El mundo de Diego de Torres Villarroel

El mundo de Diego de Torres Villarroel DANIEL ROSELL

Letras

Diego de Torres Villarroel: astrologías, asombros y maravillas de la 'vida muelle'

Luis Gómez Canseco, catedrático de Literatura Española en la Universidad de Huelva, publica la edición definitiva de la 'Vida' del escritor salmantino, gloria de las letras españolas del siglo XVIII, en la biblioteca de clásicos de la Real Academia

Llegir en Català
Publicada
Actualizada

España, mal que les pese a muchos, es un país indestructible. Basta con reparar en cómo sus mejores escritores –que son legión– se han enfrentado a la máquina del mundo, ese artefacto que nos hace seguir adelante a pesar de la sucesión de olvidos, calamidades y privaciones que es la vida. En nuestro país no existe el idealismo salvo como género irónico. No somos la Alemania de Goethe. La única invariante de nuestra literatura, que es igual que decir el signo de nuestra cultura, es el realismo. Crudo, sin afeites, sincerísimo. Y, a menudo, también brutal.

Desde el Poema de Mío Cid, obra capital de la épica medieval, hasta el presente, pasando por el Siglo de Oro y la Edad de Plata, el verdadero mapa de la literatura española no ha necesitado nunca expandir sus fronteras –no le hace ninguna falta– más allá de las tierras del prosaísmo, que es una manera de ver y sentir el mundo con matices, enmiendas y variaciones, pero que obedece a un único mandato: decir la verdad incluso cuando se miente (artísticamente). Lo resumió como nadie Machado (Antonio) a través de una coplilla de su Juan de Mairena: “Cuando los gitanos tratan / es la mentira inocente: / se mienten y no se engañan”. Literalmente es así: no cabe hablar de embustes si quienes se hablan saben de antemano que el código de la vida obliga a una perpetua simulación, cosa que no sucede con la muerte, que es la única certeza.

Retrato de Diego de Torres Villarroel

Retrato de Diego de Torres Villarroel BARCIA

Los mejores escritores de nuestra tradición, sean poetas o prosistas, pensadores o ignorantes, dramaturgos o humoristas, guardan una fidelidad natural a la infalible ley de la gravedad literaria, que es la que, por decirlo al modo clásico, avillana el estilo y permite entender el colosal espectáculo de la existencia sin hacer el tonto ni ponerse estupendo. Entre ellos uno de los más desconocidos, y también más excepcionales, es Diego de Torres Villarroel (1694-1770), escritor a contracorriente y más apreciado por los especialistas que por el vulgo, por decirlo también a la manera cervantina.

Para muchos lectores del común, Torres Villarroel es un perfectísimo misterio. Cosa natural, por otra parte, ya que pertenece a un universo –la España del siglo XVIII– que en la historia de nuestras letras ha tenido escasa fortuna y peor prensa, acaso por estar atrapada entre el oro viejo de nuestra mejor literatura áurea y la vibrante atmósfera de plata bruñida de finales de la centuria del XIX y comienzos del XX. Torres Villarroel no es Moratín. No es tampoco Jovellanos. No es Cadalso. Y, desde luego, se parece bastante poco, nada en realidad, a Iriarte o a Samaniego, orates de las fábulas didácticas. Y, sin embargo, en su figura se cumple aquel presagio de Julián Marías sobre la necesidad de resucitar el legado cultural dieciochesco, aunque en un sentido totalmente opuesto al ideal ilustrado y reformista que representaron muchos de sus contemporáneos.

Luis Gómez Canseco, filólogo y catedrático de Literatura Española

Luis Gómez Canseco, filólogo y catedrático de Literatura Española JAIMEPHOTO

Torres Villarroel no fue un afrancesado. Por fortuna para sus lectores y para la literatura española, que cuando abandona la senda del realismo, esa escritura sine nobilitate, pierde una parte sustancial de su ADN. Si todavía no lo han leído ustedes, queridos indígenas, se están perdiendo a uno de los mejores autores de la literatura española. La prueba es la soberbia edición de su Vida que acaba de perpetrar Luis Gómez Canseco, sabio terrestre, catedrático de Literatura Española en la Universidad de Huelva y nuestro gran héroe en el difícil e incomprendido arte de la filología, para la noble colección de autores clásicos de la Real Academia (RAE).

Canseco, que ya editó en este catálogo, dirigido por su maestro Francisco Rico –al que en el colofón de su libro describe como “sabio tabacón”– el Quijote de Avellaneda, en un volumen anejo y no venal que la Docta Casa –extremo éste inexplicable– tiene sin reeditar, aborda con la solvencia, erudición y la maestría que le caracteriza un viaje por la biografía (la real y la romanceada) de Torres Villarroel y la historia editorial de este libro, asombrosa e insultantemente moderno, cargado de sentido del humor e ironía, generoso en embustes (literarios) y escrito con un estilo colosal.

Imagen del El Gran Piscator de Salamanca del 'Viaje fantástico' (1725).

Imagen del El Gran Piscator de Salamanca del 'Viaje fantástico' (1725).

En poco más de doscientas páginas llenas de inteligencia y de oficio, haciendo unos prodigios que no violentan la estricta preceptiva académica, Canseco reconstruye todas las máscaras del escritor salmantino –la carnal, en primer lugar; las literarias, a continuación–, explica los secretos de su escritura, sitúa al escritor dentro de la tradición española y aborda las vicisitudes de su manuscrito. Esta edición de Luis Gómez Canseco merece, de largo, un Premio Nacional. Primero por su excelencia y su capacidad para hacer accesible a uno de nuestros clásicos más incomprendidos. Y, en segundo lugar, por la extraordinaria calidad y el nutritivo sabor de su escritura, en la que el método de investigación académica se pone siempre al servicio de una prosa fresca, eficaz y entretenidísima.

Cierto es que la materia ayudaba en la tarea. Torres Villarroel compuso para su autobiografía (novelada) un prólogo al lector antológico. Una pieza soberbia que recuerda a las grandes glorias cervantinas pero, al contrario que el autor del Quijote, sin ternura ni compasión ni por quien empieza a leer ni –lo que es todavía más importante– en relación al autor consigo mismo. Torres no necesita reivindicar –como hizo Cervantes– sus heroicos hechos de armas, aunque fuera un soldado pasajero. Tampoco se idealiza. Su actitud es otra: desafiante y, justamente por eso, interesante.

Portada de la primera edición de 'Vida', de Diego de Torres y Villarroel (1743)

Portada de la primera edición de 'Vida', de Diego de Torres y Villarroel (1743) BNE

“Maliciarás acaso (yo lo creo)” –escribe– “que esta inventiva [su biografía] es un solapado arbitrio para poner en público mis vanidades, disimuladas con la confesión de cuatro pecadillos, queriendo vender por humildad rendida lo que es una soberbia refinada. Y no sospechas mal; y yo, si no hago bien, hago a lo menos lo que he visto hacer a los más devotos, contenidos y remilgados de conciencia, y pues yo trago tus hipocresías y sus fingimientos, embocaos vosotros (pese a vuestra alma) mis artificios, anden los embustes de mano en mano, que lo demás es irremediable. Dirás, últimamente, que porque no se me olvide ganar dinero, he salido con la invención de venderme la vida. Y yo diré que me haga buen provecho; y si te parece mal que yo gane mi vida con mi Vida, ahórcate, que a mí se me da muy poco de la tuya”.

Cero fingimientos (aparentes). Nada de fórmulas retóricas (a la vista). Es un escritor contando su verdad –lo que no implica que la historia que refiere sea cierta– sin atarse a las reglas del decoro. Suelto y libre. He aquí todo el asombro y la maravilla. El escritor salmantino, como explica Canseco, gobernó con fortuna un “negocio pujante y lucrativo en el que él mismo ejercía como empresario, distribuidor, publicista, anunciante y aun de producto”. Fue pues uno de nuestros modernos más tempranos.

'Vida'

'Vida' REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

No vivió una vida, sino ciento. Según las edades, fue el hijo involuntario de un librero, gamberro, siervo, pupilo, ermitaño, bailarín, alquimista, miliciano, torero, presbítero con su tonsura, látigo de los jesuitas –“tonto hasta la nuca / lerdo hasta el zancajo” lo llamó Luis de Losada–, reo de cárcel, apresurado estudiante de medicina, curandero, astrólogo y hasta adivino. Se exilió a Coímbra y a Oporto y, después, anduvo buscando no una sino muchas veces mercedes en la corte. Trató con reyes, nobles y aristócratas –llevó la administración del Palacio de Monterrey para el ducado de los Alba– y profesó en la universidad de esta misma ciudad como catedrático de Matemáticas. Supérenlo, si pueden.

Fue uno de los primeros escritores profesionales en España, hábil para vivir de su pluma sin renunciar a las canonjías de los mecenas. Se hizo rico escribiendo almanaques, esos pasquines donde hacía predicciones, adivinaba el futuro, elogiaba a unos, banderilleaba a otros y opinaba a veces sobre lo divino y siempre acerca de lo humano. Inventó un personaje de sí mismo, el Gran Piscator de Salamanca, y, mientras los ilustrados de su tiempo condenaban las profecías de los adivinos callejeros por su falta de soporte científico, él hizo una industria de la credibilidad ajena.

'La gitana': Almanaque, pronóstico, y diario de quartos de luna, para este año común de 1729: juizio, y conjetura de los acontecimientos elementales, y políticos de toda la Europa'.

'La gitana': Almanaque, pronóstico, y diario de quartos de luna, para este año común de 1729: juizio, y conjetura de los acontecimientos elementales, y políticos de toda la Europa'.

Por supuesto, dominaba los latines –estudió en el Colegio Trilingüe de Salamanca– pero escribía en español vernáculo, el idioma más terrestre que concebirse pueda. Periodista antes del periodismo y anterior al Diario Noticioso, Curioso, Erudito, Comercial y Político fundado por Francisco Mariano Nipho en  1758, fue un adelantado a su tiempo. Llevó, gracias a su talento y a la diosa Fortuna, lo que Canseco llama “una vida muelle”. Esto es: la existencia de un afortunado rentista, alguien que persigue (y conquista) todo lo que desea. A saber: “fama, dinero y libertad, que es el chilindrón legítimo de las felicidades”. ¿Cabe mayor victoria”.

“Torres” –argumenta Canseco– “nos lleva de la mano por donde quiere, juega con nosotros con una inteligencia sofisticada y original. Esas pocas páginas [las de su Vida], que apenas precisan un periquete de lectura, están vivas y encierran en la trabazón de sus voces a uno de los más duchos y excelentes escritores en lengua española. No es poco”. En efecto. Las obras completas de Torres Villarroel suman catorce tomos y su publicación fue financiada gracias a la aportación de fieles suscriptores, muchos de ellos notables, que pagaban por adelantado al escritor.

Retrato sobre tabla de Torres Villarroel (1760)

Retrato sobre tabla de Torres Villarroel (1760)

Su Vida es una obra maestra que comienza como el relato de iniciación de un buscavidas, al modo de las novelas picarescas, donde se exagera lo que conviene y se silencia aquello que perjudica, y a medida que avanza nos muestra a un individuo que deviene en un perfecto burgués y, con el pie ya en el estribo, o casi, se desvela como una sincera alma religiosa. No fue apocalíptico, sino un integrado. Rebelde, lo justo; impertinente, siempre.

“Soy en esta universidad, y en todas las de España”, –escribió sin empacho– “el doctor más rico, el más famoso, el más libre, el más extravagante, el más requebrado de las primeras jerarquías y vulgaridades de este siglo, el más contento con su fortuna, el menos importuno, el menos misterioso, el menos grave, el menos áspero y el menos desvelado por las capellanías, las cátedras y los empleos, cuyas solicitudes ansiosas los tienen tan locos como a mí los pensamientos de mis disparates”. Torres Villarroel no tenía abuela. Josep Pla lo hubiera descrito como “un cuco”. O como un perfecto homenot. Todo un genio con su figura.