Álvaro Pombo y la edad crepuscular
Álvaro Pombo, la inequívoca certeza de la luz crepuscular
El escritor santanderino, Premio Cervantes, publica a sus 86 años una antología de toda su trayectoria poética en la colección canónica del sello Renacimiento y da a la imprenta –con Anagrama– el primer tomo de sus relatos autobiográficos
Contemplar cómo el sol se pone sobre el mar a la hora del crepúsculo es una experiencia fascinante, en buena medida debido a su efímera belleza, pero no siempre se repara por completo en que este colosal espectáculo de la naturaleza, igual que las obras de teatro, las novelas o los poemas, como cualquier viaje verdadero, tiene un final definitivo. Nada es más difícil para un ser humano, acaso por aquello que dijera Spinoza sobre la perseverancia y la obstinación del hombre en garantizarse su supervivencia, que soportar el tiempo de espera que nos aproxima, sin quererlo, cada día a la muerte. Muchas veces este tránsito está lleno de dolor. Otras aparece cargado de una irremediable melancolía: el tiempo vivido, las horas desperdiciadas, la imposibilidad (deseante) de dar marcha atrás al reloj de arena, antes de que la simetría cósmica –todo empieza y todo acaba– desmienta cada uno de nuestros anhelos.
Más raro todavía es pasar el otoño de nuestra vida consciente con sentido del humor, haciendo burla y hasta escarnio de nosotros mismos. Este sano ejercicio, anverso de la desesperación, está reservado a los grandes sabios que, conscientes de que la luz se apaga, intentan alcanzar, no sin esfuerzo, eso que los católicos llaman una buena muerte. Un punto y final sin amargura. Consciente. Puede que estoico. Incluso feliz. Álvaro Pombo (Santander, 1939) pertenece a este linaje. A sus 86 años, con el pie en el estribo, el escritor cántabro, Premio Cervantes 2024, ha conquistado lo que en términos terrestres se conoce como la gloria institucional.
Álvaro Pombo
Académico de la RAE desde hace dos décadas largas –sucedió en el correspondiente sillón alfabético a Pedro Laín Entralgo– y reconocido con el máximo galardón de las letras en español, además de otros muchos premios, Pombo dispone de una biblioteca de autor dentro del catálogo de Anagrama –que ha reeditado Contra natura, Donde las mujeres, El metro de platino iridiado y, este enero, La cuadratura del círculo para celebrar su retorno al sello barcelonés en el que debutase ganando el Premio Herralde de Novela con El héroe de las mansardas de Mansard– y goza del status de outlaw de las letras hispánicas. No es poca cosa, desde luego.
Lejos de contentarse con convertirse en una estatua, el autor santanderino no deja de escribir en su ático madrileño y de publicar nuevos títulos, sin que los impedimentos y severidades de su edad –la dependencia, la silla de ruedas– puedan cerrar la escotilla de palabras de su particular submarino. Pombo acaba de dar a la imprenta dos obras de su producción periférica, si consideramos como tal aquella que no se circunscribe a sus excelentes novelas. La colección de poesía canónica del sello Renacimiento acaba de sacar, al cuidado de Juan Antonio González Fuentes, Substancia, una antología que reúne una selección de sus mejores poemas escritos entre 1973 y 2009. Al mismo tiempo, Anagrama nos presenta como una colección de autoficciones el primer tomo de una serie de Cuentos autobiográficos, cuya segunda entrega acaba de terminar, donde Pombo evoca personas, momentos y épocas de su vida personal.
'Substancia'
Ambos libros, pese a las apariencias formales, o a pesar de ellas, convergen en un mismo sendero: un memorialismo, en prosa y en verso, ejercido con oficio y donde la cercanía de la muerte –esa certeza que nunca podremos entender– ilumina el paisaje, hondo, profundo e irónico de una literatura originalísima, sorprendente e inesperada. De Substancia cabe decir que su disposición, por deseo expreso del autor, responde a un autorretrato. El primer poema es ‘Registro de últimas voluntades’, procedente del libro Protocolos (1973), y el último la ‘Variación final’ de Variaciones (1978). Dos piezas escritas cuando todavía no había cumplido los cuarenta años que muestran, a la luz del presente, la importancia que Pombo otorga desde joven al momento postrero.
“En mi sepulcro quiero compañero / Coliflores de mármol de Carrara / No muchas ni muy grandes que prefiero / Una Pompa que no te salga cara / (…) No quiero que parezca que no quiero / Pero quiero que conste que me muero / A ‘contre-coeur’, por puro compromiso, / Que se me fue la vida sin permiso. / (…) ¡Ay desde el Catafalco de la Biblioteca / Nacional se ve venir la Policía Montada!”. La muerte vista como una broma colosal, sin dejar por eso de ser un drama. El tono de farsa, tan pombiano, ilumina también la Variación final, donde el difunto que todavía (no) es Pombo habla de su propio sepelio –“En la Red de San Luis perdí la vida”– y de cómo su catafalco, transportado por “cuatro generales”, se atasca en mitad del duelo: “Hortera y Mártir fui derecho al cielo”.
'Protocolos'
Los versos de Pombo, donde se entrecruzan los grandes asuntos de su literatura, están estrechamente vinculados a la memoria de sus días y sus años, pero vista sin épica, desde el suelo. Su voz, por lo general prosaica, no persigue más efecto que la expresión de una experiencia con la que pueda identificarse el lector, evitándose (y evitándonos) el habitual ridículo del excesivo adorno y el vicio de la vanidad. Es una poesía intuitiva, abierta, surgida de un sentimiento o de una impresión del mundo. Pombo se revela aquí como un poeta perplejo y, a veces, inseguro, ajeno a las dos corrientes líricas del momento –finales de los setenta y principios de los ochenta– en el que fueron publicados sus primeros poemarios.
Ni fue un poeta de la experiencia ni una de las voces de la diferencia. El escritor santanderino es disonante y conceptual. Mezcla registros, juega con las palabras, se ríe de su propia condición e insiste en una serie de temas, como su pasado familiar, los recuerdos y el presagio de la muerte. Substancia medita sobre la extrañísima experiencia de estar y sentirse vivo y, en cierto sentido, puede leerse como una autobiografía hecha bajo el signo del augurio, sin demasiado respeto a la preceptiva del decoro –lo trascendente y lo trivial habitan juntos en estos poemas– ni otra voluntad más que encauzar un realismo trascendente.
'Cuentos autobiográficos'
Este mismo naturalismo vital está presente en su experiencia de la vejez, que es la placenta desde donde ha compuesto el primer tomo de sus relatos autobiográficos, una colección de capítulos narrativos, sustentados en un personaje o precedidos de un motivo causal, que en realidad son el avance de unas excelentes memorias que evitan su propio género, ignoramos si por conveniencia editorial o, acaso, porque a su edad –y a cualquiera– la muerte siempre es un personaje que puede presentarse in media res.
Los relatos de Pombo comienzan con un divertido retrato de su infancia como niño bien en Santander y la evocación de la Dehesilla, los predios agrarios de Castilla que explotaban sus padres, “los señores, fascinantes e insoportables, todo en uno”. Son sus paisajes esenciales antes de volar primero a Madrid y después a Londres para vivir una vida alejada de las convenciones de la burguesía conservadora y provinciana donde se crió. El “señorito Álvaro” estudió en colegios de curas de Santander y de Valladolid y –confiesa el Pombo anciano– se sentía “especial y secreto”, más cercano a los criados que le cuidaban que a sus progenitores, con los que tuvo una relación teatral, fingida, distinta a su propia personalidad.
'La cuadratura del círculo'
El narrador de estas memorias, aunque consciente de los estragos del tiempo –“parece que se nos va como agua en un cesto (…) parece no haber pasado, habiendo pasado del todo”– no desea sin embargo eternizar su pretérito. Su objetivo es otro: documentar, desde su presente, que es el de “un viejo estoico, tranquilizado, farmacoadicto, precavido, dependiente de la ayuda de los otros”, las estampas de un tiempo cuya inevitable fosilización no causa amargura, sino más bien asombro.
Pombo explica también su adicción a las anfetaminas y a los barbitúricos –“la droga de los alcohólicos”– y cuenta, con todo lujo de detalles sociológicos, su arbitraria detención “por maricón” en el parque de la Plaza de España de Madrid en los años del tardofranquismo, cuando Arias Navarro ocupaba la siniestra Dirección de Seguridad del régimen en la Puerta del Sol: “¿Por qué no va usted con gente de su clase?”.
Cartel de un acto poético de Álvaro Pombo organizado por la Fundación Gerardo Diego y la Real Academia
La experiencia –cuenta– no lo hizo antifranquista, sino antipolítico y noctívago y, tras perder su humilde empleo como profesor en un colegio del Opus, precipitó un exilio, entre menesteroso y hedonista, en Londres, donde coincidió con Joaquín Sabina, que vivía de squatter, y se agarró a la certeza de la escritura, aquel pasatiempo juvenil, que iría convirtiéndose, entre la mili y el regreso (con la democracia) a España en la constante de sus edades, tránsitos y sorpresas, como verse un día a sí mismo, reflejado en un espejo, como un orondo señor de cincuenta años. “La edad” ha hecho de mí una buena imitación, falsificante, de un monje de clausura”. La vida de Pombo, imaginada y recreada, es una línea en el tiempo en la que –nos aconseja– siempre hay que estar abierto a lo inesperado para reconocerlo cuando se presenta ante nuestros ojos.