El músico Antonio Bartrina / YOLANDA CARDO

El músico Antonio Bartrina / YOLANDA CARDO

Letras

Antonio Bartrina: "En la Movida hubo tanta libertad porque nadie sabía cómo sacarle beneficio"

El músico, cabeza visible de ‘Malevaje’, el grupo madrileño que en los años ochenta volvió a poner de moda el tango, reflexiona sobre los cambios en la industria musical

25 mayo, 2020 00:10

Como un cabo suelto en la simbología cultural de la Movida, el grupo de tango Malevaje tomó las calles de Madrid para inmortalizar, con nuevos ritmos y sonidos, temas clásicos de tango cuyo embrujo había traspasado fronteras. En El Salero, un bar enclavado entre Malasaña y Gran Vía, que antes fue bodega y tablao flamenco, Antonio Bartrina (Madrid, 1957) tomó de Gardel, Roberto Goyeneche y Edmundo Rivero la inspiración necesaria para entonar canciones con sabor lunfardo acompañado de su guitarra. El 13 de febrero de 1984 Malevaje ofreció su primera actuación y, a partir de ese momento, se convirtió en referente de este género en una época musical nocturna y trufada de múltiples referencias artísticas. Más de treinta años después, el grupo, con Bartrina como alma mater, Fernando Giardini al bandoneón y a la guitarra y Fernando Gilabert al contrabajo, continúa innovando sobre los escenarios mientras el compositor rememora aquellos años en los que los bares eran auténticos centros culturales y las exposiciones, el teatro y los conciertos llenaban los garitos. Malevaje estaba ahí, modernizando los viejos tangos y milongas en medio de la vorágine de la Movida. Y es que, como canta Bartrina en A mi modo y con mi acento, “de la Boca a Lavapiés hay un momento (…) por qué no hacer aquí tango si en Japón se hace flamenco”.

–Nació en Malasaña. ¿Fue un presagio de todo lo que vendría después? 

–Sí, nací en Malasaña, en la calle de La Palma, aunque en esa época el barrio se llamaba Maravillas. Era un barrio castizo de Madrid que tenía muchas tiendas y donde se hacía la vida en la calle. Recuerdo que de chaval íbamos a comprar la leche a una vaquería que había en la calle San Andrés. Luego, todo cambió y, afortunadamente, también lo hizo el régimen. Lo importante de aquello es que, de pronto, se abrió el portón de la libertad y todo el mundo podía hacer de todo.

–Se crió escuchando tangos, ¿era fácil escucharlos en España?

–Me crié escuchando música. A mi familia le gustaba mucho. Mi padre era ingeniero electrónico y en casa había muchos aparatos, una radiogramola y muchos discos, claro. Se escuchaban no sólo tangos, también zarzuelas, música clásica, flamenco pero, sobre todo, tangos. Desde pequeño estuve escuchando este tipo de música. Respecto al tango, a mi abuelo le gustaba bastante y cuando me llevaba de paseo iba cantando tangos a su aire. Al final me acabé aprendiendo los más clásicos: lo que más llegaba era Gardel, Hugo del Carril o Carlos Acuña, que vivió en Madrid y luego se hizo amigo de mi padre. Me sabía la letra pero no lo que decían. Empecé a entenderlos con 16 ó 17 años y ahí es cuando ya me quedé prendado del tango. Eran cosas muy duras. Cuando tenía esa edad se escuchaban mucho a The Beatles y en España estaban Miguel Ríos, Los Brincos, Los Sírex, un montón de conjuntos, pero las letras no tenían nada que ver. A los Beatles no les entendíamos. Lo de los tangos para mí fue como un hachazo en la cabeza. 

Antonio Bartrina / YOLANDA CARDO

–Empezó con Malevaje en plena Movida ¿Qué le llevó a decantarse por el tango en unos años en los que lo que estaba de moda era la llamada Nueva Ola?

–En aquella época yo era ya más mayor, debía de tener veinticinco años, acababa de terminar el Ejército, me había casado con una francesa, me había ido a vivir a París, había vuelto, vine a vivir a Usera, me separé y para entonces ya estaríamos en 1982. Yo cantaba tangos, aunque en realidad era fotógrafo y había trabajado en varias agencias de prensa. Aprendí a hacer fotos en un laboratorio de Carabanchel Alto, antes de la mili. Ahí revelábamos fotos para hoteles y convenciones y fotomurales, que se revelaban en unas cubetas que teníamos que enrollarlos y desenrollarlos. Si te parabas, se quedaba la marca del revelador. Nos juntábamos allí toda la pandilla de amigos: el saxofonista Ulises Montero, los de Gabinete Caligari o Los Coyotes, sobre todo Fernandito [el guitarrista Fernando Gilabert]. Nos reuníamos y cantábamos. Un amigo abrió un bar, El Salero, que era una maravilla: había una cueva y hacíamos conciertos todas las noches. Siempre había gente. Un día me dijo: “Antonio, ¿por qué no cantas aquí?”. Y dije: “Bueno, vamos a ver”. 

–¿Cómo encajó su elección por el tango? 

–Hablé con mis amigos músicos. En aquella época no había música de tangos. En algún restaurante había algún pianista que los tocaba, como Lucho Pastore en El Cambalache, en la calle San Marcos, adonde iba mucho a cenar y a escuchar tangos. Valentino presentaba a Pastore, que era un hombre ya muy mayor. Me hice amigo de los dos y me invitaron a que fuese a cantar junto al pianista, que debía de tener 80 años. Me enseñó un montón de cosas sobre cómo interpretar, modular y estar delante del público. Cuando fui a cantar al Salero ya tenía un poco de idea. Llamé a gente, como Edi Clavo, de Gabinete, a Fernandito y a Ramón Godes, también de Los Coyotes, y les propuse que me acompañaran. Éramos jóvenes y muy lanzados. Me dijeron que sí. 

–¿Sin ensayar?

–Ensayamos quince o veinte tangos como ellos decidieron. Nuestros primeros discos suenan un poco a rock, raros. La cosa tuvo éxito. En aquella época todo el mundo estaba abierto a todo. A la gente que entonces marcaba la senda les gustó. Edi ya estaba con Gabinete en Dro, y les dijo a los de la compañía que se pasaran por El Salero y nos escucharan. Nos propusieron grabar un disco. Y funcionó. Hicieron una tirada pequeña, mil o dos mil discos, y se vendieron inmediatamente. Tuvieron que hacer otra tirada y nos propusieron firmar un contrato por tres años. Un follón. Grabamos tres discos.

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–¿Qué aportaron al tango que tanto gustó en la gente?

–Si los escuchas atentamente ves que te están contando tu vida. Los tangos clásicos cuentan cosas que son eternas: amor, desamor, cuestiones sociales. Como Cambalache, el tango de Discépolo, que es de los años treinta y todavía está de actualidad. Seguimos siendo igual de gañanes, malos y chulos. Creo fue eso. También nos favoreció el sonido. No era un sonido al que la gente estuviera acostumbrada. Los tangos de Gardel son grabaciones de los años veinte y treinta, cuyo sonido es muy malo. Lo que hicimos no tenía nada que ver con la música de ese momento. En realidad fue sin querer: acercamos el tango a la gente joven. Cambiamos algunas letras escritas en lunfardo para que se entendieran aquí. A la gente le gustó el mensaje.

–¿Cuándo empezaron a escribir tangos propios?

–En aquella época tocábamos clásicos porque no teníamos la idea de seguir con esto. Pensábamos en grabar un disco y ya está. Pero cuando nos propusieron grabar más empezamos a pensar. Con el segundo disco, Margot, conocimos a Osvaldo Larrea. Estábamos en el estudio de Félix Arribas, el baterista de Los Pekenikes, por Pacífico. Conocimos a un cantautor argentino que había venido a Madrid y cantaba en algunos restaurantes. Nos hicimos amigos y él nos llevó al estudio a Osvaldo, que estaba de vacaciones por Europa. Se quedó flipado: “¿Chavales jóvenes haciendo tangos?” En Argentina, entonces, no querían tangos ni en guasa. Larrea vino al estudio y se quedó alucinado con nuestra música, que debía de ser un desastre. Le invitamos a tocar un par de temas con el bandoneón. Aceptó. Tocamos Margot y Aquella cantina de la rivera. Ramón Godes tocó el piano, yo canté. Osvaldo escribió un pentagrama en un cartón y lo grabó en sólo media hora. Era uno de los grandes. Volvió a Argentina y le propusimos que se viniera a España cuando empezaron a salirnos galas y conciertos por España, Francia o Suiza. No hubo que repetírselo dos veces. 

–¿Cómo fue su regreso?

–Estuvo siete u ocho años colaborando con nosotros, escribiendo música y enseñándonos. Y ahí es cuando nuestros tangos empezaron a sonar como debían. Larrea era un tipo muy sabio. La personalidad de Malevaje era la de siempre, pero estábamos haciendo las cosas bien. Empezamos a hacer temas propios. Osvaldo decía: “¿Por qué no escribís algo, Antoñito?”. Así salió Arriba los corazones, el tercer disco. A partir de entonces, la cosa ya se lió en serio.

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–Los bares en aquellos años eran auténticos centros culturales.

–En aquella época era así. En los bares había exposiciones, magia, teatro, performances y conciertos. Podías pasar días de bar en bar. Si lo haces ahora, acabas mamao, pero entonces terminabas culturizándote porque, de repente había una exposición de Ceesepe en un bar, un concierto de Radio Futura en otro…etc. Y estabas toda la noche de ruta cultural. Como era famosillo, me propusieron hacer de disyóquei. Cuatro o cinco días a la semana trabajaba en bares poniendo música. Era el paraíso. Ibas a cualquier bar y no te cobraban. 

–¿El tango sigue interesando?

–Sí. De hecho, está ahora en un momento extraordinario. Hay mucha gente argentina que vive en España y que sigue haciendo tangos. En Jaén están Los Arrabaleros, que hacen tango a su manera, con pinceladas de rock y flamenco. Tengo un amigo en Segovia, Álvaro Hache, bastante bueno. En Argentina los jóvenes aprenden a tocar el bandoneón. El tango está en un momento muy bueno porque ha evolucionado. Gardel se ha convertido en objeto de estudio. Es una maravilla. Todos los caminos conducen a él, pero el tango está adaptándose a los nuevos tiempos y a otras generaciones. Gotan Project tuvo mucho éxito y también está Daniel Melingo, un cantante y clarinetista que estuvo viviendo muchos años aquí y tenía un grupo, Lions in Love, con Willi Crook, un bestia de la música. Melingo hace tangos a raíz de un viaje que yo hice allí. Me hizo una entrevista y de hacer rock y pop se metió en el tango. Lo hace a su manera. 

–Malevaje continúa actuando. ¿Cómo es su público hoy?

–En verano hacemos pocas cosas fuera porque ya no tengo edad para meterme en la carretera para ir de un lado a otro. Ya no quiero hacerlo. Existe un público nuevo pero también está el viejo, que no falla. En octubre presentamos en el Círculo de Bellas Artes nuestro último trabajo y la gira Vino Amargo. Como somos viejos hacemos lo que nos da la gana. Ahora grabamos boleros, rancheras, canción francesa o baladas.

Antonio Bartrina / YOLANDA CARDO

–La Movida fue una explosión de creatividad en numerosas vertientes artísticas, ¿Sigue vivo ese espíritu?

–No. En realidad la Movida no tenía un espíritu concreto. Cada uno hacía lo que se le ocurría. No creo que fuese un movimiento como el impresionismo. Había una mezcla increíble de gente. Por ejemplo, estaba Ágatha Ruiz de la Prada por un lado, Fernandito en Cuatro Caminos y yo, que me he criado en Carabanchel Alto. Aunque había peleíllas cuando alguien bebía una copa de más, en general nos llevábamos todos bien. En mis conciertos había punkies, rockeros, heavies. Y estaban todos juntos, conversaban, se tomaban una cerveza y nadie se pegaba con nadie.

–Dice Alberto García-Alix que la Movida continúa siendo molesta, especialmente para quienes no la vivieron, quizás por envidia.

–A mí lo de la Movida me parece un simple nombre, lo que pasa es que luego todo el mundo ha querido chupar de ese bote. Esperanza Aguirre se apropió de esa época mientras los del PSOE, en su día, estaban como estatuas. Aquello fue realmente un movimiento de la gente, donde nadie metió la mano. Los ayuntamientos te pagaban lo que pedías. La gente iba gratis a los conciertos,. Cuando había que pagar, no lo hacían. Los músicos tocaban porque les gustaba la música. Ahora los que quieren hacer música están pensando en la viruta, en el dinero. En la Movida hubo tanta libertad porque nadie sabía cómo manejarla o sacarle beneficio. Ahora ya lo saben. Mira lo que se promociona ahora: Operación Triunfo, La Voz…etc. A esos chavales les hacen cantar todo igual. Es alucinante cómo se ha domesticado la cultura y el giro que ha dado el mundo. Te conducen a donde ellos quieren, en masa. 

–¿Sigues componiendo?

–Tengo un proyecto relacionado con el cabaret, aunque en este mundo empiezas con una idea en la cabeza y terminas haciendo otra que no tiene nada que ver.