'Sermón en el campo', Eugenio Lucas / MUSEO DEL PRADO

'Sermón en el campo', Eugenio Lucas / MUSEO DEL PRADO

Letras

El ejercicio (sublime) del embuste

El mentiroso crea una especie de conciencia en aquellos a quienes engaña, de algún modo los hace partícipes de su falsedad, los posee y los menosprecia

3 septiembre, 2020 00:10

A saber si es verdad eso de que la mentira tiene las patas cortas o que antes se atrapa a un mentiroso que a un cojo, con perdón sea dicho de los políticamente correctos. Hay quien sobrevive de patraña en patraña y se va a la tumba cosido con su farsa, sosteniéndola, como el Cid, después de muerto. Pero sea con piernas cortas o con cojera, lo cierto es que el embuste envuelve al mentiroso y al crédulo en una misma red. Un ejemplo extraordinario de ese vínculo es la fabulosa historia del padre Francisco Méndez, que el 1 de julio de 1616 anunció públicamente que el Señor le había revelado que habría de morir el día 20 de ese mismo mes. Conocemos la historia gracias a una pequeña crónica casi periodística que nos ha llegado en forma de siete cartas firmadas por Juan de la Sal, obispo de Bona, que fue dando noticia de los sucesos con un deje risueño y descreído, que casi podría calificarse de volteriano.

La proclama del padre Méndez tuvo lugar en una Sevilla, como la del Siglo de Oro, inclinada al prodigio y predispuesta a creer: “Está Sevilla llena de profecía”, apuntaba el plumilla. La voz se corrió por toda la ciudad, las misas del clérigo andaban rebosantes de devotos y curiosos al acecho del milagro. Subía al púlpito y las gentes escuchaban extasiadas. No sabemos si el padre creía en sus propios cuentos o si todo lo hizo por ganar estimación, por estar en el palmito, simplemente por ocupar la silla y el poder que conlleva. Algo de esto último había de haber, pues, según sus contemporáneos, se fingía santo y había escrito un libro haciendo relación de sus milagros, pues su intención era que lo canonizaran a la vuelta de la esquina.

Extravagantes opúsculos amenos y curiososEl padre Méndez enredó por igual a ricos y a pobres, a clérigos y laicos, a hombres y mujeres, que creyeron a pies juntillas en sus bulos, en sus fake news, que dirían los más apañados. Un fraile amigo aseguraba que lo había visto levitando; el licenciado Castillo, médico y devoto, se adelantó a escribir con puntualidad la biografía del santo; las damas le requerían; los inocentes loaban su virtud y él hubo de gozar en vida de su beatífica peana. A buen seguro que aquellos que pusieron en duda la verdad de la revelación fueron tachados de descreídos y sectarios, de herejes, de atentar contra la verdad.

El padre Méndez enredó por igual a ricos y a pobres, a clérigos y laicos, a hombres y mujeres, que creyeron a pies juntillas en sus

A tal punto llegó la cosa que, según cuenta don Juan, un grupo de atildados caballeros se repartieron los calzones del padre como si fueran una reliquia. Al parecer, a uno de ellos le tocó el bajo de la prenda, que estaba embalsamado y que no olía precisamente a flores. El gentilhombre, persiguiendo a los demás, intentaba cambiar aquella sagrada joya y repetía: “Señores, denme reliquia de mejor parte”.

Llegó el día 19 de julio y Méndez dijo una misa de veinticuatro horas con la que disponerse para el tránsito. Nuestro cínico obispo deja caer al paso: “El verdadero milagro no hubiera sido el morirse cumpliendo su profecía, sino el no haberse muerto haciendo lo que hizo”. Llegó el día 20, y llegó la hora. La última carta tiene fecha de 21 de julio de 1616. El padre Méndez, claro está, seguía vivo, pero había arrastrado consigo la buena fe de muchísima gente, porque el mentiroso crea una conciencia en aquellos a quienes engaña, de algún modo los hace partícipes de su mentira, los posee y los menosprecia. Desconocemos la identidad de aquel caballero de los santos gayumbos, pero no cabe duda de que quedó para la posteridad como un idiota de tomo y lomo.

Pedro Berruguete, Auto de fe, Museo del PradoEse es el papel que la historia reserva a los que comulgan con mentiras. El destino del mentiroso es peor. Es posible que disfrute de la gloria, que alcance incluso a gozar de la santidad en vida, que se arrobe con el aplauso de sus devotos y correligionarios. Pero solo por un tiempo, porque --incluso en estos tiempos nuestros de la verdad torcida por las redes sociales-- la mentira no dura para siempre ni flota, como el aceite, sobre el agua. 

Ese es el papel que la historia reserva a los que comulgan con mentiras. El destino del mentiroso es peor. Es posible que disfrute de la

A todo cerdo le llega su San Martín. El padre Méndez lo tuvo en un juicio público que la Inquisición celebró en Sevilla en 1624. Bien es verdad que para entonces estaba ya muerto y solo le pudieron condenar en efigie, en forma de monigote. Pero su ejemplo nos sirve todavía para recordar el destino fatal del timador, por más que parezca alcanzar la cumbre de su buena fortuna, y a nosotros para que procuremos evitar la condición de idiotas felices y embaucados, que aceptan como verdad lo que a todas luces es trola.