Detalle de la portada del libro 'La isla', de Jérôme Ferrari

Detalle de la portada del libro 'La isla', de Jérôme Ferrari

Letras

Crimen, turismo y necedad, según Ferrari

Córcega, pero las cosas que cuenta, los ambientes, los males que éste causa, dejando tras su marcha al final del veraneo “un campo en ruinas”, podrían pasar también en Mallorca, o si se quiere en Barcelona

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A menudo basta con leer el primer párrafo de una novela para tener una idea clara de si el autor es un verdadero escritor o no. El autor suele pensarse mucho el primer párrafo, sabe que es el umbral por donde entran los lectores en su propuesta de pasar un rato con él, en su mente. Si ese primer párrafo está despeinado, mejor dejarlo.

Ayer por la mañana recibí en casa La isla (Libros del Asteroide) del escritor francés de origen corso Jérôme Ferrari (París, 1968). Después de comer me senté a leer el primer párrafo, y ya seguí, como quien dice “sin poder parar”, leyendo un par de horas hasta acabarla. Pues ya desde las primeras líneas el autor muestra energía y convicción, sentido musical y control del fraseo. Ayuda también el hecho de que la traducción, de Pablo Martín Sánchez, sea excelente.

Ahí Ferrari nos cuenta que, a pesar de la profecía que recomendaba matar de inmediato a cualquier infiel que, con buenas o malas intenciones, cruzase la puerta de la ciudad santa de Harar (Etiopía), el 3 de enero de 1855 el sultán Ahmad ibn Abu Bakr dejó salir con vida al gran viajero inglés Richard Burton (1821-1890), famoso por sus descubrimientos y por su traducción de Las mil y una noches.

Se arrepintió el sultán de su propia clemencia demasiado tarde, cuando Burton ya había puesto tierra de por medio. Al cabo de veinte años la ciudad, ya violada por la visita del infiel, caería en manos de Egipto y a partir de ahí entraría en una larga historia de conflicto y decadencia. No aliviada, por cierto, por el hecho de que en ella se asentase, como comerciante y traficante de armas, el ex poeta Arthur Rimbaud.

Detestada tierra

De la anécdota histórica-mítica de Burton y el sultán, deduce Ferrari el siguiente axioma: “No hace falta ninguna profecía para saber que el primer viajero trae consigo incontables calamidades”.

Y desarrolla su idea en estos términos: “Siguiendo esta sencilla regla (la de matar siempre a ese entrometido), la humanidad se habría evitado, a cambio de un crimen minúsculo, una atroz e interminable retahíla de masacres, de epidemias, de tropelías y de mutilaciones, así como otras muchas abyecciones menores, entre las que cabe destacar las canciones coloniales, las misiones evangélicas, y, por supuesto, el turismo”.

Portada de 'La isla' de Jérôme Ferrari

Portada de 'La isla' de Jérôme Ferrari

Es del turismo, no del capitán Burton, de lo que quiere hablar Ferrari, de lo que su novela habla en términos tan exaltados en su aborrecimiento. La novela se centra en la isla de Córcega, de donde procede su familia, y a la que, tras los intervalos en París, en Argelia o en Abu Dabi, adonde le llevan sus estudios y luego su profesión de docente, regresa siempre, atraído fatalmente por el tirón irresistible de la detestada tierra madre o patria chica, degradada por el turismo.

Córcega, pero las cosas que cuenta, los ambientes, los males que éste causa, dejando tras su marcha al final del veraneo “un campo en ruinas”, podrían pasar también en Mallorca, o si se quiere en Barcelona.

Con la salvedad, acaso, de que los nuevos ricos gracias al turismo, en Mallorca y en Barcelona, están, según me parece, un poco menos inclinados a resolver sus diferencias a puñaladas, es decir, un poco más civilizados, que los corsos, pues en la isla natal de Napoleón perdura una tradición de culto a la violencia y cierta obsesión por el honor y su defensa a toda costa, valores que aquí causan casi risa.

Gente brutal y primitiva

Turismo, crimen y estupidez en la soberbia, están ligadas en la novela de Ferrari, centrada en el crimen que comete un primo suyo (da igual si real o ficcional), vástago de la familia Romani.

Los Romani son una familia de gente brutal y primitiva, que se salva de la miseria a la que les condenaba su gandulería gracias a que sus propiedades de terreno en la costa, sin valor alguno hasta los años sesenta del pasado siglo, se han convertido en una mina de oro. Oro que ellos no han aprovechado para cultivarse un poco –estudiando, leyendo, sacándose una carrera, o aprendiendo un oficio-- sino para seguir holgazaneando, viviendo como parásitos de la ola incesante de turistas y manteniendo la convicción de su superioridad innata, que se refleja en los nombres de pila con que bautizan a sus hijos: Alejandro, Filipo, César, Napoleón, etcétera.

El escritor francés de origen corso Jérôme Ferrari

El escritor francés de origen corso Jérôme Ferrari WIKIPEDIA

Uno de estos, el joven Alexandre, está al cargo de un restaurante, donde una noche cobra a unos clientes --compañeros de juegos de su infancia, corsos residentes en París que han vuelto a la isla de vacaciones--, un precio exorbitante por la botella de vino.

En represalia por ello, los turistas, que, como tales, no son mucho más inteligentes que Alexandre y tampoco imaginan cómo las gastan los Romani, regresan a la noche siguiente, cenan allí otra vez, pero en vez de pedir vino meten de matute su propia botella y van bebiendo de ella, riéndose por lo bajinis.

Este pequeño timo es una ofensa y una burla para Alexandre, y cuando se percata “no le queda más remedio” que buscar a los timadores por los repulsivos comederos y establecimientos de ocio del puerto, abarrotados de otros turistas, y blandir su gran navaja… para en seguida arrepentirse, no del daño causado, sino del castigo legal que le espera.

El narrador conoce a víctima y verdugo, hijos de sus amigos y parientes, pero siguió su propio camino, más cabal y más difícil. La isla es una diatriba feroz, indignada, deliberadamente exagerada en la estela de Louis Ferdinand Celine, contra el turismo, la pereza y la necedad universal, llevada con pulso seguro y entreverada de novela de formación; un exabrupto y un homenaje melancólico al lugar de los hechos y a los amores primeros.