El escritor Ila Leonard Pfeijffer / LENA PRIETO

El escritor Ila Leonard Pfeijffer / LENA PRIETO

Letras

Ilja Leonard Pfeijffer: “A los europeos nos define el pasado, que es omnipresente”

El escritor holandés, autor de ‘Gran Hotel Europa’, reflexiona sobre el crepúsculo de la cultura continental, la nostalgia por el pretérito y los estragos de la industria turística

27 diciembre, 2021 00:10

En 2008, Ilja Leonard Pfeijffer dejó Holanda, su país natal, para trasladarse a Génova, ciudad en la que reside desde entonces. Este viaje fue más que un cambio de hogar: supuso un punto de inflexión en su relación con su país de origen --“cada vez me constaba más sentirme holandés”, confiesa-- y, sobre todo, con Europa, un continente del que comenzó a sentirse parte desde un punto de vista histórico y cultural. Mientras los discursos antieuropeístas aumentan, en Gran Hotel Europa (Acantilado), Pfeijffer rinde homenaje al viejo continente a través de una serie de personajes reunidos en un destartalado hotel de lujo. Rodeados de pasado y envueltos en melancolía, asisten, como lo hicieran en su día los personajes de Thomas Mann, a la decrepitud del continente, ante la mirada del joven Abdul. 

--Supongo que se lo habrán dicho más de una vez, pero su novela dialoga con La montaña mágica, no solo por tener un hotel como escenario sino por la imagen de Europa derrumbándose. 

--Mi diálogo con Thomas Mann comienza con la idea de escribir una novela sobre Europa. Todo comenzó cuando decidí abandonar Holanda e instalarme en Italia, hecho que hizo que, con el tiempo, empezara a sentirme cada vez menos holandés, cosa que es muy positiva, dicho sea de paso y, poco a poco, cada vez más italiano. Pero, sobre todo, lo que he notado una vez que me he instalado en Italia es que cada día que pasaba me sentía más europeo. Este sentimiento me hacía interrogarme sobre qué significa sentirse europeo y cuál es nuestra identidad. De estas preguntas nace la novela e, inevitablemente, si quieres escribir sobre Europa, sobre el final de una época y un futuro todavía no claro, es imposible no pensar en la obra maestra de Thomas Mann, La montaña mágica. Por ello, en lugar de negar la inevitable influencia, lo que he querido es hacer explícito mi diálogo con dicha novela. He querido expresamente recordar al lector que existe La montaña mágica, que es una extraordinaria novela sobre el declive de Europa escrita hace ya un siglo.

--La pregunta sobre la identidad europea ha sido recurrente en el último siglo. 

--Hoy es una pregunta tan relevante como lo era entonces, si bien las circunstancias son completamente distintas. Y también son distintas las respuestas que se dan. Hace cien años la respuesta a esta pregunta fue la Primera Guerra Mundial, que redefinió el mapa. Ahora vivimos en un mundo globalizado donde los retos son completamente diferentes. De todas maneras, a la pregunta acerca de lo que puede significar una identidad europea, quizás no sea necesario pensar demasiado para llegar a la conclusión de que tiene que ver con nuestro pasado. De hecho, si algo nos define es nuestra unión con el pasado, que es omnipresente. Vivimos nuestras vidas, más todavía los que residimos en un país como Italia, rodeados de ruinas y restos históricos que nos traen al presente el pasado y nos hacen sentirnos orgullosos de él, a la vez que son ejemplos de belleza artística. Sin embargo, estos restos y toda esta belleza proveniente de tiempos pretéritos, en ocasiones, se convierte en algo molesto, en algo que no sabemos cómo gestionar.  

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--¿Ese pasado borra la posibilidad de un futuro? 

--De hecho, hay un momento en el libro en que un personaje dice que en Europa hay tanto pasado que ya no hay espacio para el futuro. Si pensamos en Venecia esta frase no puede ser más real. Hablamos de una ciudad en la que no hay espacio para construir ni siquiera un edificio nuevo. Y lo interesante es que quien vive en una ciudad como esta, tan rica en reliquias, termina antes o después por llegar a la conclusión de que los mejores tiempos son aquellos que quedaron a nuestras espaldas y que, por tanto, no hay un futuro deseable por delante. Esta nostalgia es una de las características que mejor define, al menos en mi opinión, la identidad europea. A lo largo de la historia, en efecto, siempre se ha pensado que los tiempos mejores eran aquellos que ya habían tenido lugar. Ya los griegos antiguos creían esto. 

--Como contraposición a lo que comenta, encontramos al personaje de Abdul, un joven inmigrante para quien Europa no es sinónimo de pasado sino de futuro.

--Él es el único personaje que no tiene esta unión nostálgica con el pasado. Más bien lo contrario: para él, el pasado es un lugar oscuro al que no quiere volver. No quiere mirar atrás, él quiere orientar su mirada hacia el futuro, que está paradójicamente en Europa. Abdul es un personaje ficticio, aunque a la hora de construirlo me basé en un joven que conocí en Génova mientras yo estaba rodando un documental. Era un chico proveniente de Gambia del que yo, con mi deseo voyeurístico, quería saberlo todo. Había llegado a Italia con dieciséis años después de casi dos años de viaje. Yo le hacía mil preguntas, pero él no tenía ganas de contar lo que había vivido. Lo único que quería era mirar hacia adelante. A todo esto, creo que es importante recalcar que el personaje de Abdul nos recuerda que el Viejo Continente necesita de los inmigrantes. Soy consciente de que esta opinión no es muy vigente en estos días, pero es así. 

Grand Hotel Europa

--Junto al contraste entre Europa y el continente africano está también el que existe entre los países del Norte y los países del Sur del Viejo Continente.

--En gran medida, este contraste se debe al hecho de que en el Sur ciertos problemas son más visibles, empezando por la cuestión de los migrantes. Llegué a Italia en 2008 proveniente de un país, Holanda, en el que apenas se hablaba de los inmigrantes. No era un problema, no era una cuestión relevante. A veces podías ver una noticia sobre el naufragio de una patera en el Mediterráneo, pero poco más. Como te digo era una cuestión lejana. En 2015 la percepción comenzó a cambiar, sobre todo a raíz de que un enorme número de migrantes llegó hasta Viena para, luego, dirigirse a otras ciudades europeas, pero hasta entonces nadie prestaba atención a lo que estaba sucediendo en las costas mediterráneas y en los países del Sur. Por eso, no fui testigo de drama de la inmigración hasta que llegué a Génova que, siendo desde siempre un gran puerto, es una ciudad acostumbrada a la llegada constante de personas. Actualmente viven muchas personas procedentes de África que, a diferencia de lo que sucede en la mayor parte de ciudades europeas, encontraron residencia en el centro histórico de la ciudad y no en las periferias. Esto los hace visibles y a mí, en 2008, recién llegado de Holanda, esta realidad me resultaba nueva e impactante. Comencé a interesarme por esta cuestión.

--Otro problema que también es más visible en el Sur y sobre el que se detiene en la novela es el turismo.

--Es cierto, si bien el turismo también resulta problemático en algunas capitales del Norte, como Ámsterdam. Pero, evidentemente, no es comparable a lo que se vive en Italia, que está mucho más a la vanguardia en esto del turismo de masas

--En Barcelona tampoco nos quedamos atrás.

--Efectivamente. El turismo de masas es un problema que atañe sobre todo al Sur, si bien, tarde o temprano, terminará por implicar al Norte. Sucede siempre así: la inmigración o el turismo terminarán siendo también un problema del Norte de Europa, aunque ahora determinados países lo nieguen y señalen a los Estados del Sur.

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--Una cosa interesante que usted señala es cómo en los países del Sur la inmigración resulta molesta para ese mismo turismo del que nos quejamos.

--Cuando estuve en Malta me di cuenta de esto. Malta es la otra Lampedusa. Sin embargo, durante la semana que estuve ahí no vi ni un solo inmigrante. ¿No te parece extraño? Decidí investigar las razones de esta invisibilidad y me di cuenta de que era algo premeditado: el gobierno maltés quiere esconder la inmigración y, por tanto, a los inmigrantes para no asustar a los turistas. Es tremendo. ¡Para no asustar a los turistas ricos blancos que vienen a la búsqueda de un pasado escondes a los viajeros pobres negros que están a la búsqueda de un futuro! En esos días me di cuenta también de que en la costa de Malta no ves ninguna patera, solamente los grandes cruceros que también atracan diariamente en el puerto de Venecia. ¿Sabes cuánto cuesta una cabina para dos personas con minibar y aire acondicionado en un crucero?

--Nunca lo he mirado, la verdad.

--Unos 800 euros a la semana. Sin embargo, un billete de solo ida en una patera desde el Norte de África hasta Lampedusa cuesta 3.000 euros. El contraste es terrible… Esto dice mucho de lo que estamos viviendo

--Obliga a preguntarse quién se enriquece.

--Esta es una gran pregunta y un tema sobre el que hay que indagar

La superba Ila Leonard Pfeijffer

--El precio de esos cruceros es la evidencia del turismo low cost que hemos abrazado de forma entusiasta, pero ninguno de nosotros quiere ser un turista. 

--Cuando comienzas a estudiar la historia del turismo descubres que la invención de los vuelos low cost supuso un campo radical. Es algo muy reciente, pero que ha tenido consecuencias inmediatas. Me acuerdo de cuando tenía dieciocho años y, para viajar a Grecia, tenía que ahorrar mucho tiempo para poderme comprar un billete de avión. Viajar era un lujo. Ahora puedes comprarte un billete por 19 euros. Y no solo han cambiado los precios, sino nuestra percepción acerca de lo que significa viajar. Dejando de lado la epidemia, podemos decir que ir de vacaciones tres o cuatro veces al año es bastante habitual. Y estoy hablando de Occidente, pero no hay que olvidar que por primera vez en la historia encontramos en China una clase media que, por fin, puede permitirse viajar. Esto multiplica exponencialmente el número de turistas. 

--¿No ha cambiado también nuestra relación con el concepto de experiencia? ¿Viajamos en busca de experiencias que contar? 

--Cabría preguntarse qué buscan exactamente estos turistas. No es tan fácil encontrar una respuesta porque, si lo piensas bien, no es agradable hacer una cola de tres o más horas para entrar en el Louvre y, una vez dentro, ver La Gioconda en una sala con miles de personas. No es una experiencia agradable y, sin embargo, es una experiencia que se quiere tener. ¿Por qué? En mi opinión tiene que ver con lo que Walter Benjamin llama “el aura del obra”. No se trata de observar el cuadro, puesto que si estás verdaderamente interesado en la pintura de Leonardo Da Vinci es mejor quedarse en casa y consultar un libro. En el museo no ves con detenimiento el cuadro,pero puedes estar cerca del aura del original y apropiarte de ella haciéndote un selfie. Para mí, el turismo se ha reducido a esto. Y luego está lo que comentabas: los turistas son siempre los otros…

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--No cabe duda.

--Claro, porque los turistas molestan y nosotros, no. Lo que buscan es una experiencia única de autenticidad. Por eso los otros turistas molestan: la experiencia ya no es tan única ni gozable. Es una gran paradoja si tenemos en cuenta que la autenticidad, en muchas ocasiones, es una ficción. Los italianos en esto son muy buenos: crean esas experiencias auténticas que buscan en el Norte. Como holandés te puedo decir que los buscamos las imágenes cliché, y esto es lo que les ofrece Roma a los turistas: manteles a cuadritos rojos y blancos, botellas de Chianti colgadas en el techo… Falsa autenticidad. 

--Algunos construyen esa falsa autenticidad y otros, como Venecia, pierden lo más auténtico que tienen: sus habitantes

--Venecia es el ejemplo más extremo del poder destructor del turismo. Ya no es una ciudad. Cuando los venecianos se manifestaron colgando un enorme cartel en el que se leía Venecia es una ciudad de verdad, se puso aún más en evidencia que, en realidad, ya no lo era. Ninguna ciudad necesita recordar que lo es y, sin embargo, Venecia sí, porque ya no lo es. Ya no hay venecianos. Los residentes cada vez son menos. Esto es culpa de turismo, pero también el resultado de una política concreta promovida por el propio Ayuntamiento, que quiere echar a los residentes. Les molestan.

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--¿Quieren convertirla en una ciudad-museo?

--Efectivamente. Sin residentes se puede valorizar todo el pasado que la ciudad contiene y ofrecerlo a los turistas. Por ya no existe Venecia, sino una gran aérea metropolitana, que incluye también Mestre y otras localidades. ¿Qué implica esta reorganización administrativa? Pues que los 10.000 votos de los residentes del centro histórico de Venecia ya no cuentan a la hora de elegir al alcalde. Sus votos no son nada comparados con los de los habitantes de Mestre, ciudad a la que le interesa sacar provecho del atractivo turístico de Venecia. 

--Este parece haber sido, trágicamente, el destino de Venecia.

--Siempre ha sido una ciudad turística. Personajes como Thomas Mann, Mahler o Brodsky llegaban a Venecia como turistas y los turistas de hoy siguen sus pasos: son muchos los que van al pub al iba Hemingway. Es el turismo al cuadrado.