La estirpe de Francisco Rico, filólogo irreverente

La estirpe de Francisco Rico, filólogo irreverente DANIEL ROSELL

Letras

El 'Molt Honorable Senyor' Francisco Rico, un sabio 'princeps' que nunca dejaba de fumar

El catedrático barcelonés, maestro de la filología española durante el último medio siglo, muere dejando tras de sí un legado intelectual y académico colmado de alta erudición, humor, ironía y una gozosa irreverencia vital

27 abril, 2024 22:46

Yo no he trabajado nunca. Nunca he buscado nada. Todo me ha venido dado. Cualquier día se acabará mi Fortuna”. Francisco Rico Manrique (1942-2024) acostumbraba a fingir una modestia desinteresada. Al mismo tiempo, practicaba una seguridad pasmosa y orgullosa que escondía –quien lo conoció, lo sabe– una secretísima ternura. Para muchos de sus amigos era el típico sentimental que camufla  debajo de una máscara de falsa suficiencia una sensibilidad excesiva. Es una manera como cualquier otra de protegerse de los zarpazos de la vida. En su caso, sin embargo, los hechos avalan la leyenda. Lo dejó dicho Dutton Peabody, el periodista de El hombre que mató a Liberty Valance, la película de John Ford: entre la verdad y la leyenda siempre debe imprimirse la última. 

Barcelonés (ma non troppo), educado por los Escolapios de la calle Balmes, sufridor (sin rencor) de la educación del nacional-catolicisme (la versión catalana de la doctrina franquista de posguerra), el catedrático de la Universidad Autónoma encarnó a un personaje irrepetible y fascinante que, desde el mundo académico, donde toda vanidad ridícula tiene su asiento, por decirlo a la manera de Cervantes, se dedicó a leer y a estudiar con un ánimo hedonista, colosal y omnívoro que, con los años, haría de su persona el príncipe de la filología española. Probablemente el último. Un fin de raza.

Francisco Rico, delante de la biblioteca de su casa en Sant Cugat

Francisco Rico, delante de la biblioteca de su casa en Sant Cugat LENA PRIETO

Rico, que ha muerto con 81 años, esquivando a la muerte, más tarde que otros intelectuales de su generación, era el sabio que nunca dejaba de fumar. Adicto a los cigarrillos Nobel, era capaz de acelerar una clase (magistral) para echarse un pitillo en la puerta del aula y combatía la tos (recurrente) que importunaba sus deslumbrantes disertaciones con mucha agua y paciencia, sin perder nunca su proverbial irreverencia, que revelaba a quien quisiera verlo un carácter irónico, burlón y casquivano, como de niño mal criado. Nada lo conducía a la filología, pero la Fortuna lo situó como un eslabón de la noble cadena de los grandes sabios y humanistas dedicados a las letras hispánicas. 

Sobre esto existe un consenso tácito: en el último medio siglo, Rico ha jugado un papel equivalente al que décadas antes encarnaron sucesivamente Ramón Menéndez Pidal, Dámaso Alonso y Fernando Lázaro Carreter. Tenía sus mismos atributos: talento de sobra, picardía inteligente y una capacidad de trabajo enorme y también discreta, construida intramuros. Su condición de último faro de la filología, delimitando la costa y dirigiendo la travesía de sus iguales, es indiscutible. Sin embargo, él juraba que esta influencia no le había ayudado a crear una escuela académica, aunque contase con insignes discípulos y durante décadas, igual que Lázaro Carreter, ejerciera el mandarinato gracias a tener un pie anclado en la academia y otro en el sector editorial barcelonés. 

Francisco Rico, inventor de Petrarca

Francisco Rico, inventor de Petrarca DANIEL ROSELL

Académico de la Lengua desde finales de los ochenta, Rico hizo el bachillerato de Ciencias. Suspendió el preuniversitario de Humanidades por no dominar ni el latín ni el griego. De joven –hubo una vez un joven Rico– solía deleitarse haciendo novillos en el Turó Park de Barcelona. Rememoraba sus pecados al modo de Proust, sólo que en lugar de la magdalena el olor de esos años era el guiso de estofado del Bar Cazadores. Siempre se consideró un espíritu castellano viejo, a pesar de su fidelidad catastral a Barcelona, donde habitaba –hasta ayer– en una casa con jardín, a la Montaigne, construida por Solà Morales, junto a su mujer, la filósofa Victoria Camps. En Sant Cugat. 

Su primera vocación fue el periodismo, que estudió –por supuesto sin pisar la clase– y practicaría fugazmente, antes de su mayoría de edad, en el diario Abc, propiedad de la familia Luca de Tena. Su predilección por la filología se debió a sus lecturas indiscriminadas, a su amigo Eliseo Bayo, que le enseñó sus primeros latines con los manuales del seminario, y a la atenta lectura de Poesía Española. Ensayo de métodos y limites estílisticos, el mítico manual de Dámaso Alonso que trazó una raya –que aún perdura– en el campo de los Estudios Literarios en español.

'El sueño del humanismo'

'El sueño del humanismo' CRÍTICA

Rico se matriculó Románicas en la facultad de Barcelona. Toda su vida se consideró un romanista. Allí conocería a su maestro –el medievalista Martí de Riquer– y, dicen que en el Bar Venezuela, a otros estudiantes como José María Valverde, José Carlos Mainer y José Manuel Blecua, entre otros, con los que trabajaría –ya como profesor– en la universidad y como asesor editorial, entre otros sellos para Planeta. 

Descubrió pronto las ventajas –laborales, intelectuales y vitales– que suponía no ir por libre, sino acompañado y apadrinado por alguna capilla universitaria. “Hay que estar en un club”, decía, irónico y sonriente, cuando le preguntaban por sus comienzos. Junto a la tribu académica estaba la personal: la amistad con Jaime Gil de Biedma, con “el insoportable” Carlos Barral, con el mayor de los hermanos Goytisolo –José Agustín– y toda la constelación etílica de la Gauche Divine.

'La novela picaresca y el punto de vista'

'La novela picaresca y el punto de vista' SEIX BARRAL

Ninguno de ellos, pese a su encantadora frivolidad, le deslumbraría tanto como Juan Benet, el novelista e ingeniero madrileño, al que eligió como modelo de carácter y maestro en el arte de la irreverencia. El predicamento de Rico sobre su generación, que es la de Pere Gimferrer, fue absoluto. Acabaría trasladándose a sus herederos: Javier Marías –cuyo discurso de ingreso en la RAE contestó– o Javier Cercas, uno de sus pupilos universitarios.

Rico se había convertido ya en un absoluto personaje en sentido literal y figurado del término: Marías lo incluía de forma recurrente en sus libros, Benet imaginó una Casa Rico en Herrumbrosas lanzas y Cercas lo recrea en El vientre de la ballena. Este reconocimiento, que no es exactamente popularidad, sino el efecto combinado de un prestigio creciente, que sobrepasó muy pronto el estrecho universo académico, y de su influencia editorial, obedece a su singular abordaje de la filología. 

'Los discursos del gusto'

'Los discursos del gusto' DESTINO

En alguna ocasión lo contó in extenso. Para él, la filología era divertida y más importante que la literatura. Hubiera sido un escritor portentoso si hubiera elegido dedicarse a la creación, pero prefirió ejercer desde el principio como un ilustre polímata. Optó por la crítica literaria (profesional) como género en lugar de decantarse por la ficción o la poesía (que cultivó en secreto) porque descubrió –para escándalo de la ortodoxia– que un lector entiende mejor una obra si antes domina la bibliografía y conoce la interpretación cultural de los textos. Éste fue su método: leer antes a los cervantistas que a Cervantes. 

“Los críticos no son escritores frustrados. Es al revés: son los escritores quienes son críticos frustrados”, defendía con su humor (serio). Tenía sus argumentos: si un filólogo conoce todas las interpretaciones críticas de un libro no descubrirá Mediterráneos, podrá oponerse sin tacha a quienes le antecedieron en el camino y encontrará vetas nuevas sobre las que poder trabajar.

'El texto del Quijote'

'El texto del Quijote' DESTINO

Que se le conociera como cervantista no deja de ser una (afortunada) paradoja. Rico, siempre apadrinado por Martí de Riquer, fue antes que otra cosa un petrarquista. Las cientos de páginas que dedicase al poeta italiano, al que decía detestar como ser humano, sumiendo a su audiencia en el desconcierto, son fruto de una decisión ajena y absolutamente azarosa.

Petrarca fue el autor que le asignaron sus mayores a comienzos de los años sesenta, cuando los medievalistas de la escuela de Barcelona, siempre atentos al negocio editorial, convencieron a José Manuel Lara (padre) para que, en lugar de comprar los derechos editoriales de la Pléiade francesa, crease una colección propia equivalente de clásicos universales. A Rico le tocó en suerte el autor del Secretum, del que había traducido el Canzoniere y el Trionfi. Lo demás fue llegando solo.

'El primer siglo de la literatura española'

'El primer siglo de la literatura española' TAURUS

En 1972 ganó las oposiciones y, sin dejar al poeta de Arezzo, objeto de su primera obra y materia de Otia cum Petrarca, donde están reunidos sus ensayos, comenzó a trazar una obra filológica paralela, sin salirse del ámbito medieval: El Libro de Buen Amor, Alfonso X El Sabio y la ‘General Storia', El Lazarillo de Tormes y la picaresca y los grandes clásicos castellanos, que siempre estimó muy superiores a los escritores medievales catalanes. 

Sus libros propiamente dichos son escasos en comparación con otras grandes figuras de la crítica como George Steiner o Harold Bloom. La mayor parte de su bibliografía consiste en colecciones de estudios y monografías –siempre deslumbrantes– hechas a modo de excursos de sus tareas académicas. Escritor con buen gusto y gran style, como ensayista cultural y articulista pendenciero no tenía rival. Combinaba la erudición con la finezza y gastaba una prosa naturalísima, con un tono veneciano envidiable, capaz de competir hasta con los magníficos salones de Fumaroli.

'Estudios de literatura y otras cosas'

'Estudios de literatura y otras cosas' DESTINO

Sus ensayos nacen de su fascinación por cuestiones transversales: El sueño del Humanismo, El pequeño mundo del hombre, Los discursos del gusto, Nebrija y los bárbaros o Primera cuarentena. Al Quijote llegaría muchísimo tiempo después, tras veinte años de trayectoria. Fue un fruto de sus negocios editoriales, que comenzaron con la colección de Textos Hispánicos Modernos y continuaron con la Historia de la Literatura Española (Crítica) y la dirección de la Biblioteca de Clásicos de la Real Academia –“donde publica quien yo quiero y sólo lo que yo quiero que se publique”–, a través de la cual ha gobernado a la nueva generación de filólogos hispánicos. 

Decidió adjudicarse el Quijote a sí mismo, creando la última edición canónica, cuya mayor aportación procede de la fijación definitiva del texto de la gran novela cervantina gracias a un profundo y fascinante estudio ecdótico sobre cómo las formas de impresión alteraron o cambiaron la redacción original. Una obra de referencia que agota las posibilidades de edición de la primera novela moderna y que es su mayor legado como filólogo, aunque padeciera, en ciertos momentos, el mismo espejismo que Unamuno: había días que pensaba que era él, en vez de Cervantes, el verdadero autor del Quijote, derechos editoriales incluidos. 

Francisco Rico con su edición del 'Quijote'

Francisco Rico con su edición del 'Quijote' RAE

Rico se ha ido sin escribir sus memorias. “Sencillamente, no las tengo”. A los ochenta años dijo no conservar demasiados recuerdos de su vida, a excepción de ciertos instantes y momentos sueltos. Su penúltima obra –Una larga lealtad (Acantilado)– es una gavilla de perfiles ad honorem dedicados  sus maestros, igual que hacían los antiguos poetas latinos para componer un autorretrato indirecto, a través de otros. La postrera, editada hace unos meses por Arpa, ha sido una colectánea de Francesco Petrarca. El fin es el principio. Y, como reza el lema de su (inexistente) escudo nobiliario de armas, para un princepsnada importa’.