'Pillion'
'Pillion': un cuento de moteros, sadomasoquismo y amor
El cineasta Harry Lighton indaga en la relación de dependencia entre un motero dominante y un joven sumiso en una película basada en Box Hill, una novela breve del autor británico Adam Mars-Jones
¿Qué es el sadomasoquismo? ¿Una fantasía, un juego erótico, un juego de rol, una perversión, una patología? Si hacemos caso del fenómeno literario, cinematográfico y sobre todo sociológico de Cincuenta sombras de Grey, sería una ensoñación tontorrona de dominación, con un príncipe azul malote y unos azotes de propina. Si hacemos caso de La pianista, la novela de Elfriede Jelinek y la película de Michael Haneke, estaremos ante una patología psiquiátrica autodestructiva. Pillion, dirigida por el debutante Harry Lighton, se sitúa en un punto intermedio y cuando menos logra salir airosa del reto de representar la relación entre un motero dominante y un chico sumiso sin espantar al público ni caer en el ridículo.
Se basa en una novela breve –Box Hill– de Adam Mars-Jones. La única publicada en España de este autor, de gran ambición literaria y elevado prestigio en Inglaterra. Aquí apareció, de forma desconcertante, en una editorial tan poco literaria como Temas de Hoy, tal vez porque le vieron un presunto potencial de ventas por lo morboso de su temática (en Inglaterra la mayoría de los libros de Mars-Jones están publicados en la muy literaria Faber&Faber). Este escritor, por cierto, es también crítico cinematográfico y sus artículos -tampoco traducidos- están reunidos en el muy recomendable volumen Second Sight, al que se suma otro libro, Noriko Smiling, un largo ensayo sobre Primavera tardía de Ozu.
'Pillion'
Pillion, título que se mantiene en el estreno en España, es un término de argot que se refiere a la persona que va como paquete en una moto. La película presenta significativos cambios con respecto a la novela que adapta. De entrada, el libro está ambientado en 1975, mientras que el largometraje opta por trasladar la acción a la actualidad. El primer encuentro entre Ray, el motero, y Colin, el desnortado jovencito que queda obnubilado por él -y es el narrador en primera persona-, se produce en la Box Hill del título, una colina que es lugar de encuentro de moteros y gays que se ocultan entre los árboles para mantener relaciones sexuales. En cambio, en la pantalla se opta por un anodino pub de provincias, donde Colin actúa como miembro de un cuarteto vocal -lo que en Inglaterra llaman un barber shop quartet-, ataviado de un modo un poco ridículo, con una chaqueta a rayas multicolores y un sombrero plano de paja.
Otro cambio significativo es el mayor papel que se da en la película a los comprensivos progenitores de Colin -la madre enferma de cáncer y el padre un tipo tirando a pánfilo-, que aparecen en la novela, pero con un papel mucho más secundario. Y sobre todo cambia el tono. Ante la dificultad de presentar en pantalla la relación de dominación y sumisión -que tiene un componente sexual, pero se extiende a la cotidianeidad en la que uno ejerce de sirviente del otro veinticuatro horas al día-, el director opta por un registro distendido, a ratos cercano a la comedia romántica estrafalaria. Alexander Skarsgård -el actor que interpreta a Ray, el motero dominante- tiró de ingenio en la presentación del largometraje al describirlo como una DomCom (una comedia de dominación), en referencia al término RomCom, que usan los anglosajones para referirse a las comedias románticas.
'Pillion'
Uno de los mayores empeños de la película es no quedarse en un producto kinky solo apto para iniciados y resultar digerible para el público normie, es decir para el común de los mortales no iniciados en este tipo de perversiones. Para ello es crucial la elección de los actores. Skarsgård logra insuflar humanidad -y magnetismo- a un dominante taciturno y severo que, entre otras cosas, obliga a su dominado a dormir en el suelo, a los pies de su cama. Consigue, de forma casi milagrosa, que el personaje no resulte sin más un tipo perturbado y repulsivo.
Exuda misterio, porque no sabemos nada de él, ni siquiera en qué trabaja, mucho menos algún detalle de su pasado que pudiera explicar sus inclinaciones. Esta aura enigmática proviene de la narración en primera persona del sumiso en la novela, que convierte al objeto de su devoción en un ser idealizado. En pantalla a Colin, el sumiso, lo interpreta Harry Melling, otra elección brillante, por su rostro peculiar y su extraordinaria capacidad actoral para hacer creíble la predisposición a la adoración que tiene el personaje. Con todo, la película no hace trampas sobre la realidad de esta relación y hay tres o cuatro escenas muy explícitas que pueden provocar un patatús a espectadores impresionables.
'Pillion'
Hay en Pillion un empeño por normalizar -hacer digerible, comprensible, amable- un tipo de vínculo que rompe por completo con el funcionamiento de las relaciones de pareja que algunos llamarán tradicionales. Vivimos tiempos de tolerancia -al menos en Occidente-, regidos por la celebración un poco alelada de cualquier conducta sexual que cuestione la al parecer temible heteronormatividad (como muestra, el libro de Luisgé Martín ¿Soy yo normal?, publicado por Anagrama, que es una suerte de celebrativo catálogo de perversiones, algunas tan extravagantes e inauditas que confieso que ni siquiera había oído hablar de ellas. Sí, cosas mucho más raras que lo de los therians).
Ray y Colin forman parte de una pequeña tribu de moteros formada por dominantes y sumisos, que se van da picnic como cualquier familia dominguera y después dan rienda suelta a sus fantasías y rituales. Cuando estas fantasías se confrontan con la realidad, chocan de forma inevitable con ella. Eso sucede, por ejemplo, en la comida familiar que Colin se empeña en organizar con sus padres, a los que quiere presentarles a su peculiar novio. Es una escena magnífica, en la que acaban estallando todas las tensiones, porque se chocan dos mundos que es imposible que coexistan de forma pacífica, por mucha buena voluntad que se pretenda poner.
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Son los sentimientos precisamente los que acabarán poniendo en cuestión y destruyendo la peculiar relación de los dos protagonistas. Porque lo que de verdad desea Colin, más allá de sus fantasías de sumisión, es amor, cariño, afecto, complicidad. Y cuando Ray comete el error de concederle ese deseo, a modo de día libre, y anula de forma temporal las rígidas normas que pautan su relación de dominación y sumisión, el embrujo que sostiene las retorcidas fantasías se desmorona. Y Ray sufre el vértigo de algo temible -el amor-, que no es capaz de asumir. La escena en que esto sucede es portentosa en su simplicidad: basta un simple gesto de Skarsgård para entender todo lo que pasa por la cabeza del personaje.
No sé si esta es la intención del director -el epílogo parece indicar que no-, pero la verdadera subversión que acaba planteando la película no es la de presentar una relación sadomasoquista como algo digerible y no tóxico, sino la de mostrar que es la emergencia de los sentimientos, el anhelo de amor, el deseo de mantener una relación afectiva enriquecedora y emocionalmente adulta, lo que se convierte en una fuerza trasformadora -a su modo transgresora-, capaz de romper el hechizo de la fantasía perversa.