La poesía de Persio
Las sátiras de Persio o el peluquín de la moral
El poeta romano, cuya obra está dedicada al flagelo del mundillo literario no sería él si hubiese resistido al menos una sola vez la tentación de despeñarse por el barranco de su defectos
Si para Ovidio constituyó todo un reto escribir después de Horacio, Propercio, Catulo o Virgilio, ¿qué será de los que como Persió pretendan escribir después de Ovidio? ¿Cómo evitar caer en la insignificancia o precipitarse en el ridículo? Por supuesto que se ha escrito mucho y bueno después de Ovidio, pero la distancia en el espacio y en el tiempo evitaba que los temas, el reflejo social y las formas fuesen inevitablemente parecidas. Ovidio y Persio se enfrentaron a un problema parecido, pero lo abordaron con estrategias y un ánimo distinto. El joven Ovidio Nasón Ovidio decidió empezar a escribir como si las subjetividades literarias estuvieran ya agotadas, buscando escribir la mejor versión posible de cada asunto, a menudo abordándolo desde dos puntos de vista distintos, defendiendo conclusiones contrarias, en un ejercicio de moral situada, bajo una poética reversible.
La propuesta de Persio consistió en refugiarse en la sátira, el género inventado por Lucilio y desarrollado por Horacio, una forma bastante abierta que, aunque se define por la clase de verso empleado, iba poco a poco justificando su sentido actual: la recriminación ácida de las costumbres generales o de individuos concretos. De manera que el paso que va de Ovidio a Persio supone un cierre del ángulo moral; la amplitud de conciencia que permite representar diversos matices morales, incluso contradictorios, se reduce a una única función: la de flagelo.
Aunque Persio señalará distintos objetivos en las seis sátiras que llegó a escribir también reconocemos en él al poeta consciente de venir después de la poesía. A diferencia de poetas posteriores, como Juvenal o Marcial, que cubrieron con su sátira espectros muy amplios de la sociedad romana, Persio se siente más cómodo merodeando por el ambiente literario. Allí donde el joven Ovidio se revelaba como un poeta que dispuesto a reescribir las formas poéticas disponibles, Persio se agota comentado la situación del mundillo poético.
Aulus Persius Flaccus
Partiendo de estas restricciones la primera de las sátiras de Persio ya nos da la medida de su paradójica insuficiencia como poeta. Podemos convenir que hay bastante de cierto en su crónica del aprecio desdeñoso que la mayoría de personas respetables, ricas o poderosas de Roma siente hacia la poesía: satisface su pedantería y su vis snob sin implicarse en su comprensión, a veces sin necesidad de leerla. Basta con saber citar un verso famoso, repetir un nombre prestigioso o pasearse con el libro. Descontando a un puñado de mecenas, y el incombustible millar de lectores interesados la poesía es para la mayoría una diversión intrascendente o un mero adorno.
Persio apunta a una situación común a muchas épocas (y que escuece sobre todo a los poetas con ansias de respetabilidad, como era su caso), pero intensifica la crítica a su época cuando al desdén de los ricos añade la acusación de que los poetas contemporáneos son unos pomposos, entregados al artificio e incapaces de componer versos que no suenen conformistas y fríos. Nuestro poeta se opone a esta poesía frívola y artificial, la que surge de una pasión que fuese capaz de desgarrarnos por dentro. Una alternativa plausible si pensamos en Catulo o Tibulo (aunque es inevitable imaginar a Horacio reprimiendo la risa), pero que por desgracia para Persio queda muy a trasmano de sus talentos. Seamos sinceros: su musa no es capaz de escribir versos que se opongan a lo que tanto crítica.
Persio es casi sin descanso pomposo y si esquiva los lamentos excesivos es a cambio de imponerle un gélido toque fúnebre a todos su versos. En cuanto a sus quejas sobre la artificiosidad de los versos constituyen uno de las historias más tristes de auto-ocultación poética. Con alguna excepción aislada Persio tiene dos modelos de dicción: figuras que acumulan hasta entorpecerse y la oscuridad de un callejón sin salida. Como ejemplo de lo primero bastaría citar una tirada así: “No es un principio espumoso, de corteza gruesa, como una rama añosa ahogada por una costra excesiva de corcho”. El asunto se entiende, Persio denuncia que algo es pesado, pero cuesta imaginar una manera más pesada y sin gracia de transmitirlo.
En cuanto a la oscuridad una aclaración: la oscuridad se dice de varias maneras y no siempre es un defecto en una poesía. Existe una oscuridad que actúa como una intuición deslumbrante que nos concierne, aunque no nos revele de buenas a primeras toda la extensión de su sentido, como cuando Rilke nos asegura que “uno se acostumbra muy despacio a estar muerto” o Eliot sugiere que “todo tiempo es irredimible”. Pero existe otra oscuridad que se parece más a la indigencia cognitiva de quien ni siquiera es capaz de iluminar su intuición. Un ejemplo del propio Persio: “¿Pasaría esto si dentro tuviéramos viva la vena más pequeña del testículo de nuestro padre”.
En uno de estos curiosos chascos históricos el joven Persio se encontró con que la sociedad literaria cuyas maneras odiaba y cuyo gusto le parecía despreciable se lanzó a comprar su libro de sátiras hasta convertirlas en todo un éxito. El fenómeno, sorprendente si consideramos que esos lectores venían de leer a gigantes como Virgilio y Horacio, se explica mejor si atendemos a la otra vertiente de la poesía de Persio: su reducción moral.
'Las sátiras de Persio'
Al público le gusta sentirse moralmente superior a lo que se critica en un libro, y los ataques de Persio combinaban de manera irresistible para esta clase de lector un juicio sin piedad ni matices con una generalidad impersonal que impedía a nadie sentirse señalado. Ovidio nos perturba al señalarnos la envidia o la violencia que se ocultan en situaciones cotidianas, en las que podemos incurrir si nos descuidamos, Persio ataca conductas tan extremas que las observamos indemnes: ¿cuantos de nosotros corremos el riesgo de morir en nuestra propia bañera después de pegarnos un atracón?
Pero vayamos al resto de sátiras (aprovechando que son pocas) para disfrutar del panorama al completo. La segunda nos ofrece otro pequeño compendio de las limitaciones de Persio: el poeta se lanza a criticar de manera muy gruesa la hipocresía social, pero hay algo de rutinario e impostado en su certeza de que los hijos cuidan siempre de los padres a la espera que estiren la pata para reclamar su herencia. Hagamos un ejercicio superficial y vulgar: ¿cómo hubiese encarado el asunto Catulo? Probablemente expresando la naturaleza de un hijo que mientras siente el dolor dominante por el ocaso del padre, descubre el consuelo con las primeras luces de la tranquilidad económica, perturbado por la convivencia todo lo desproporcionada que se quiera de ambas emociones.
Ajeno a toda sutileza emocional, y con esa convicción que es el sello de los fanáticos, Persio despliegua su acusación con una fiereza que si termina sonando insincera es, en buena medida, a causa de la atropellada y pomposa dicción que ya conocemos: “Pides energía para tus nervios y un cuerpo que no venga a menos con la vejez. De acuerdo: pero aquellos platos opíparos y aquellas pingues salchichas se aprestan siempre a impedir a los dioses escucharte y paralizan la buena voluntad de Júpiter”. ¡Toma ya!
La tercera de las sátiras es, sin duda, la mejor de las que escribió Persio. El poeta sigue con su cruzada contra las bajas pasiones de la humanidad: pereza, desidia, ignorancia, gula… El trazo sigue siendo grueso, Persio insiste en amputar el brazo para curar una herida en el dedo, pero la dicción parece más reposada, con un control mayor sobre el sentido de las palabras. Y la elegía contiene su mejor pasaje, perturbador y grotesco a partes iguales: la ya mencionada muerte de un glotón en su propia bañera.
En cuarta de las sátiras regresa con todo su triste esplendor el engrudo de opacidad. Persio trata ahora de remedar sin gracia una escena ocurrida en Grecia. Los argumentos están copiados del primer Alcibiades de Platón, y básicamente nos advierte (con el tono de una acusación) de que son muchos los que ven el error ajeno y son ciegos para el propio, pero se trata de tópicos sin fondo ni picante, una suerte de mural ético, con vetas de humor muy burdo. Persio fracasa en transmitir un ambiente griego verosímil, y abarata las sentencias gnómicas (tampoco demasiado originales) con un humor bastante burdo: “Aleja de ti lo que no eres, devuelve a los baratilleros tus presentes. Mora en ti mismo, verás lo reducido de tu ajuar”.
Llegados a este punto, seamos sinceros, después de tanta aspereza y artificio, que ganas de gritarle a Persio: “¡Quítese el peluquín moral!”.
La sátira cinco arranca con unos elogios quizás un tanto campanudos a su maestro Cornuto, pero enseguida da paso a escenas serenas y hermosas sobre la vida del estudio, y la complicada entre maestro y alumno. Claro que Persio no sería Persio si por una vez resistiese la tentación de despeñarse por el barranco de su defectos, así que el poema muta de manera precipitada en una meditación sobre la libertad.
Edición en inglés de las 'Sátiras' de Persio
La tesis de Persio es tan sensata como aburrida: diferencia entre la libertad formal (la de cualquier ciudadano varón) y la libertad racional (la conquistada por la razón, la autonomía de pensamiento). Pero como ejemplo propone un episodio con un esclavo recién liberado al que Persio, como si atravesase una fase mental obsesiva y desquiciada, tiene la poca vergüenza de reprocharle que su libertad es aparente y que no puede compararse con la de un filósofo o con la suya. Después de tocar suelo el poema repta por un nuevo slalom de críticas a los distintos vicios, los versos se alimentan de ideas estoicas de manual, y donde Persio vuelve a exhibir su principal defecto como poeta: la estrechez de su severidad impide que se filtre el rayo más fino de comprensión.
Otro aspecto desagradable de la técnica de Persio se aprecia mejor en esta sátira donde una y otra vez refiere sus versos al tú que está flagelando. Pero dicho tú está tan poco caracterizado y vivo que el lector corre el riesgo de confundirse con él, como si recibiese él la bronca. Se encierra así el poema en un espacio pequeño, casi privado, donde mientras leemos casi podemos oler el aliento de Persio.
Poco aporta a este desalentador panorama la sexta elegía que supone la despedida de Persio de la poesía. Se trata de un informe a su maestro Baso sobre el paisaje donde el poeta está decidido a pasar el verano, tras otro de sus célebres desajustes de tono: “¿Cuántas albondigas de robusta poesía ingieres para que encuentres adecuado disponer de cien gargantas?”. Empieza el desastre de la composición donde acumula sin venir mucho a cuento críticas al egoísmo, la historia de un naufragio y nuevos berrinches contra la impaciencia de los herederos.
Es posible que llegados a este punto usted se pregunte, ¿a qué viene incluir a un poeta como Persio en una serie dedicada a los grandes poetas latinos? Quizás porque después de recorrer tanto talento y acierto corremos el riesgo de lo sencillo que resulta ser un poeta malísimo.