El periodista Jeffrey Bernard en un bar del Soho de Londres

El periodista Jeffrey Bernard en un bar del Soho de Londres

Letras

Jeffrey Bernard y el Soho en los ochenta

Christopher Howse rememora la insólita vida del periodista británico, conocido por su columna 'Low Life' en 'The Spectator'

26 agosto, 2018 00:00

"Me han encargado que escriba mi autobiografía, y le estaría muy agradecido a cualquiera de mis lectores que pueda decirme qué hice entre 1960 y 1974", decía el artículo que publicó en The Spectator, la venerable revista inglesa, Jeffrey Bernard (1932-1997),  que por entonces llevaba dos años y medio excepcional y milagrosamente sobrio, arrepentido quizá del puñetazo que le había dado a una mujer en el pub Coach and Horses, su cuartel general en el Soho. La cosa no duró, pronto volvió al vodka.

La biografía no la llegó a escribir, pero su vida desastrada de alcohólico ingenioso la contaba semanalmente en su columna bajo el epígrafe Low Life, vida baja, en contraste con otra columna que se publicaba en la misma página bajo el título High Life, vida alta, que hablaba de los ricos, los guapos, los poderosos y los afortunados.

Diametralmente opuesta a esa High Life de la que nadie se acuerda, en Low Life --hay una antología publicada bajo el mismo título-- Bernard contaba con una gracia extraordinaria, con una desfachatez impúdica pero curiosamente digna, su vida, sus borracheras y ligues, sus apuestas hípicas --"quisiera apostar a cuántas apuestas más he de perder antes de ganar una"--, las carreras a las que asistía, la gente que frecuentaba el Coach and Horses y otros tugurios, la bohemia de la época, años 70 y 80, actores, artistas, escritores, muchos de los cuales han pasado al olvido y otros ganaron algún tipo de reputación; pero esto quizá es lo de menos.

Esa "nota de suicida a entregas semanales", como la definió alguien, fue en su momento una columna muy popular. Algunos de sus innumerables lectores pasaban por las tabernas del Soho allí mencionadas para invitar al autor a un trago que no tenía por costumbre rechazar. De resultados, a veces en la revista aparecía en el lugar de la columna una excusa del editor, que decía solamente: "Jeffrey Bernard no se encuentra bien". Con ese título, "Jeffrey Bernard is unwell", y recogiendo mil anécdotas de las columnas, el dramaturgo Keith Waterhouse escribió una pieza tragicómica interpretada por Peter O'Toole que tuvo un éxito colosal.

Bernard temía no llegar a verla representada, pero pudo asistir al estreno y disfrutar de los derechos de autor que le correspondían durante algún tiempo más. La bebida le produjo diabetes y pancreatitis. Hubo que amputarle una pierna y esa semana en el lugar de su columna apareció una nota que decía: "A Jeffrey Bernard le han cortado la pierna", lo cual, por cierto, al susodicho le pareció una falta de respeto. Murió a los 65 años, después de interrumpir voluntariamente su tratamiento con diálisis, decisión de la que también informó cumplidamente a sus lectores.

Bernard es uno de los personajes de Soho in the Eighties, una memoria de ese barrio que es ahora el apoteosis del turismo consumista, escrita por Christopher Howse. El Soho en los ochenta se publica el próximo día 6 de septiembre. (Por cierto y dicho sea de paso, Howse es un escritor muy devoto de España, que viene visitando desde hace veinticinco años y a la que ha dedicado hasta ahora dos libros apasionados: The train in Spain cuenta diez viajes en tren recorriendo nuestro país y contando cosas curiosas vistas aquí y de allá; y A pilgrim in Spain es una celebración de catedrales, monasterios y otros lugares y fenómenos religiosos. Visto con sus ojos de lejanía, España vuelve a parecernos exótica y fascinante...).

Supongo que se desprende de los párrafos anteriores que Jeffrey Bernard es, fue, un fenómeno ultralocal pero de características universales. Debe de haber en cada cultura, en cada ciudad, un cronista o dos así, que viven sin tomarse la molestia de cuidarse, exageradamente; rebosantes de ingenio con el que reflejan el día a día de su comunidad desde un ángulo extremo, y que son una alegría y una exaltación, aunque a veces escriban cosas tristes. Aquí hemos tenido algunos de esos.

Recuerdo por ejemplo unas columnas de Joan de Sagarra, en los años sesenta, o sería ya en los setenta, donde, al tiempo que comentaba las cosas de la vida y de la cultura, mencionaba reiteradamente a una rata, una rata imaginaria que le atormentaba; eran textos de una rara intensidad, y la rata aparecía de vez en cuando y a veces, según recuerdo, cuando la grisura y el disparate y la maldad de la vida pesaban demasiado, la columna terminaba con una visita a la estación de Francia, para ver partir el tren de París. En aquellos años los trenes hacia Francia salían precisamente de la Estación de Francia. Lo de la rata y la estación era tan triste que yo pensaba "cualquier día este tío se va a morir". Pero no, sigue "alive and well and living in Barcelona".