La cantante de flamenco Rosalía, en una imagen promocional / SÓNAR 2018

La cantante de flamenco Rosalía, en una imagen promocional / SÓNAR 2018

Letras

El flamenco, pura revolución

El arte ‘jondo’ es el campo de batalla de una perpetua pugna ficticia entre la tradición y la renovación. El riesgo artístico, sin embargo, es una constante histórica entre sus creadores

23 septiembre, 2018 23:55

El flamenco es el resultado de una feliz bastardía de ritmos y voces que vienen del pueblo gitano y de algún otro lado. Que echó raíces en Andalucía. Que combustionó. Que encontró su sitio por intuición, muy a solas, quizá amargamente. Dicen que el primero en fijarlo en libro fue Cervantes en La Gitanilla, una de sus Novelas ejemplares, si bien aquella expedición tardaría aún tiempo en concretarse. Acaso hubo que esperar a Demófilo, el padre de los hermanos Machado, para llamar flamenco al flamenco. Y de ahí a los cafés cantantes y a los cilindros de cera que reproducían los primeros cantes grabados, antes de los discos de pizarra. Por entonces, el arte jondo ya había emergido como algo más que una música popular, más que una pureza de pueblo.

Larra estuvo entre los primeros en contar entusiasmos sobre esta fiesta oscura. Bécquer también le dio calor literario en la revista El museo universal. Y los viajeros románticos del siglo XIX le descubrieron destellos de novedad. La Generación del 98 lo miró con recelo, pero fue lugar de paso inevitable para Cansinos-Assens, Lorca y Picasso. De su pujanza hoy habla que en pocos patios artísticos esté tan vivo el debate entre tradición y revolución. Cuando, acaso, la clave reside en que el flamenco está cargado de porvenir de tanto pasado que arrastra. “Es una cuestión inútil: el flamenco nació ya como algo moderno, fuera de su tiempo. Es una vanguardia, definitivamente”, explica el escritor e historiador Antonio Zoido, director de la Bienal de Flamenco de Sevilla.

El Niño de Elche, durante un recital con su trabajo discográfico ‘Voces del extremo’.

El Niño de Elche, durante un recital con su trabajo discográfico ‘Voces del extremo’.

El Niño de Elche, durante un recital con su trabajo discográfico ‘Voces del extremo’

Siempre hubo en el flamenco artistas que se movieron con un destello de anomalía, de avería, de extrañeza, de asombro. Así es como suena ahora Tomás de Perrate. O Rosalía, quien se ha plantado en el centro de lo jondo desde un mundo aparte. O el Niño de Elche, con esas formas suyas tan agitadas que dan de sí frases de grueso calibre como ésta: “Nunca hubo una expresión artística más liberal y libertaria que el flamenco”. Por no decir del baile de Rocío Molina, tan sideral. Algunos de los aquí nombrados son de la hornada que ya creció en libertad, sin temerle a los tricornios ni conocer la miseria, pero todos deben responder a quienes vaticinan que el exceso de abundancia, las fórmulas académicas y el mercantilismo ahuyentarán al duende.

Esa tribu loca está hilvanada estos días en la Bienal de Sevilla, una cita excesiva pero todavía alumbradora que aspira a proponer no sólo que el flamenco vive, sino lo que ha sucedido y lo que está sucediendo en él. “El arte jondo está en manos de lo que quieran hacer de él sus artistas. No hay una línea definida entre lo que es y lo que no es flamenco. Esos nombres están hoy en el flamenco, pero no sabemos si mañana lo estarán”, señala Zoido, quien recuerda que hubo críticos que le negaban el refrendo a un indiscutible hoy como Enrique Morente. “Salvo en épocas muy oscuras como la dictadura de Franco, el flamenco siempre ha estado en primera línea”, recalca el responsable de la cita, que acaba de alcanzar las veinte ediciones.  

El cantaor utrerano Tomás de Perrate, con su espectáculo ‘Soleá sola’. BIENAL DE FLAMENCO

El cantaor utrerano Tomás de Perrate, con su espectáculo ‘Soleá sola’. BIENAL DE FLAMENCO

El cantaor utrerano Tomás de Perrate, con su espectáculo ‘Soleá sola’ / BIENAL DE FLAMENCO DE SEVILLA

A esta escuadra artística, por lo general, le une en sus propuestas un apetito de riesgo. A veces reinventando los atributos heredados. Otras, directamente, derribándolos. En el primero de los casilleros, por ejemplo, está Tomás de Perrate, un cantaor laboriosamente confeccionado entre la herencia recibida (Miguel Torre, Perrate de Utrera, El Lebrijano…) y lo que algunos como él le están sumando al flamenco más solvente. En el segundo encaja el Niño de Elche, quien aspira no a enriquecer lo jondo, sino a romperlo, conocedor de que este arte es una forma de estar pisando firme una tierra extraña. Así lo expresa en su última aventura discográfica, Antología del cante flamenco heterodoxo (Sony), donde igual da cabida a la mística de san Juan de la Cruz que al imaginario experimental de Val del Omar. 

Luego está Rosalía, quien despacha mucho de naturaleza explosiva. También de incógnita. Es un fenómeno inusual en el flamenco por varios motivos: su aterrizaje sin credenciales, su insólito despliegue sonoro, su arrollador fenómeno fan, tan inusual entre estas coordenadas. Dicen que ha sido tal la demanda de localidades que podría haber llenado dos o tres noches el teatro con más butacas de la Bienal de Sevilla, aunque está encajada en una cita única, en el recinto más pequeño. Ella tiene brumas de algo distinto. Es una creadora difícil de dilucidar y ahí está parte de su fuerza. De su tensión. No se parece a nadie, pero tiene ecos de muchos. Eso es el flamenco, que quizás sigue sobrado de futuro a causa del torrente de historia que acumula.