El editor Constantino Bértolo
Constantino Bértolo: "Todos somos, y los editores no son una excepción, bastante menos libres de lo que imaginamos"
El ex director de los sellos Debate y Caballo de Troya reflexiona en El arte de rechazar manuscritos, un breviario acerca del oficio de la edición, sobre los escritores, las editoriales y los criterios de selección de los libros que se publican
Constantino Bértolo vuelve a la editorial Debate, de la que fue editor y director, con un breve e interesantísimo ensayo (especialmente para quienes nos dedicamos al mundo de los libros) de elocuente título: El arte de rechazar manuscritos. Conviene, sin embargo, no dejarse engañar: su libro no habla exactamente de las negativas editoriales, sino sobre el sistema de los actores que operan en el sector del libro. “Hoy el aprecio descansa sobre la venta. Lo que no se vende no existe”, apunta Bértolo, que hace énfasis en cómo la búsqueda de la rentabilidad inmediata ha impuesto que la única lógica imperante en el campo editorial sea la del mercado. Si bien no pretende hacer una reivindicación gremial, apela a la figura del editor como quien hace los libros -"los autores solo los escriben"-, legitima los textos -de ahí que la autopublicación, a su juicio, carezca de prestigio- y convive con dos deseos, no siempre fáciles de armonizar: “publicar buenos libros y obtener con su venta los beneficios necesarios para el mantenimiento de la empresa editorial”. Estos dos deseos, añade, “corresponden a dos almas: la literaria y la económica"
"El escritor", afirma usted, "escribe textos". "Los libros los hace el editor", añade. Empecemos por aquí: ¿su ensayo es una reivindicación de la figura del editor?
No, espero que no. Quizá se me haya escapado algún aire de reivindicación gremialista pero no ha sido esa mi intención. Los editores no dejamos de ser unos mediadores; la mayoría empleados del Capital, que es el que dispone, en primera y última instancia, de los recursos económicos necesarios para poder editar.
Constantino Bértolo
¿Hasta qué punto el criterio del editor y sus decisiones han quedado en parte neutralizadas por las exigencias empresariales y del mercado?
En una sociedad donde la lógica del beneficio a corto plazo impera todos somos bastante menos libres de lo que imaginamos. Los editores no son una excepción salvo que se sea rico y editar represente un lujo estético y elitista para él. La capacidad para decidir depende del nivel de esas exigencias económicas. En unos casos la correa de la rentabilidad exigida es más larga o flexible que en otros. En el mercado conviven distintas estrategias comerciales y el criterio de cada editor indudablemente tendrá que adaptarse a cada tipo de filosofía (Cuenta Corriente) empresarial. Se habla mucho de vocación pero editar no deja de ser una profesión, un empleo.
En Estados Unidos se diferencia entre editor y publisher, mientras que aquí ambas figuras se solapan. ¿Qué consecuencias tiene esto, sobre todo en el prestigio de la figura del editor?
Allí, el prestigio del publisher es mucho más fuerte que el del editor porque al publisher lo nombra la propiedad directamente y eso, por decirlo así, ennoblece su función. Aquí, sobre todo en los grandes grupos editoriales, ya empieza a suceder algo parecido. Hay distingos y jerarquías entre el director general, el director literario, el responsable de una colección, el simple editor y, más abajo todavía, el editor de mesa que, en muchos casos, es el que verdaderamente trata con los textos. Pero en general es el tipo de relación con la propiedad, directa o indirecta, y el nivel responsabilidad sobre la elección del catálogo, lo que influye en el prestigio. Y la remuneración. En las llamadas editoriales independientes todas o casi todas estas funciones recaen sobre el dueño.
'El arte de rechazar manuscritos'
En su ensayo habla de la desaparición de los comités editoriales, donde se discutían los manuscritos. ¿Es el síntoma de una pérdida de criterio o de nivel de exigencia?
Creo que su desaparición responde más a las transformaciones que se han producido en las últimas décadas dentro de que llamamos el campo literario. La vieja frontera entre la calidad literaria de una obra y la cantidad de ventas presumible se ha ido borrando. Aquellos comités de lectura donde se discutía sobre los valores literarios han sido sustituidos por los departamentos de Marketing, donde se evalúan los atractivos comerciales de las obras. Lo literario, en función del tipo de nicho de mercado al que cada editorial se dirija, sin duda sigue estando presente en algunos casos. Pero lo más relevante es que poco a poco es el mercado el que jerarquiza también los criterios literarios.
¿Lo que se busca es rentabilidad?
Sí, más allá de la rentabilidad no hay esperanza. Incluso el azar solo es reconocido como tal cuando el éxito comercial lo bendice: Irene Vallejo, David Uclés.
¿Se arriesga menos ahora que antes? ¿De qué manera esta búsqueda de la rentabilidad inmediata tiene consecuencias en la construcción de las carreras literarias?
Paradójicamente parecería que se arriesga más: cada año se publican más libros y hasta diría que últimamente se publican más libros de autoras o autores nuevos. En realidad, este hecho responde a cuestiones que poco tienen que ver con el riesgo: los costes de producción de los libros se han abaratado de manera significativa, los adelantos de derechos de autor –salvo excepciones– también han menguado y la estrategia de la mayoría de las editoriales se rige por la ley de la lotería: cuando más libros editemos más posibilidad de acierto tendremos. La mayor parte de los libros apenas aguantan un mes en la mesa de novedades. La rotación de títulos ha reemplazado al riesgo.
Constantino Bértolo
Llama la atención el número de libros que se publican con respecto a los índices de lectura. ¿Hay más libros que lectores?
Digamos que esa es un afirmación falsa, pero significativa. Oficialmente se celebra que el 66% de los españoles lee libros según unas encuestas en las que se considera como lector a quien tan solo haya leído un solo libro al trimestre, sin que nada se diga sobre qué se lee. El sistema editorial español, caracterizado por la escasez real de lectores que compren habitualmente libros, sufre tanto una sobreoferta de títulos anuales (hiperedición), como la sobreimpresión de ejemplares: más de un 40% de los libros editados se destruyen porque no llegan a venderse.
En un sistema editorial como el español el peso de lo cuantitativo –las ventas– acaba interfiriendo sobre la cualidad de aquello que se vende y, por consiguiente, sobre las expectativas y actitudes ya no solo de los editores, sino también de aquellas y aquellos, escritoras y escritores, que producen, - crean- sus obras de cara a ser editadas. Si nos olvidamos de la euforia cuantitativa quizá sea bueno considerar que, según recientes estudios, un 50 % de los escritores no superan los 100 euros al mes de ingresos por sus libros; un 30% apenas llegaría a los doscientos euros; un 10%, acaso alcanzaría entre 500 a 600 euros y solo un 7% tendrían ingresos entre 1.000 y 3000 mensuales contando tanto los derechos de autor como otros trabajos colaterales como bolos, recitales, conferencias, etcétera. Únicamente un 3% ingresarían más de cinco mil euros al mes pudiendo por consiguiente dedicarse a escribir de jornada completa.
Constantino Bértolo
Como dijo Larra, escribir en España es llorar.
El verdadero diagnóstico sobre nuestro mundo editorial descansa sobre el innegable hecho de que un 80% de los escritores no cobran ni siquiera 1000 euros como adelanto por sus derechos de autor. Es aquí donde tiene su sitio y cobra significado una de las anomalías de la industria editorial española: los premios literarios. Un sistema caracterizado por la oscuridad en sus procedimientos de adjudicación y por la turbia manipulación editorial basada en el yo me lo guiso, yo me lo como que ha condicionado y condiciona la ética hegemónica dentro de un campo literario en el que los autores y autoras difícilmente lograrán vivir de la escritura si en algún momento de su carrera literaria no tragan -casi siempre encantados- ese sapo lleno de corrupción que los premios, por su mayor relevancia mediática y económica, presuponen. Unos premios que, al funcionar como meta paradigmática en el campo literario, contienen explícita o implícitamente una poética que se identifica con el marketing editorial, con aque que es premiable.
Me gustaría preguntarle sobre la distinción entre escritor y autor y si cada vez más el mercado está lleno de escritores, pero no de autores.
Sí, partiendo de la base de que autores solo serían aquellos escritores que son publicados por la edición tradicional en papel, sería así. Hay que tener en cuenta que hoy, en las redes y plataformas, hay tal saturación de textos que bien podríamos hablar más de tormentas huracanadas o tornados que de una nube digital.