La evolución estética de Alaska, y la Bruja Avería en el centro
El precio de la Movida madrileña: el individualismo hedonista de los ochenta que ensalza y venera la derecha
La reflexión sobre la Movida es pertinente para entender la evolución de los valores en España. El individualismo, la cultura del ahora y de la evasión se implantó en España hasta tal punto que, siguiendo los dictados de Thatcher, no ha habido ni se vislumbra una alternativa, imposibilitada, además, a través de la adicción a las redes sociales
Movida madrileña. Transición. Pop, rock, cine, artes plásticas. Era necesario divertirse, sí. Dejarse ir, sentir esos aires de libertad. Bailar y reír, después de tantos años de una dictadura cruel y mojigata.
Pero, ¿qué poso cultural ha quedado de la tan admirada Movida madrileña? ¿Paga ahora la izquierda, y, en concreto el PSOE, por aquella apuesta hedonista y banal que acabó reivindicando el PP con Esperanza Aguirre al frente?
La reflexión sobre la Movida es pertinente para entender la evolución de los valores en España. El individualismo, la cultura del ahora y de la evasión se implantó en España hasta tal punto que, siguiendo los dictados de Thatcher, no ha habido ni se vislumbra una alternativa, imposibilitada, además, a través de la adicción a las redes sociales o a los videojuegos.
Eso tiene una traducción política, con las nuevas generaciones inclinadas hacia postulados cercanos a Vox, en gran medida por parte de los varones más jóvenes.
Es necesario retomar el libro que escribió Víctor Lenore a finales de 2018, Espectros de la Movida, por qué odiar los años 80 (Akal). El retrato de época que ofrece tiene ahora un mayor alcance, después de comprobar cómo algunos personajes del momento, como Alaska, Nacho Cano o Fabio MacNamara –la pareja artística de Almódovar— son iconos de la derecha, acogidos con entusiasmo por la nueva Aguirre: Isabel Díaz Ayuso.
Pedro Almodóvar y Fabio McNamara en 'La edad de oro, el programa presentado por Paloma Chamorro en RTVE
Si la Movida se relaciona en gran medida con la música, no ha quedado gran cosa. Se salvan de la quema por su calidad y su independencia Santiago Auserón (el que fuera líder de Radio Futura), Golpes Bajos, --con el ya fallecido Germán Coppini-- o Ilegales, con Jorge Martínez al frente, que murió hace unos meses.
¿Todo lo demás? Poca cosa. Tal vez alguna canción de Mecano. A esa conclusión llega Víctor Lenore, y el lector podrá rescatar a alguna banda más en función de sus gustos y sus vivencias generacionales.
Muchos de los grupos de la Movida pasaron por La edad de oro, el programa musical que presentaba Paloma Chamorro.
El legado debe someterse a crítica. Y, de la misma forma que las nuevas generaciones tienen el derecho y la obligación de preguntar sobre la Transición y la Guerra Civil –qué pasó, por qué sucedió, a qué se renunció y qué se logró como sociedad—lo que plantea Lenore está conectado con la salud de la democracia española.
Jorge Martínez, cantante y líder de los Ilegales
La Movida, promocionada por el PSOE, --alcanzó el poder en el Gobierno en 1982, pero había ganado en los grandes ayuntamientos en las primeras elecciones municipales de 1979— marcó un modelo, una estética y una forma de entender la vida.
Proyectó una ideología escapista, que podía facilitar la modernización de España: modelo económico basado en el consumismo y el individualismo: perfecto para un movimiento neoliberal que rompió a lo largo de los años ochenta del pasado siglo con los consensos de la socialdemocracia que había imperado desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.
Frivolidad militante
Porque, ¿hay recuerdos de algún posicionamiento social de aquellos protagonistas de la Movida? ¿Lo hizo Almodóvar en sus películas, centradas por completo en las libertades sexuales –muy importantes, no se olvide—que se acababan de estrenar? ¿Lo hizo Alaska, empeñada en mostrar una frivolidad militante? ¿Fue algo característico de Nacho Cano o de Ana Torroja al frente de Mecano?
Podía ser contraproducente, porque el ánimo de las autoridades políticas del momento era otro. Avanzar, divertirse y estrenar la democracia, en contraste con una dictadura gris y dramática. Para muchos acertaron. Para otros resultó un drama para la calidad democrática del país.
Nacho Cano, Ana Torroja y José María Cano, los componentes de Mecano
Al frente del Gobierno estaba Felipe González. Al frente del Ayuntamiento de Madrid, Tierno Galván, que le había hecho la vida imposible –también hay que recordarlo—al propio González a través de su propio partido, el PSP, con la intención de que se le reconociera en la Internacional Socialista, en perjuicio del PSOE.
La Movida no lo fue todo. Había movimientos culturales y una potencia musical en el País Vasco, en Vigo, en Barcelona, en Asturias o en Málaga, con una banda icónica, Danza Invisible.
Pero la Movida fue el símbolo de esa España que se quería exportar al mundo, la España de películas como Laberinto de Pasiones o ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, las dos de Almodóvar.
Portada del libro de Víctor Lenore
Un reconocimiento clave lo protagonizó el Centre Georges Pompidou de París, que organizó un retrospectiva sobre la cinematografía de España: 30 Ans de Cinéma Espagnol (1958-1988), en 1988. La España con esos colores rojos, con esos rótulos y elementos plastificados de Almodóvar, con un gobierno socialista del puño y la rosa, ya se podía llevar a Europa, al mundo.
¿Contenido? Importante: la celebración del individualismo, del consumo. ¿Podía haber sido distinto? Era el proyecto de Felipe González y Alfonso Guerra al frente del PSOE. En esos años el PSOE afrontó un proceso de reconversión industrial que dejó a muchos trabajadores en la calle, en beneficio de la modernización del modelo productivo, en línea con la necesidad de integrarse plenamente en la CEE, hoy Unión Europea.
Catálogo de la exposición en el Pompidou de París sobre el cine español
La paradoja llegaría años después. En 2006, Esperanza Aguirre, como presidenta de la Comunidad de Madrid, organizó el 25 aniversario de la Movida. Con un presupuesto generoso, hubo conciertos y exposiciones. Se reivindicaba la Movida como una exaltación de la “libertad”, y Aguirre la conectaba con su propio proyecto político, en Madrid, como capital liberal y moderna. El éxtasis.
En su gran mayoría, aquellos jóvenes supuestamente contraculturales eran hijos de familias bien posicionadas durante el franquismo. Eran el producto de la apertura liberal franquista que arrancó en los años sesenta.
El PSOE no supo reaccionar ante la jugada de Aguirre. No podía. Sus dirigentes del momento abrieron los ojos como platos y se dieron cuenta de que habían sido ellos los impulsores de esa exaltación del individualismo a principios de los ochenta. Sólo les quedaba ejercer de comparsas de la presidenta de la Comunidad de Madrid.
Esperanza Aguirre con Alaska, en 2011
No han vuelto a presidir la Comunidad, ni tampoco han gobernado el Ayuntamiento de la capital.
Sin relato, esa cuestión ha tenido una clara traducción política.
Hubo intentos, sin embargo, de impulsar un pensamiento crítico. O tal vez lo que sucedió es que no se controló la ‘creatividad’.
El programa La Bola de Cristal, en TVE, la única cadena de televisión, dejó boquiabiertos a jovencitos y no tan jóvenes. Con la participación de Alaska, el programa (1984-1988), dirigido por Lolo Rico, trataba a los niños como adultos y a los adultos como seres con capacidad crítica.
Los guionistas eran filósofos, figuras como Santiago Alba Rico, Carlos Fernández Liria y Jorge Vergara. La línea editorial era ni más ni menos que marxista, con el lema ‘Viva el mal, viva el capital’, con un personaje icónico: la Bruja Avería.
Los mensajes invitaban a dejar de ver la televisión y leer más. En las cortinillas se decía: ‘Tienes quince segundos para imaginar…si no se te ha ocurrido nada, a lo mejor deberías ver menos tele’. Se querían ciudadanos, no consumidores complacientes.
Pero fue una ilusión efímera. En 1988 el programa dejó de existir. Se había preparado un vídeo en el que se criticaba con ferocidad la enseñanza privada y religiosa. La dirección de la cadena pidió la retirada de esa parte.
Ningún poso cultural
Y Lolo Rico no quiso aceptar la censura. Esa posición numantina, que se unía a una crítica hacia el Gobierno y en contra de la OTAN, --el referéndum se había convocado en 1986—llevó a su cancelación en 1988.
Entonces, la directora del ente público era Pilar Miró, elegida por Felipe González. Miró acabaría fuera de TVE por las presiones de Alfonso Guerra, que midió fuerzas contra Felipe González, como cancerbero de las ‘esencias’ socialistas del PSOE.
Se había acabado, por tanto, una breve, pero sólida etapa en la que se pretendió, --el filósofo Santiago Alba Rico había sido fundamental para ello—fomentar una sociedad basada en la ciudadanía crítica.
Sin esas ‘extravagancias’, con la Bruja Avería y el papel ‘comprometido’ de Alaska en La Bola de Cristal, el campo estaba abonado para el individualismo frívolo y consumista del que se aprovechó años después la derecha.
El PSOE, que se había encontrado con esa explosión de creatividad de jóvenes burgueses que querían pasárselo bien y que la condujo para sus intereses, tuvo que aceptar el homenaje de Esperanza Aguirre a la Movida, sin poder recriminar nada al PP de Madrid. Hubiera sido absurdo hacerlo.
¿Calidad?, ¿poso cultural? Prácticamente nada.