César Sánchez
César Sánchez: “Una gran mayoría de autores de ficción lamentan el día que un editor les dijo que sí”
La editorial logroñesa Fulgencio Pimentel, que cumple dos décadas de vida, ha creado a partir de la devoción por el cómic y la perspectiva artística, un catálogo que donde conviven la narrativa y la poesía y autores extranjeros y españoles
Con casi dos décadas de trayectoria, Fulgencio Pimentel no solo se ha convertido en un nombre de referencia dentro del mapa de la edición independiente, sino que ha hecho de su catálogo su verdadera carta de presentación. En la presentación que de sí mismos hacen en su web no aparecen sus nombres, ni siquiera el de César Sánchez, editor y fundador. “Fulgencio Pimentel es una editorial independiente enfocada en la edición de alta calidad de ficción, novela gráfica, poesía, libros de arte y libros ilustrados. Su política editorial se ha basado desde sus inicios en principios artísticos”. Así se definen y no engañan. Estos principios se perciben tanto en el contenido como en el contenedor: los libros. Basta recorrer sus colecciones, empezando por la de cómic, con la que empezó todo y siguiendo con las de poesía o narrativa, donde encontramos autores como Gueorgui Gospodínov, Roque Larraquy -si no lo han hecho todavía, lean La comemadre-, el cineasta Ingmar Bergman o Eduard Limónov junto a autores españoles como Alejandro Morellón o Sabina Urraca.
¿Cómo nace Fulgencio Pimentel? ¿Cómo surge la idea de montar una editorial?
Si te soy sincero, no recuerdo si fui realmente consciente de lo que hacía. Lo que sí sé es que no sabía en el jardín en el que me estaba metiendo. La editorial no surgió como una idea ni como una salida profesional, mucho menos como una perspectiva vital, sino como un impulso diletante, el de compartir el asombro de algunas lecturas con los amigos. De compartir un tesoro. En mi caso, era un gesto similar al de grabar una casete o un cd para alguien a quien quieres. También fue el fruto de un momento más ingenuo y más optimista de mi vida y, sin duda, de un periodo de transición personal. Uno de esos lances en los que uno prueba cosas porque, de tanto fracasar, le ha perdido el miedo al fracaso, o quizá para retrasar el temido momento de hacer lo que debería hacer, sin terminar de saber qué es eso que debería hacer.
César Sánchez
Hablemos de los cómics…
Los tebeos están en la raíz. Yo no soy especialmente partidario de los cómics, como dicen los taurinos. No soy un abanderado de su causa y esto lo notan los de los tebeos enseguida. No soy de los suyos. Es algo que se transparenta en lo que hacemos. Ppor eso mismo les hemos hecho algún bien a los tebeos en este país: los vemos de otra manera y venimos a contarlos de otra forma. La cosa es que, cuando me gustan de verdad, los tebeos me gustan tanto como la literatura que más me gusta y solo un poquito menos que la música grabada, que siempre ha sido mi primer idioma.
A finales de los noventa, después de años dando tumbos, me descubrí otra vez leyendo tebeos con la misma pasión que en otras épocas de mi vida, con los ojos como platos, con la diferencia de que esta vez la mayor parte de mis lecturas eran tebeos publicados fuera. Si nadie los publicaba, decidí que lo haría yo. Pasaron muchas noches en blanco, hojeando catálogos y husmeando en las webs de la época, leyendo a mis nuevas obsesiones: Chester Brown, Julie Doucet, Joe Matt, Jim Woodring, Christophe Blain, Joann Sfar, la recién nacida Kramers Ergot, o recuperando a mis clásicos, como Gallardo y Mediavilla, Andrea Pazienza, Schulz, Chumy Chúmez, Robert Crumb, Hugo Pratt, los Hernández, Segar, Peñarroya, Tono, Lauzier, Eguillor, Vallés. Fui a mi primer festival con una sonrisa pintada en la boca y me colé en la zona de venta de derechos.
'Mis padres' de Bergman
Esto es tener las cosas claras.
Allí conocí a otro editor. Le conté que estaba en tratos con dos autores internacionales, casi noveles pero muy prometedores, y que me estrenaría con ellos, pero que mi objetivo, mi verdadera inspiración para crear una editorial, era un autor que no había funcionado en España y que seguía prácticamente inédito, en concreto un libro suyo que sería mi siguiente referencia. El editor no había leído el libro ni sabía gran cosa del autor. Al cabo de unas semanas me enteré de que acababa de contratar el libro. Aún no me he recuperado de aquello. No aprendí nada. Esa clase de lecciones no las quiero. Así que seguí trabajando con esos dos autores primerizos. Hablé con ellos y firmé contratos que no tenían más validez que un email o un apretón de manos, pero significaban mucho como gesto.
Me puse a traducir, a diseñar y a rotular, aprendiendo por el camino, porque no valgo para aprender de otra forma. Trabajé muy duro en mis ratos libres para alcanzar un nivel aceptable a mis ojos, que es siempre enfermizamente alto. Comprendí que necesitaba una distribución profesional y llegué también a un torpe acuerdo para eso. Comencé a rondar por imprentas con una idea clara de lo que quería y de lo que me podía gastar. El crédito que había pedido solo daba para dos libros y en el verano de 2006 se hicieron realidad. Esos dos libros me abrieron de par en par las puertas de las dos editoriales extranjeras que más me interesaban.
César Sánchez con Eduard Limonov
Luego, el sello pasó a publicar poesía y, después, narrativa.
La poesía llegó de manera natural. Por amistad, yo había estado muy cerca de la organización de las Jornadas de Poesía en Español de Logroño, un acontecimiento legendario para aquellos que supieron disfrutarlas durante veintiséis ediciones —antes de que el Ayuntamiento actual las cancelara sin más explicaciones, que es lo único que nadie recordará de su gestión dentro de unos años— y por el que pasaron algunos de los nombres más importantes de la poesía latinoamericana del último medio siglo: Eugenio Montejo, José Watanabe, Eduardo Mitre, Roberto Bolaño, Óscar Hahn, Rafael Alcides, Darío Jaramillo, Antonio Cisneros y un larguísimo etcétera. Así que publiqué poesía porque aquellas leyendas no tenían ningún reparo en ceder una plaquette de su obra a una humilde editorial de tebeos de provincias. No así los de los tebeos, que miraban aquello de la poesía con indisimulado estupor.
La narrativa llegó de una forma muy meditada pero indolora, a no ser por el hecho de que las librerías tardaron lo suyo en hacernos caso, una novatada que pagaron varios libros extraordinarios que siguen en nuestro catálogo a la espera de que alguien los descubra. Pero eso les pasa a todos. Ahora la cosa ha dado un giro copernicano —perdón por la viejita, como llama Vicente Echerri a estas trampas insufribles del idioma— y ahora podemos permitirnos encadenar ocho ediciones de una novela de Gospodínov o publicar la nueva saga de Gustavo Faverón Patriau. Es verdad que es muy raro que una editorial que empezó en lo gráfico se consolide en lo narrativo —raro por poco frecuente; yo, la verdad, no conozco un solo caso como el nuestro—, pero es una circunstancia lógica cuando se observa desde dentro. Yo diría que incluso vista desde el exterior.
El carácter de la editorial no es más transversal que el mundo ahí fuera. Nos lo tomamos todo igual de en serio (y en broma): un tebeo de Simon Hanselmann es tan sagrado (tan complejo, tan delicado, tan laborioso) como la novela de un debutante y un álbum de Kitty Crowther tanto como los ensayos de Ingmar Bergman. Lo anómalo es no comprender eso. Los integristas de lo suyo son los anómalos.
'Bola ocho integral', de Daniel Clowes
Os definen como bibliófilos por el cuidado artesanal al libro, que tratáis como un objeto artístico. ¿Desde el inicio tuvisteis claro que el diseño iba a ser central en el proyecto?
Lo de la bibliofilia es más cosa de señores que reciben a Romano Aspas en su casa para acariciar un facsímil del siglo XIII con manos enguantadas. Lo nuestro fue llenarnos las manos de mugre en cubetas de saldos, rastros y demás. Esa fue nuestra escuela. Eso y hacer de la necesidad virtud. En ningún momento pensamos en el concepto diseño, sino en el libro alegre y amado, que tiene más que ver con el placer de los sentidos, con una especie de memoria táctil, y con ese gesto raro con que se miran entre sí cuatro rayas en un papel. Lo plástico encierra de vez en cuando una especie de misterio, y ese misterio es el que perseguimos nosotros, pero sin tontería, con alegría, con mucho trueno.
Al empezar, lo único que yo sabía es que un Ici Même de Tardi en Laertes era la belleza y el mismo Tardi sería (sigue siendo) un dolor editado por Norma. Eran tebeos igual de baratos, de hecho, los de Norma estaban mucho más diseñados. Lo mismo te digo de un Robert Crumb de Pastanaga contra uno de La Cúpula. Ahora se ha puesto de moda tirar la casa por la ventana, hacer cosas raras, integrales de sesenta euros con relieves bizantinos, cantos decorados, los editores de tebeos parecen millonarios rusos jugando al interiorismo en su casa marbellí. Alguien debería informarles de que no hay nada peor que esa clase de alardes de nuevo rico. Bueno, sí: sus logotipos.
La narrativa es otro cantar, hay mucha variedad, muchos diseños editoriales magníficos por todas partes, hasta Anagrama parece haberse espabilado en ese sentido. En lo que andan peor no es en el aspecto exterior de los libros, sino en el interior, que a veces perjudica seriamente la lectura o los vuelve directamente ilegibles. Pero yo paseo casi siempre por las mesas de novedades lleno de admiración, enfadado conmigo mismo por haber hecho en tapa dura nuestra colección literaria, cuando lo que siempre nos gustó fue el libro frágil, vaporoso y estrujable. Por lo demás, La Principal es una belleza, te lo digo porque la veo delante de mí aquí y ahora, y porque hoy mismo nos ha escrito Feltrinelli para comprarnos una cubierta. En concreto, la del Dzhan de Platónov. ¿Qué te parece? Precisamente, los dueños de Anagrama.
Quizás no existe una tradición en España sobre el libro como soporte artístico.
Yo creo que esa tradición que mencionas no es menos fuerte aquí que en otras latitudes. La delicadeza, la generosidad, la gracia para hacer una tortilla con lo que haya en la nevera son bienes escasos en todas partes. En el ámbito del español también existe una tradición, o mejor un hilo invisible, que va desde las vanguardias a Giralt Miracle y Mauricio Amster, y del Fondo de Cultura Económica de los 60s hasta lo que hoy mismo hacen Impronta y RM y Corazones Blindados y alguno más. Muchos de esos hitos siguen siendo secretos, pero la mayoría han recibido algún reconocimiento, aunque fuera con un siglo de retraso. Lo que sí ocurre es que los españoles no le vemos la gracia a las telarañas, que es una virtud muy europea de la que carecemos, quizá porque el sol revela demasiado las arrugas y enseguida nos ofende la vejez de las cosas. Aquí somos un poquito más de tirar la casa abajo para no pintar la verja.
'Los relatos de los médicos', de William Carlos Williams
Habéis ganado dos Premios Nacionales precisamente por vuestra forma de editar. ¿Cuán determinantes son los premios a la hora de afianzar el proyecto?
No creo que hayan significado nada, al menos a nivel de ventas. Ojalá no fuera así, porque hemos recibido unos cuantos premios, incluidos varios cuya existencia desconocíamos. En cuanto a los premios a un autor o a una obra concreta, el Booker a Las tempestálidas estuvo a punto de hacerme cambiar de idea, y el peso que está empezando a tener el Ignacio Aldecoa más todavía, pero sigo pensando que los premios (salvo esos otros premios monstruosos que juegan en otra liga) pesan más en la siempre frágil vanidad de los autores que en los números. Y con eso me basta, porque esa vanidad del autor es un motor muy valioso que los editores no siempre sabemos mimar como deberíamos. Es bueno que venga el premio a hacer el trabajo sucio por nosotros, que podamos poner cara de que estaba cantado, que el libro era buenísimo y tú eres un genio, Genaro.
Volviendo a la forma y a la estética: las colecciones, a diferencia de lo que sucede habitualmente, no se definen por una imagen concreta. ¿Es cada libro quien dicta su imagen, su forma, su edición?
La Principal sí que tiene una estética, un algo particular, que se percibe claramente en varios detalles cuando se ve la colección en la estantería. Pero además estamos haciendo algo muy divertido: utilizamos no uno, sino varios diseños de colección según nos parece mejor. Otras veces, partimos de cero. O creamos un diseño concreto y trabajamos con un ilustrador solo para un autor, como es el caso de Dovlátov y Bergman. También lo hacemos en el cómic, pero aquí mandan siempre el autor y la obra: Sfar, Woodring, Hanselmann, Pazienza, Sun Bai tienen cada uno su propio formato. El fetichismo del lector es muy respetable, como lo son todos los vicios, que nos definen mucho más que nuestras virtudes. Debe de ser eso lo que quiere decirnos el dichoso arranque de Ana Karénina, ese que citan siempre los malos escritores.
César Sánchez (dcha.) junto a su socio Alberto García Marcos (izda.) y el autor australiano Simon Hanselmann (centro).
Usted dice que la principal labor del editor es decir no. ¿Se dicen demasiados síes en el mundo de la edición?
Solemos bromear entre nosotros diciendo que a ver cuándo creamos una colección imposible con todos los libros que un día rechazamos y luego se convirtieron en un éxito en otra editorial. Pero la verdad es que no nos hemos arrepentido nunca. Por diferentes razones, es cierto, pero ni una sola vez hemos pensado qué tontos fuimos, ¿cómo no vimos aquel filón?. Por supuesto que se publica mucho más de lo que se debería. No quiero decirte un porcentaje porque ya le estoy cayendo un poco mal a algunos lectores, pero no exagero si digo que una gran mayoría de los autores de ficción lamentan haber publicado una o varias de sus obras y maldicen el día en que aquel editor les dijo sí. Si eso les sucede a muchos genios, imagínate si tomamos en consideración la ingente producción de los no tan genios.
A la hora de decir no ¿cuánto pesa el gusto personal, la coherencia con el catálogo y el elemento comercial? ¿Hay síes que se dan independientemente del propio gusto lector?
Aquí no creemos mucho en eso que se conoce como gusto, somos muy maximalistas, pero en cualquier caso nuestra visión se encuentra tan mimetizada con el catálogo que me cuesta responder a esta pregunta sin ponerme espeso. Lo que sí sucede un poco es que nos tenemos mucha ley entre nosotros. Si uno bebe los vientos por un autor, los demás no se lo toman a broma, y lo más probable es que se suban al carro enseguida, uno no sabe si por contagio, por amor o por camaradería. Lo único que sabemos es que hay que desear mucho que exista un libro. Los muy escasos libros que en todos estos años hemos editado por error, por accidente o por compromiso nos pesan como losas, incluso cuando han tenido éxito, y se nos muda la cara cuando nos preguntan por ellos, no hace falta tirarnos de la lengua.
'Manual de eternidad, de Arturo Marcelo Pascual
Tenemos muy claro que hay que creer mucho en un artista para defender su obra durante años con el mismo entusiasmo que el primer día. Al cabo de los años, es algo que se nota más que ninguna campaña de imagen o política editorial. Los lectores fieles de lo que hacemos te lo confirmarán. Nosotros somos los primeros lectores de lo que hacemos, los más fieles, y seríamos los primeros decepcionados. Y ahora te pongo el ejemplo de un autor identificable con nosotros: Olivier Schrauwen. Es uno de los dibujantes de tebeos más influyentes del mundo, su Domingo flamenco ha recibido la misma recepción entusiasta de la crítica aquí que en otros países. Fue elegido mejor novela gráfica de 2024 por El País y también por The New York Times. Pero Olivier nos comenta divertido que, como de costumbre, las ventas en España fueron mucho mayores que en ninguna otra parte. Esto sucede a pesar de que el mercado español es mucho menor y de que fuera lo publican editoriales más potentes que nosotros. No hace falta aclarar que el lector español no es en ningún caso más sofisticado que el norteamericano, el francés o el alemán. Lo único que nos queda entonces es la nave, que somos nosotros. Imposible saber cuánto hay de verdad en la famosa frase de Juan Ramón –"en edición distinta, los libros dicen cosas diferentes"–, pero no me cabe duda de que en una editorial distinta los libros alcanzan a lectores diferentes.
¿Cómo se dice no a un autor que ya forma parte del catálogo?
Un no a un autor del catálogo es como una demanda de divorcio. Si pensamos que un autor se está equivocando se lo diremos en todos los idiomas, y si aun así persiste, lo acompañaremos igualmente, con todas las consecuencias. Cuando decimos no a un trabajo no es porque el autor se equivoque con la obra, sino porque nos equivocamos nosotros con el autor desde el principio. Es algo que seguramente supimos enseguida, al poco de empezar a trabajar en el libro. Trabajar en un libro es subirlo a una mesa de quirófano y hacerle muchas perrerías, verlo al trasluz, desnudo, en cuclillas. Es muy humillante para el libro y lo sería también para el autor si resulta que es un farsante. Los libros perfectos, los artefactos, los engranajes de precisión, son los primeros en caer. Por eso hace falta que la fe sea mutua. Y por eso hace falta que el autor no se crea más listo que su libro, que no lo gobierne del todo, que lo deje vivir sin alcanzar a comprenderlo del todo.
La artista norteamericana Alex Graham (izda.) junto a la socia y editora de Fulgencio Pimentel, Joana Carro (dcha).
Sois una editorial de La Rioja. En los últimos años han aparecido muchas editoriales fuera de Madrid y Barcelona. ¿Se está rompiendo el tradicional centralismo editorial?
Tenemos la sede central en La Rioja, pero procedemos de lugares diversos y algunos miembros de la editorial ejercen la bilocación, como el Padre Pío. Desde hace unos años tenemos la sede la fiscal en Álava, porque La Rioja es una entelequia administrativa de órdago y no podemos siquiera estar agremiados aquí, que es algo a lo que nos obliga el sistema legal de distribución. Antes estábamos agremiados en Madrid, pero allí éramos ciudadanos de segunda, cosa que no nos sucede en el País Vasco, por ahora. En cuanto a la descentralización, Internet propició eso hace dos décadas, pero ya no sé qué decirte.
Van a llegar tantos cambios y a tanta velocidad que todo me suena a pasado remoto. Espero que el huracán nos sorprenda trabajando, en nuestra mesa, como zapateros remendones. Ahora mismo la adicción a las pantallas que padecemos todos me parece un problema de salud pública más grave que el cáncer y el motivo principal de que hayamos perdido cualquier esperanza de consenso político y armonía social. Lo que esas pantallas le han hecho a los libros y a la lectura es ya un mal menor. De hecho, me importa muy poco el futuro del sector del libro, lo único que me importa es que la humanidad sobreviva a esta época llena de alarido y terror, al menos durante dos o tres generaciones.
'Logroño dibujado', de Jesús López-Araquistain
En vuestro catálogo encontramos autoras como María Bastarós o Sabina Urraca, que ahora publican en grandes sellos. ¿Entendéis la edición como un ejercicio de descubrimiento de nuevos autores?
'Con el tiempo', de Isabel Minhós y Madalena Matoso
¿Publicar traducciones es ir más sobre seguro?
Eso sería, quizá, si los traductores fueran siempre una garantía. Pero el oficio de traductor exige un talento y un sacrificio descomunales, y las buenas traducciones escasean mucho más que las buenas novelas, como te confirmará fuera de micrófono cualquier editor. Nada nos exige a nosotros más dedicación que las traducciones, las propias y las ajenas, porque nosotros mismos traducimos un porcentaje muy elevado de lo que publicamos. De modo que la única garantía que suponen es la garantía de currar más.