Schopenhauer y Nietzsche'

Schopenhauer y Nietzsche' Daniel Rosell

Letras

Nietzsche contra los filisteos de la cultura

Acantilado publica, con traducción de Luis Fernando Moreno Claros, una versión de la tercera Consideración intempestiva del pensador alemán, donde exalta la filosofía de Schopenhauer y augura la decadencia de la cultura ilustrada

También: Arte, memoria y prodigio de las buenas letras

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“Me recreo en la idea de que pronto, alguna vez, el hombre se sienta hastiado de la lectura, y también de los escritores, que el erudito un día reflexione, haga su testamento y ordene que se queme su cadáver en medio de todos los libros, sobre todo sus propios escritos (...) ¿No llegará la época de tratar las bibliotecas como leña, pasto y broza? La mayoría de los libros, en verdad, ha nacido del humo y del vapor de las cabezas: pues así volverán a ser humo y vapor. Y si no tenían fuego en su interior, ¡que el fuego los castigue! De modo que sería posible que en un siglo futuro nuestra época se tuviera por un saeculum obscurum”.

Parece una profecía y, en efecto, lo es. Del mismo modo que, en cierto sentido, también es un retrato (por anticipado) de la sociedad digital en la que habitamos –un lugar donde nos espían sin cesar y los mecanismos de control sobre nuestra intimidad son absolutos– y en la que el objeto que simboliza la venerable cultura ilustrada (el libro) es considerado un artefacto arqueológico, salvo que se use como regalo, igual que un pañuelo de boutique. Vivimos una Nueva Edad Media Tecnológica.

El visionario de Nietzsche

Lo asombroso –o acaso no lo sea tanto– es que estas palabras, tan visionarias, fueron escritas hace más de siglo y medio, en 1874, por un hombre que, igual que Rimbaud tras contemplar el fuego de la alta poesía, acabó volviéndose loco.

Friedrich Nietzsche (1844-1900) apenas vivió media centuria. En ese breve tiempo le dio la vuelta por completo a la filosofía. Escribió este augurio sobre nuestro presente con sólo treinta años, cuando ejercía como profesor de filología clásica –antes, incluso, de haber terminado la carrera– en la universidad de Basilea, dos años después de haber conmocionado a su gremio con la publicación de El nacimiento de la tragedia (1872).

Friedrich Nietzsche

Friedrich Nietzsche

Había dejado de ser un ciudadano alemán para adquirir la condición (vitalicia) de apátrida y sus anhelos militares (intentó, sin éxito, combatir en la guerra entre Francia y Prusia) se redujeron a un mes como enfermero en Suiza, donde conocería de primera mano la difteria y la disentería.

No fue lo peor de su trayectoria: su libertad como docente universitario, y el rechazo a los estrechos métodos de la filología clásica instaurados por la escuela alemana –dogmáticos, rigoristas y eruditos pero también muertos–, provocaron una tormentosa ruptura con la jerarquía del mundo académico (que no le permitió saltar de la filología a la filosofía) y acabaría abocándolo a otra empresa mayor e incierta: la escritura.

Schopenhauer como educador

Nietzsche dejó la universidad y se precipitó, con una fuerza comparable a la que mueve a los grandes poetas, a entender a fondo su tiempo. De esta capital empresa, además de su filosofía, saldrían sus Consideraciones intempestivas, una serie de escritos sobre la modernidad de su tiempo, compuestos entre 1873 y 1876. Iban a ser trece, pero se quedaron en cuatro. En ellos recurría al legado cultural de la antigua Grecia para diseccionar la Alemania de su era, criticar a su gremio –los académicos y eruditos– y proponer un combate a muerte contra las anquilosadas instituciones culturales.

Eligió hacerlo a través del ejemplo espiritual de Schopenhauer, al que dedicó la tercera entrega de la colección, que ahora publica Acantilado con una nueva traducción, un prólogo y las fértiles anotaciones del germanista Luis Fernando Moreno Claros.

Portada del libro 'Schopenhauer como educador', de Nietzsche

Portada del libro 'Schopenhauer como educador', de Nietzsche

Este ensayo, que en realidad puede leerse como un desahogo íntimo, no es tanto un libro divulgativo sobre el pensamiento del padre del pesimismo filosófico como una gloriosa reivindicación de su espíritu. Schopenhauer, a ojos de Nietzsche, encarna la figura del genio: alguien que, en contra de la hostilidad de su época (la Alemania del Segundo Reich), piensa a la contra y despliega su visión del universo con una inusitada libertad.

“Ahí, en cada línea” –escribirá el joven filólogo en sus piezas biográficas– “veía yo un espejo en el que con terrible magnificencia contemplaba a la vez el mundo, la vida y mi propia intimidad, (...) allí veía yo la enfermedad, la salud, el exilio, el refugio, el infierno y el paraíso”.

Como explica Moreno Claros en su fantástica introducción al libro, el autor de El mundo como voluntad y representación había muerto un lustro antes del desvelamiento en la cúspide de su gloria (popular), después de haber sido ignorado durante décadas por la cultura oficial del régimen alemán. No es pues extraño que Nietzsche encontrase en él una figura a la que emular, un educador y un guía.

Schopenhauer era un filósofo práctico y accesible a pesar de su leyenda de ogro, que divulgó la disciplina de la metafísica hasta convertirla en una colección de consejos vitales. Era, igual que lo sería toda su vida su exaltado discípulo, un pensador brillante, un escritor eficaz y creativo y un fustigador del mundo de las mentiras, las medias verdades y las vanas apariencias, tres de los peores vicios que acostumbran a predominar en los mentideros culturales.

Arthur Schopenhauer retratado por Ludwig Sigismund Ruhl (1815)

Arthur Schopenhauer retratado por Ludwig Sigismund Ruhl (1815)

El arte, para Schopenhauer, era el único atenuante ante el sufrimiento, un consuelo ante la adversidad y la puerta de entrada hacia la verdadera espiritualidad. Éste era el sendero que el autor de Ecce Homo ambicionaba recorrer. Su vía de salida ante el vacío de la comunidad académica. El autor de Parerga y paralipómena fue el Sócrates de Nietzsche: una forma de hablar de sí mismo a través de una figura interpuesta.

En su reivindicación, Nietzsche proyecta muchas de sus ideas de aquel momento –crítico– en el que se quiebra su vínculo con la filología y se incorpora, sin más ayuda que su tesón y su talento, al campo del pensamiento a través de un vitalismo rebelde y valiente, que no disimula la verdad, sino que la exalta hasta cuando no sea motivo de celebración.

Schopenhauer fue un filósofo esforzado, eremita y, al tiempo, sensible ante los fuegos de una juventud deseosa de abrirse camino –a patadas, si fuera preciso– frente a las convenciones. Lo que une a ambos, además del idioma, es su fe ciega en el individualismo, la reivindicación militante de la sinceridad y la valerosa defensa de la autenticidad. Ese admirable deseo de no someterse, y por tanto no ser sometido, por ninguna clase ni especie de atadura social.

Los filisteos de la cultura

El cuestionamiento de la cultura institucional, representada por los que Nietzsche bautizaría como los “filisteos de la cultura”, a quienes Schopenhauer definió de esta forma: “Hombres sin necesidades intelectuales o espirituales, sin ninguna aspiración hacia el conocimiento y la lucidez, ni afán por el goce estético”, pero que “si la moda o la autoridad les imponen algún goce de este tipo procurarán soportarlo el menor tiempo posible, como si fuera un trabajo forzado”. Nietzsche es todavía más preciso: un cultifilisteo “se hace la ilusión de ser él mismo un hijo de las musas y un hombre de cultura”.

Dicho con otras palabras: existen toda clase de impostores en cualquier ámbito social –y especialmente en el terreno cultural–, personajes que predican lo que no practican y para los que la cultura, los libros o el arte no son más que herramientas narcisistas para el lucro personal y alcanzar una estima y consideración social que no se sustenta ni de su talento ni en su esfuerzo. ¿Quién no conoce a personajes de carne y hueso, con nombres y apellidos, que no respondan fielmente a este arquetipo?

Para Nietzsche estas figuras fueron, sobre todo, los catedráticos y eruditos de su tiempo, los filósofos de aula, aquellos que lo habían condenado al ostracismo por disentir de su autoridad, no someterse a la servidumbre voluntaria y atreverse a escribir y pensar con libertad, sin replicar sus preceptivas.

La reverberación de su drama particular se torna universal en este libro, porque estos mismos individuos, o sus hermanos gemelos, existen en el ámbito de la empresa, el periodismo, las artes o la educación, que el joven filólogo en rebeldía no entiende más que como el acto de liberar a los demás de las limitaciones que cual sociedad, ancestral o contemporánea, impone contra la autonomía de criterio.

A su manera, Nietzsche estaba retratándose a sí mismo en esta tercera Consideración intempestiva, proyectando además su forma de sentir la filosofía a partir de Schopenhauer, en quien encuentra el resplandor de lo extraordinario. A alguien que nos advierte sobre el egoísmo de los ricos, para los que el arte y el pensamiento son entretenimientos o signos de estatus, y la desconfianza ante el Estado, que ambiciona domesticar a la inteligencia para gobernar a ciudadanos útiles y obedientes.

Schopenhauer es como la llama que nos calienta cuando nos rodea esa soledad a la que la sociedad condena a todos los hombres libres, autónomos y honestos, cuya misión es denunciar la falsedad del mundo y edificar, sobre ella, un lugar donde nadie vuelva a mentirse más a sí mismo.