un subgénero profusamente cultivado en Circular 22 (Galaxia Gutenberg, 2022), el hallazgo filosófico: “Una errata en la traducción de la Comedia dantesca a cargo de Ángel Crespo, en la primera edición de Seix Barral, transformó “mudo” en “mundo”.”
El ruido como forma de poder
Y no sé si fue consciente el autor cuando se acercaba a la greguería ramoniana: “Verde, como la intimidad irlandesa del aguacate”; o “Leer tinta blanca impresa sobre papel es como ver el cielo desde el lecho del mar”. El autor se pregunta: “¿Quién fue la primera persona que pensó en el silencio, no como ausencia de sonido, sino como entidad propia, respirante?”, y la pregunta es hoy más pertinente que nunca, porque hemos descubierto que la jerarquía social explícita, es decir, el poder, nació con una mutación de la laringe: la que nos permitió hablar, y con el hablar pudimos dar órdenes e inventar mitos, ejemplaridades, teogonías y espacios diferenciados.
'El libro blanco', de Vicente Luis Mora
En la entradilla de su entrevista a Vicente Luis Mora (Quimera, 506), Jofre Casanovas escribió: “En un ecosistema cultural aturado de discursos apresurados sobre lo digital, Vicente Luis Mora ocupa una posición privilegiada: la del escritor y teórico que lleva más de dos décadas pensando la literatura digital desde dentro y cómo aquello que podemos llamar lo literario se está transformando. Autor de ensayos de referencia como Pangea, El lectoespectador o La escritura como intemperie, y de novelas que buscan expandir la textovisualidad – Alba Cromm, Fred Cabeza de Vaca, Centroeuropa-, Mora ha ido levantando, libro a libro y post a post en su blog Diario de Lecturas, una cartografía propia de la literatura en nuestro mundo-red: sus promesas y sus fatigas, sus formas expandidas, sus zonas ciegas”.
Hace bien Casanovas en mencionar Fred Cabeza de Vaca (Sexto Piso, 2017), uno de los textos más injustamente olvidados de Mora, que ya anuncia rasgos y espacios propios de Circular 22 (o a la inversa, puesto que Circular era un work in progress con casi un cuarto de siglo de historia ya) y que sin perder actualidad también explora problemas sociales como el machismo o la mierdificación mercantil del arte.
El libro blanco, un ensayo híbrido
La hibridación de géneros característica del autor era ya una realidad hace diez años (¿qué es Fred Cabeza de Vaca sino un extenso ensayo ficción arquetípico?), y afecta también al diseño general de este nuevo El libro blanco (La Caja Books, 2026), que catalogaría de poesía filosófica.
Vicente Luis Mora no solo sabe hablar de hipertextos y multiversos. También de poesía centrípeta, eremitas silentes, José Ángel Valente, Paul Celan y poesía oriental. Siendo un libro que es en sí mismo un experimento, supone un cierto regreso a formas y temas tradicionales. Vicente Luis Mora también sabe hacer eso. Y aunque la técnica disociativa y fragmentaria emparente estas páginas con las teselas de Circular 22, yo no dudaría en calificar estas enumeraciones de poemas:
- Agua estancada.
- Buhardilla cerrada durante diez años.
- Espacio entre dos flores.
- Interior del satélite Ganímedes.
- Burbuja de aire en un glaciar.
- Capa de polvo.
- Segundo animal de lo invisible.
¿Poesía concreta? ¿Poética de la indagación, poética de la observación o de la economía expresiva extrema? ¿Postpoesía? Integración de las inquietudes actuales en un nuevo concepto de belleza, cercano y familiar pero a la vez hierático:
- Las máquinas archivan silencio.
- Tu ordenador rebosa de invisibles carpetas en blanco.
- Hay algoritmos que ejecutan la nada.
- El silencio puede traducirse a la lengua de otros silencios.
- Las caricias, lengua de signos del silencio.
- El silencio es la materia oscura del universo, la parte de realidad que no detectamos porque no se manifiesta
- Aguarda ahí fuera, en opacos bosques cónicos arracimados en galaxias, esperando su turno para reinar, cuando llegue la extinción del ruido.
Un vacío saturado
En 2024, Vicente Luis Mora escribía en su ensayo Construir lectores (Vaso roto): “¿No viviremos en la época del vacío saturado?Libros sin lectores, podcasts sin oyentes, canales de video sin lectoespectadores”. El libro blanco también es una meditación sobre el absurdo: “Uno de los inquietantes niños autistas que describe Bruno Bettelheim en La fortaleza vacía (1967) volvió a la palabra tras un largo tratamiento, y la primera frase articulada que formuló a su educador fue: “¿Por qué hablas?”.
Quizás la obra de Mora signifique un gran esfuerzo por seguir diciendo cosas en un postmomento en el que ya casi nadie cree en la comunicación interpersonal.
“El silencio colectivo es negro, abrumador como una tormenta de sables”, escribe Mora. Quien piense que su escritura se enzarza en gimnasias intelectuales, sin mostrar preocupación ciudadana, se equivoca mucho. Esta aparece aquí y allí, en fogonazos discretos pero frecuentes: “Según la Tillie Olsen de Silencios, hay once mujeres escritoras silenciadas o autosilenciadas de cada doce”, o “Las lenguas muertas ausentes de los programas educativos”.
Un libro sobre el silencio encajaría bien en un mundo que ha visto severamente trastocados sus estatutos de discurso y verdad: “Curiosa inversión, ésta: décadas atrás la ficción imaginativa estaba en el arte y la realidad en la calle; ahora la realidad se presenta como ficción manipulada y en la literatura se exige realidad a quienes escriben. Creo que salimos perdiendo como lectores... y como ciudadanos”.
Es posible escribir sobre el silencio, pero el silencio entendido como fin de la imaginación, es decir, fin de las voces narrativas y de los hilos de pensamiento, ya comporta más problemas.
Manera inmejorable de terminar esta reseña, imaginando el universo ya sin calor ni inteligencia alguna, invocando el plano silencioso y definitivo de neutrinos glaciales allí donde todo ya ha terminado. Algunas vidas posthumanas discurren ya así, en la ausencia o el cese de toda palabra, o la renuncia de toda conciencia.