Fernando Sánchez Dragó, por Farruqo

Fernando Sánchez Dragó, por Farruqo

Letras

Sánchez Dragó: el último aliento de la España metafísica

Fallece el autor de 'Gárgoris y Habidis', su gran contribución, además del fomento de la lectura

10 abril, 2023 22:21

Después de Gárgoris y Habidis, todos entramos en los tiempos de Negro sobre blanco y Las noches blancas, y otro más escorado, como El mundo por montera, sus programas de letras en televisión, que le valieron el Premio Nacional al Fomento de la Lectura. Es uno de los galardones que merece la pena recordar por la profundidad de su esfuerzo divulgador. Fernando Sánchez Dragó ha sido un hombre sabio y gato a la hora de mostrarnos el lado del escritor como reo del arte, amarrado al duro banco del que nacen las mentiras que resumen lo más profundo de la verdad. Por aquellas emisiones pasaron Vargas Llosa, Rosa Montero, Pere Gimferrer, Escohotado, José Saramago, Leopoldo María Panero, Mercedes Salisachs, Camilo José Cela,  Luis Goytisolo, Ana María Matute, Guillermo Cabrera Infante, Jesús Torvado, Rafael Sánchez Ferlosio, etc; una lista tan abundosa que completaba su primera  experiencia en el programa Biblioteca Nacional, el alargue de Encuentros con las letras de Carlos Vélez -con música de Aute- en el que Dragó entrevistó a Leonardo Sciascia.

Dragó preguntaba a los invitados después de una larga perorata de inicio, un prólogo del que mucho se quejaban, pero todos admiraban. Hablaba de hinduismo, taoísmo o budismo y de la tradición animista africana. De todo menos de la Iglesia romana y del racionalismo francés. Como si fuera de un joven descubridor de almas, releía en voz alta a Herman Hesse; no se olvidaba de El lobo estepario ni de El juego de abalorios. Era polémico incluso entrevistando; se apuntaba siempre al argumento contrario, tal como recordó ayer su amigo, Fernando Savater. Jugó al revés del tiempo y quienes sabían algo de su vida entre los comunistas jóvenes de El Pilar -los pilaristas que pasaron por las cárceles de Franco, como Javier Pradera, Enrique Mújica, Gabriel Elorriaga o Ramón Tamames- se engancharon a su enorme trabajo: Una historia mágica de España. Gárgoris y Habidis, su auténtica contribución, publicada por Hiperión, con prólogo de Torrente Ballester, el realista mágico español por antonomasia, con permiso de Cunqueiro. Fue una obra mecida paradójicamente por el público lector en plena Transición.

Sánchez Dragó en 'Negro sobre blanco' / RTVE

Sánchez Dragó en 'Negro sobre blanco' / RTVE

Hoy, todos nos acordamos de los mitos fundacionales de Dragó: La Atlántida, los Tartesos, los Celtas, las Columnas de Hércules, el Grial, la alquimia, la tauromaquia, sefardíes y musulmanes, etc.. Después del golpe de autoridad sobre la mesa, la imagen del escritor perfió fuste para ganar fama y divulgación. Aparecieron títulos Eldorado, su primera novela escrita mucho antes, en 1965; y más tarde sus textos  taurinos; Volapié y especialmente, Toros y tauromagia. Nunca abandonó al toro, símbolo totémico de un país extraviado en el pasado, pero repentinamente activo en el arte contemporáneo. Eso se hace visible hoy, en el homenaje a Picasso, medio siglo después de muerto, al recordar al toro de Gernika, obra del pintor de Los Burdeles de Avignon (no las señoritas, como se las llamó, sino las putas), la tela que destrozó el figurativismo reinante de Henry Matisse. Vale la pena destacar hoy, en el momento del adiós, que esta visión del toro les emparenta a ambos, Dragó y Picasso, aunque la ruptura del escritor en dirección al mito se aleja de la formulación rupturista del pintor en el seno de las vanguardias.  

Sánchez Dragó no ha perdido el tiempo; casi medio centenar de libros publicados lo demuestran, aunque es cierto que en su madurez el escritor durmió protegido los sedales de la institución del Madrid comunidad; abandonó La Latina y el barrio de los Austrias a cambio del plató y el salón de té. Su primer libro fue una incursión de autor novísimo en el catálogo de Mario Muchnik y su padre Jacobo. Dragó publicó su España viva bajo el pseudónimo de Ramiro Delso. Y llegarían muchos más: Las fuentes del Nilo, La prueba del laberinto (Premio Planeta 1992), El camino del corazón o Soseki, inmortal y tigre, hasta llegar a Muertes paralelas, premio Fernando Lara de 2006.

El escritor Fernando Sánchez Dragó / EFE

El escritor Fernando Sánchez Dragó / EFE

Cuando Dragó publicó su España mágica las universidades no alcanzaban a ocuparse de su día a día. La Revolución pendiente era  el anhelo de una cultura remotista que se aburría con los Pactos de La Moncloa. Después de pasar por la letra estructuralista de Althusser o por la duda perenne de Sartre, la magia de Dragó ventilaba las venas. El escritor entró en el Partido Comunista de España, convencido por Jorge Semprún; sufrió cinco procesos del sinestro Tribunal de Orden Público, más de un año de cárcel y siete años de exilio. La curva de ballesta machadiana que ha sido su vida va desde el izquierdismo modelo Ibiza -tierra lisérgica y prometida- hasta la vejez del anarco-individualista confeso, pero no mártir, como no sea de las palabras. El espíritu de Dragó va desdela Ayahuasca amazónica hasta el silencio pétreo del ultraísmo político.  

La figura de José Antonio

Su última etapa es la del lanzamiento de libros como Santiago Abascal. España vertebrada (Planeta) donde ensalzaba la figura del líder de ultraderecha: “vosotros estáis confundidos, Abascal no es un político; es un jefe”. Pensó que así transigiríamos ¿Qué le ha conducido desde la libertad a la dureza de un hombre antidialéctico que sí, efectivamente, se comporta como un jefe al estilo de Musolini?  Pues es la conclusión veraz de un camino que lleva desde la magia hasta el infierno en la tierra. Esta obra junto a los ensayos sobre su visión de la memoria histórica, España guadaña. Arderéis como en el 36: La memoria histórica, la guerra interminable y otros asuntos afines son su últimos libros publicados. Dragó revela su fascinación por Teatro de la Comedia y en parte por la figura de José Antonio.

Fernando Sánchez Dragó.

Fernando Sánchez Dragó.

Él ha sido el intelectual sin barreras que hubiese tomado un campari con Marinetti, glosando la Marcha sobre Roma como quien no quiere la cosa. Sánchez Dragó ha jugado, como lo hizo Yung con los caminos del inconsciente. Ha sido un hombre de letras desde sus comienzos, como licenciado en Filología Románica y Lenguas Modernas (Sección de italiano) que se doctoró con un trabajo sobre las Comedias Bárbaras de Valle-Inclán. Y ha llegado al final ligero de equipaje, casi desnudo al autonombrarse “un hombre sin Dios ni patria ni símbolos ni banderas”. Piensa en su país, una España de muchos desgloses, como recordaba no hace tanto Joaquín Jesús Sánchez, en Infolibre, al hablar de la España nombrable con este montón de topónimos: jamonia, burricia, borregalia, asnalfabética, expaña, cigarria, ruinalia, obesia, abundia, sopabobia, lloriconia o manifestalia.

La curiosidad nos permite concluir ahora que su argumento, basado en el estudio de nuestros artefactos prehistóricos, ha sido una línea de investigación fructífera. Dragó no retrocedió a la heráldica y a la composición de Europa, como propuso Vicens Vives, después de bucear en nuestra revolución industrial; tampoco cayó en la tramoya hispana de Gortázar, ni en la hagiografía del Generalato o del buenismo republicano. Su España mágica apuntó directo al mito. Intentó rescatar al país de las garras de la genealogía. Empezó por la astucia de los antiguos godos para remontarse hasta la piedra. Ha sido el último aliento del espíritu sobre la España metafísica.