Yuste: el sistema nervioso y el Derecho
Manual para proteger la integridad mental y los datos neuronales de los ciudadanos
El neurobiólogo Rafael Yuste, catedrático en la Universidad Columbia, y Stephanie Golob, catedrática de Ciencias Políticas, postulan que los datos cerebrales sean objeto de protección jurídica, una iniciativa que prospera en Chile y en algunos estados Norteamericanos
Nacido y criado en el barrio madrileño de Argüelles, Rafael Yuste es hijo de un abogado y una farmacéutica. En su nuevo libro Neuroderechos (Paidós) evoca que al cumplir los 14 años de edad su madre le regaló Los cazadores de microbios, libro del microbiólogo Paul de Kruif, publicado hace justo ahora un siglo. Y que cuando hizo los 18 años, su padre le regaló Los tónicos de la voluntad: reglas y consejos sobre la investigación científica, de Santiago Ramón y Cajal; conserva ambos ejemplares en su domicilio de Nueva York. Cuenta, asimismo, que tiene por costumbre regalar a sus estudiantes recién doctorados la obra de Ramón y Cajal La histología del sistema nervioso del hombre y los vertebrados, dos tomos en inglés; un libro inspirador para él.
Al acabar en Madrid sus estudios de Medicina (y especializarse en Anatomía Patológica), solicitó ir a Cambridge para hacer su tesis doctoral. El biólogo surafricano Sydney Brenner (futuro premio Nobel por sus estudios del gusano C. elegans, decisivos para el desarrollo de la genética molecular), aceptó su incorporación. Yuste ha contado que Brenner no sólo es la persona más inteligente y genial que ha conocido, sino quizá la que más le ha marcado personalmente. Llegó un momento en que, tras pedirle consejo, Brenner le recomendó irse de Inglaterra; era la época en que Margaret Thatcher había impuesto severos recortes en educación y ciencia.
Sydney Brenner
Rafael Yuste emprendió entonces rumbo a Nueva York, donde trabajó felizmente en la Universidad Rockefeller con Larry Katz (quien como buen científico era “escrupuloso con cualquier resultado”). A diferencia de Inglaterra –ha explicado-, allí nadie le preguntaba por su acento, “también porque Nueva York recibe a gente de todo el mundo y cada persona tiene un acento distinto”; algo que, ciertamente, ayuda a sentirse en casa (cómodo y a gusto).
El cerebro es el órgano que genera la mente humana, donde hay, dijo Ramón y Cajal, selvas impenetrables en las que muchos científicos se pierden. La mente no está en el cerebro, como el movimiento no está en la rueda. Se repite con rotundidad que somos nuestro cerebro. No lo tengo nada claro. Pienso que no somos sin nuestro cerebro; tampoco sin tener corazón o un riñón…
Las propiedades emergentes son propiedades de un sistema que no están en ninguna de sus partes o componentes. Por ejemplo, la imagen que vemos en una pantalla no está en ninguno de sus píxeles (los elementos más pequeños de una imagen reproducida digitalmente). Asimismo, la solidez de una mesa de madera no se explica por las propiedades de los átomos que componen su madera, sino por el modo como ellos se relacionan entre sí.
El cerebro, una masa compuesta por unos 85.000 millones de células nerviosas interconectadas en una maraña indescifrable, “es una máquina que está siempre encendida”; aún durante el sueño. Es también una máquina de vaticinio que genera “un modelo del mundo en nuestra mente, que es la realidad en que vivimos (o en la que creemos vivir), y seleccionar el comportamiento más efectivo para los objetivos que podamos tener”.Investigar a fondo el cerebro con la idea de que llegue un día en que se pueda prevenir, tratar y curar trastornos y enfermedades como el Alzheimer o el Parkinson.
Rafael Yuste
De pasada, Yuste conjetura que el autismo puede ser el reflejo de una hiperconexión de conjuntos neuronales. En aquel período, planteó el uso de indicadores de calcio para monitorear la actividad de las poblaciones neuronales; método en el que fueron pioneros, al igual que propuso la optogenética holográfica: “Activar las neuronas de la corteza cerebral con luz, como si estuviésemos tocando el piano con el cerebro”.
Yuste dedicó cuatro años a trabajar en Bell Labs, rodeado de físicos. Absorbiendo su manera de pensar, dice que pasó a ser un biofísico de redes neuronales. Recuerda con entusiasmo, las animadas conversaciones durante el almuerzo de su grupo, discutiendo sin cesar teorías y modelos de cómo funciona el cerebro. Hace treinta años, en 1996, recaló en la Universidad de Columbia (Nueva York), con once premios Nobel, donde llegó a catedrático y dirige su Centro de Neurotecnología. Allí dieron en estudiar la Hydra vulgaris (un pequeño pólipo de agua dulce con uno de los sistemas nerviosos más simples del planeta) y comprobaron que era una red neuronal.
Ya hemos visto en un artículo anterior, que Yuste es el promotor de BRAIN, un proyecto sustentado por Obama, que se engendró en 2011, en un encuentro científico desarrollado en Buckinghamshire, a unos 50 kilómetros de Londres. En aquellas reuniones, logró un reducido pero suficiente apoyo a su propuesta sobre un mapa de actividad cerebral. El proyecto BRAIN empezó su andadura cuatro años después, en 2015.
Es indudable que, a menudo y al efectuarse, los avances científicos fuerzan a disponer de un marco legal que combata los abusos que lleguen a propiciar. En especial, importa contar con el Derecho para proteger nuestra actividad cerebral y nuestros datos neuronales. Yuste hizo así converger sus investigaciones del sistema nervioso con los derechos humanos. Fue la catedrática de Ciencias Políticas Stephanie Golob, casada con Rafael Yuste, quien acuñó el término neuroderechos para plantear la protección por ley de los datos neuronales de los ciudadanos, y evitar vacíos jurídicos.
Se trata de anticiparse a diversos problemas referentes a cinco áreas, como son el de guardar la privacidad mental (ante la posibilidad de descifrar el subconsciente); proteger la identidad personal, con la conexión a las redes digitales; preservar la capacidad de tomar decisiones de forma libre y autónoma; procurar un acceso equitativo en las aplicaciones de la neurotecnología (en la posibilidad de potenciar las facultades mentales y cognitivas); la protección contra los sesgos y las discriminaciones, contra los estigmas que esta tecnología permite introducir inopinadamente.
'Neuroderechos'
Para toda esta labor se requiere el apoyo decidido de las instituciones nacionales e internacionales, como la ONU. En particular, Yuste llegó a hacer diez viajes a Chile en poco más de dos años para entrevistarse con el senador Guido Girardi y el presidente de la República Sebastián Piñera, especialmente receptivos. De este modo, Chile ha sido el primer país del mundo en proteger estos derechos de sus ciudadanos, relacionados con la tecnología. Aquellos esfuerzos culminaron años después, el 14 de octubre de 2021 con una votación unánime del Senado del país andino para modificar su Constitución, incluyendo derechos digitales y la protección de la integridad mental.
El Estado brasileño de Río Grande ha seguido esta línea, así como los estados de California, Colorado y Montana, en Estados Unidos. Esta oleada de conciencia de libertad e igualdad avanza. Yuste detalla sus progresos en distintos países hispanoamericanos y habla de sus entrevistas con Díaz Ayuso y Pedro Sánchez, amables y esperanzadoras. La Unión Europea también aguarda el gran acuerdo en esta dirección preventiva. Hipócrates dio nombre a un juramento que procura el respeto y responsabilidad de los médicos hacia los pacientes. Ahora, 26 siglos después, se persigue un símbolo de respeto y responsabilidad de la esfera tecnológica hacia los ciudadanos en general.