Bella Hadid, en 'The beauty'
‘The beauty’: Ryan Murphy ha enloquecido
'The beauty', la nueva serie de Ryan Murphy en Disney, es un disparate muy entretenido que da qué pensar sobre el precario equilibrio mental del creador de series tan interesantes como Nip/Tuck, American Horror Story, Feud o Monsters
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París, capital mundial de la moda. Un desfile de Balenciaga (o de lo que queda de Balenciaga). Una atlética modelo, semi vestida de cuero granate, recorre la pasarela mientras suda la gota gorda y no parece encontrarse en su mejor momento. Tiene sed. Una sed monstruosa. Por eso le arrebata la botella de agua a una espectadora, se la bebe de un trago y luego la emprende a sopapos con ella y con cualquiera que se le ponga por delante.
Ya fuera del recinto, roba una moto y se lanza como una loca por las calles de la ciudad, hasta llegar a un bar en el que se para a repostar y, ya puestos, empieza a disparar contra la clientela con una metralleta que no se sabe muy bien de donde ha salido. Acorralada por la policía, la pobre mujer explota literalmente, bañando en sangre y vísceras a los que tiene más cerca.
Así arranca The beauty, la nueva serie de Ryan Murphy en Disney (diez episodios, cuatro colgados hasta la fecha), un disparate muy entretenido que da qué pensar sobre el precario equilibrio mental del creador de series tan interesantes como Nip/Tuck, American Horror Story, Feud o Monsters.
Imagen de la serie 'The beauty'
Basada en un comic de Jeremy Haun y Jason A. Hurley que no ha leído nadie, The beauty (La belleza) se instala cómodamente en el despropósito para explicarnos la historia de una extraña epidemia de transmisión sexual que tiene su origen en la necesidad de mantenerse joven y bello.
Un sabio majareta (Ashton Kutcher) ha inventado una droga que hace guapos a los feos y mantiene joven a quien la toma. Lamentablemente, hay efectos secundarios. Si una vez convertido en joven y guapo, te acuestas con alguien, le transmites por vía seminal una peculiar dolencia que suele conducir a la combustión espontánea.
Una idiotez como una casa, ¿verdad? Como para que te echen del despacho de cualquier productor al que le hayas ido con la idea. Pero Ryan Murphy es mucho Ryan Murphy, y ese homosexual de tendencias perversas ha hecho ganar auténticas fortunas a las plataformas de streaming, por lo que estas le financian lo que sea para ver si vuelve a sonar la flauta.
Sabio majareta
Para oponerse al sabio majareta, que está hecho un figurín mientras la parienta, Isabella Rossellini (¿qué hace usted ahí, señora?), acusa, como todos nosotros, el paso del tiempo, contamos con una pareja de agentes del FBI (Rebecca Hall y Evan Peters, un habitual de las cosas del señor Murphy, brillante en la serie sobre Jeffrey Dahmer, el asesino en serie), que no son novios, pero se acuestan juntos durante sus misiones, que, en el caso que nos ocupa, los llevan a París, Roma o Venecia (parece que la F de FBI no es de Federal, sino de Fashion).
A todo esto, el sabio majareta considera que la gente que explota puede archivarse bajo el concepto “daños colaterales”. Algo perfectamente asumible. Por lo que se prepara para el inminente lanzamiento comercial de su producto, aunque los científicos a sus órdenes le suplican que no se venga tan arriba.
Un fotograma de la serie 'The beauty'
Si se sale con la suya, no habrá servicio de limpieza en el mundo capaz de eliminar las manchas de sangre de las aceras.
Ryan Murphy siempre ha tenido cierta tendencia al exceso, pero esta vez se le ha ido la flapa a lo grande, hasta el punto de que el espectador tiene la sensación de que le está tomando el pelo.
Contradicciones
a reacción lógica ante un disparate del calibre de The beauty sería abandonar el visionado a mitad del primer episodio (a no ser que se compartan los gustos del señor Murphy y se disfrute de la presencia de secundarios bellos y, a veces, desnudos), pero yo ya me he tragado los cuatro que Disney ha puesto a mi disposición.
Por primera vez, que yo recuerde, estoy siguiendo una serie que se me antoja una tontería monumental, pero, como decía Vázquez Montalbán cuando se le reprochaba que fuera comunista y viviera como un burgués, “¡Yo asumo mis contradicciones!”.
Y no descarto que le pase a más gente. Hay algo hipnótico en esa sandez que es The beauty (¿el tradicional lema So bad it´s good?). Y cuando aparece Rebecca Hall al final del cuarto episodio convertida en una mujer mucho más joven (sobrevuela la serie el espíritu de La sustancia, la película de Coralie Fargeat, otra estupidez colosal), dejando pasmado al pobre Evan Peters, se incrementa la necesidad y la urgencia de ver el quinto capítulo: The beauty es basura, pero huele a Chanel Nº 5.