El escritor norteamericano Philip Roth / EFE

El escritor norteamericano Philip Roth / EFE

Letras

El biógrafo ajusticiado

El movimiento Me Too se ha echado encima de Blake Bailey, el biógrafo de Philip Roth, con el peligro de que se convierta en una caza de brujas

28 abril, 2021 00:00

El norteamericano Blake Bailey (Oklahoma City, 1963) es un biógrafo admirable. Lo pude comprobar hace unos años cuando me tocó traducir el voluminoso libro que le dedicó a John Cheever y que en España publicó la editorial Duomo. Yo venía de traducir la excelente biografía de V.S. Naipaul a cargo del británico Patrick French, también para Duomo, y creía que era imposible ser más exhaustivo sobre un autor y su época, como demostraban los mil folios de ordenador que llené pasando el texto al castellano, pero Bailey (1.500 folios en mi portátil) me demostró que andaba errado. Cuando acabé con la biografía de Cheever, no solo lo sabía todo sobre el interesante alcohólico y homosexual de armario que escribió El nadador, sino que, por el mismo precio, me había hecho una buena idea acerca de la realidad literaria, política y sociológica de los Estados Unidos durante el siglo XX. Bailey había dedicado varios años de su vida al personaje y se notaba: después de su libro sobre Cheever, era imposible que nadie más se atreviera a emprender una labor semejante.

El señor Bailey ha seguido en sus trece y se las prometía muy felices con su recién publicada biografía del novelista Philip Roth, un éxito de público y de crítica hasta que el movimiento Me Too se le vino encima con toda su fuerza y todo su ánimo de justicia (¿o venganza?). Unas antiguas alumnas le acusaron, repentinamente, de haberse propasado con ellas cuando les daba clases en una universidad de Nueva Orleans tiempo ha. Al mismo tiempo, una mujer le acusaba de haberla violado en 2015. Bailey lo niega todo, pero no le ha servido de nada, pues de la noche a la mañana se ha convertido en un apestado: su agente le ha retirado sus servicios, la editorial ha suspendido la distribución y la promoción de la biografía de Roth y nadie ha salido en su defensa. Ha bastado con unas acusaciones de haber sido un sobón y de haber violado a alguien que recupera la memoria seis años después de los supuestos hechos para que a nuestro hombre no le dirija la palabra ni su tía. Para colmo, se le acusa de mostrarse excesivamente comprensivo con el rijoso señor Roth, que ya gozaba en vida de cierta fama de tener las manos demasiado largas --Nicole Kidman y Penélope Cruz manifestaron en su momento cierta incomodidad durante las cenas que les tocó compartir con él a raíz de las adaptaciones cinematográficas de, respectivamente, La mancha humana y El animal moribundo, dirigida ésta por Isabel Coixet bajo el título de Elegy-- y de estar obsesionado por las relaciones sexuales de hombres mayores con mujeres jóvenes (tiene varios libros que van precisamente de eso). Bailey se defiende diciendo que le tenía cariño a Roth, pero eso solo le ha servido para que lo metan en el mismo saco que al autor de American Pastoral, quedando como un sobón que admiraba y apreciaba a otros sobones más famosos que él.

Una solución de compromiso

Evidentemente, yo no sé si las acusaciones de las alumnas están justificadas y si realmente nuestro hombre violó a alguien hace seis años, pero, en cualquier caso, eso son asuntos que dirimir ante la justicia que nada deberían tener que ver con el destino de lo que parece otra biografía ejemplar destinada a pagar los platos rotos. Pongámonos en lo peor y admitamos que Blake Bailey es un ser despreciable. ¿Le quitaría eso algún valor a su libro? Yo diría que no. Otrosí: si en vez de tratarse de un biógrafo reputado, nos las tuviéramos con un autor novel o desconocido, ¿habrían recuperado súbitamente la memoria la mujer violada y las ex alumnas de Nueva Orleans? Tengo mis dudas.

No voy a negar ahora la relevancia del movimiento Me Too. Aunque solo sirviera para poner en su sitio a un déspota sexual como Harvey Weinstein, la cosa ya habría valido la pena. Los problemas del Me Too aparecen cuando se multiplican las acusaciones, generalmente no probadas, a cualquiera que destaca en su campo creativo. Tras haberme tragado la monumental biografía de Cheever, estoy convencido de que la de Roth tiene que ser buenísima, aunque Bailey se olvidara de destacar que el homenajeado tenía un punto machista y faldero muy criticable. Las acusaciones al biógrafo van a conseguir, de momento, que quienes no se dieron prisa en comprarla se queden sin leerla. Y, a medio plazo, que las siguientes obras del señor Bailey, por interesantes que sean, no encuentren editor. ¿Tan difícil sería llegar a una solución de compromiso? Que las acusaciones sigan la vía judicial y que el libro se continúe distribuyendo sin problemas. Ni Roth ni Bailey, por otra parte, son los primeros hombres en la historia a los que se les ha ido la mano hacia donde no debían en alguna ocasión. Tengo la impresión de que su talento y su prestigio les hace especialmente vulnerables a todo tipo de acusaciones retrospectivas cuyas fuentes habrá que ver hasta qué punto son fiables. El Me Too no puede convertirse en una caza de brujas. Por su propio bien. Y sus partidarias, por otra parte, deberían tener presente la presencia de la enemiga interior: aún nos acordamos de que Asia Argento estuvo saliendo tres meses con Weinstein cuando ya habían tenido lugar las supuestas violaciones.

Como nos descuidemos, cualquiera al que le vayan las cosas bien en lo suyo acabará viendo cómo pende sobre su cogote una espada de Damocles. Yo estoy convencido de que, en el improbable caso de que me dieran el premio Planeta, saldría una señora de mi edad a decir que una noche de 1982, en la barra del bar Zigzag, completamente cocido, le acaricié las nalgas, le metí la lengua en la oreja y le hice proposiciones deshonestas. ¡Y estaría en lo cierto, aunque yo no viera relación alguna entre mi libido etílica juvenil y el premio que me habría caído!