'Yi Yi'
'Yi Yi': la última obra cumbre de Edward Yang
La película del cineasta taiwanés, una de de las cumbres del cine contemporáneo, consagrada a contar la historia de los miembros de una familia de Taipéi a través de un niño, regresa a las plataformas audiovisuales en una versión restaurada
Con aplastante lógica infantil, el niño pregunta: “Papá, tú no puedes ver lo que yo veo y yo no puedo ver lo que tú ves. Entonces, ¿cómo puedo saber lo que tú ves?” Y ante la perplejidad del padre, añade: “Papá, ¿sólo podemos conocer la mitad de la verdad?”. “¿Qué?, no te entiendo” responde el progenitor, ya muy desconcertado. Y el niño aclara: “Solo puedo ver lo que tengo delante, no lo que tengo detrás. De modo que solo puedo conocer la mitad de la verdad, ¿no?”
Tras esta conversación, con una cámara fotográfica que le obsequia el padre, el chaval se dedicará a tomar extrañas fotografías de sus familiares y vecinos de espaldas, tratando de ayudar a los adultos a conocer la verdad que se les escapa y de este modo conocerse mejor a sí mismos. El niño se llama Yang Yang y es la figura central de la película familiar y coral Yi Yi, la última que filmó el taiwanés Edward Yang (1947-2007) antes de fallecer demasiado pronto de cáncer. Rodada en el 2000, llevaba años fuera de circulación, pese a ser una de las cumbres del cine contemporáneo. Regresa ahora en una copia restaurada y puede verse en Filmin.
¿Qué cuenta durante sus casi tres horas de metraje? Los vaivenes de los miembros de una familia de Taipéi. Arranca con una boda y se cierra con un funeral. Recorre por tanto el ciclo de la existencia, y afloran emociones, afectos, ambiciones, desmoronamientos, dudas, perplejidades, retos, miedos, primeros amores, segundas oportunidades… Y también apunta el tema de cómo los seres humanos tratamos de dar sentido a todo eso a través del lenguaje y de las historias que nos contamos. ¿De qué trata Yi Yi? De la vida. Ni más ni menos.
'Yi Yi'
Yang formó parte de lo que se llamó la nueva ola del cine taiwanés, que emergió en los años ochenta del siglo pasado como un soplo de aire fresco y un ciclón de creatividad. Los jóvenes cineastas que la conformaron consiguieron que las películas producidas en la isla circularan por los festivales y adquirieran relevancia internacional. La historia de la cinematografía taiwanesa es peculiar y está vinculada con los acontecimientos políticos que modularon el país en el siglo XX. Primero la ocupación japonesa que se prolongó de 1895 a 1945. Y después, como consecuencia de la guerra civil china, la larga dictadura bajo ley marcial del Kuomintang de Chiang Kai-Shek y sus sucesores; es lo que se conoce como el Terror Blanco, una etapa que va desde 1949 a 1987. Al final de este periodo empezó a gestarse el milagro económico que permitió la supervivencia política de la isla, enfrentada al régimen comunista de la China continental.
Si durante la ocupación japonesa el escaso cine que se produjo en Taiwan fue de propaganda de los invasores, la posterior dictadura impulsó a partir de los años sesenta lo que denominó el realismo sano. Consistía en películas que promovían los valores tradicionales, la positividad y el patriotismo. Es decir, un cine dócil, al servicio del poder. De modo que, cuando emerge la nueva ola, lo que estos directores tienen a sus espaldas es prácticamente un erial y todo por inventar. Hay un buen documental sobre este movimiento y el impacto que generó en el ámbito asiático: Flowers of Taipei: Twain New Cinema de Chinlin Hsieh.
Entre las figuras más destacadas de esta corriente figuran Hou Hsiao-Hsien, el autor de Ciudad doliente, Flores de Shangai y Milenum Mambo, que además coescribió y protagonizó una de las películas de Yang, Flores de Taipei, y Tsai Ming-liang, director de títulos como Viva el amor, El río y Stray Dogs. Algo más tarde llegó Ang Lee, más conocido por sus largometrajes estadounidenses como Brokeback Mountain o su cinta de artes marciales Tigre y dragón, pero que tiene una magnífica trilogía inicial taiwanesa sobre la familia y el choque entre lo moderno y lo tradicional.
Edward Yang y los directores de la nueva ola taiwanesa. De izquierda a derecha Wu Nien-jen, Hou Hsiao-hsien, Edward Yang, Chen Kuo-fu y Chan Hung-chih.
En cuanto a Yang, tenía formación como ingeniero informático, llegó al cine a principios de los ochenta y dirigió un total de siete largometrajes. Dos de ellos son especialmente relevantes. Por un lado, A Brighter Summer Day, de 1991, que en sus cuatro horas -aunque existe una versión recortada de tres- retrata a la juventud taiwanesa de los años sesenta, que creció bajo la dictadura, entre el idealismo, el materialismo, la represión y la fascinación por lo estadounidense. Y por otro, Yi Yi, su testamento cinematográfico, en el que, a través de tres generaciones de una familia, aflora el conflicto entre los viejos valores y el impulso capitalista en el Taipéi contemporáneo. Sin embargo, como sucede siempre con el gran cine, su mirada no se queda en lo local, sino que tiene una dimensión universal.
Poco después del arranque de la película en la larga escena de la boda, la abuela -la matriarca- sufre un desvanecimiento y queda en coma. Los médicos recomiendan a la familia que le hablen, para estimular los sentidos. Entonces la hija se da cuenta de que no tiene nada que decirle, siente un enorme vacío y se retira a un monasterio a hacer meditación. Su marido, el padre de familia, trabaja en una empresa de software para videojuegos en crisis, que busca desesperadamente un inversor. Uno de los candidatos es un japonés meditabundo, el señor Ota, amante de la música y proveedor de reflexiones como esta: “¿Por qué tenemos tanto miedo a las primeras veces? Cada día de nuestra vida es una primera vez. Cada mañana es nueva. Jamás vivimos dos veces el mismo día. Y no nos da miedo levantarnos cada mañana”.
'Yi Yi'
En la boda del inicio, el padre se cruza con un antiguo amor, una estudiante a la que dejó plantada sin darle explicaciones. Ella, que ahora está casada con un americano y vive en Estados Unidos, nunca se lo perdonó. Tratarán de retomar ese amor de juventud para acabar entendiendo que ya no hay posible vuelta atrás en lo que pudo ser y no fue. Esta relación se despliega en paralelo con el primer amor de la hija de la familia, Ming Ming, con el novio de una vecina de su edad. Yang construye escenas especulares en habitaciones de hotel de las dos parejas, un recurso que repite en varios momentos de la película, creando paralelismos o contrastes entre los diversos personajes.
La ciudad de Taipéi es el escenario que parece succionar a los protagonistas: como en esos planos generales de las minúsculas figuras de los jóvenes amantes que se encuentran bajo el puente de una autovía. La desorientación de los personajes sobre el rumbo de sus vidas es reforzada visualmente por Yang con el uso de reflejos y superposiciones en cristales y ventanas, que distorsionan la imagen y los aíslan.
'Yi Yi'
Hay otro personaje de cierta relevancia en Yi Yi, que tiene un papel entre bufo y patético: el cuñado -cuya boda es la del arranque-, un idiota ambicioso y condenado al fracaso personal, siempre desnortado, con proyectos absurdos, deudas y un matrimonio que hace aguas. Sin embargo, el verdadero centro de este largometraje coral es el niño, Yang Yang, en el que es evidente que el director se refleja.
Asistimos a su descubrimiento del mundo. En la boda sufre las bromas y burlas de las niñas, mayores que él, de las que después se venga en una escena deliciosa. En el colegio sufre acoso y de nuevo ejercita su venganza con un globo lleno de agua. Experimenta allí los primeros hormigueos del amor y el deseo erótico, escenificados en una escena prodigiosa en la que, por accidente, atisba las bragas de la niña de la que está prendado. En otra secuencia la ve nadar en la piscina y a partir de ahí pone todo el empeño en aprender a aguantar la respiración bajo el agua para perderle el miedo y culmina en otro momento portentoso en el que literalmente se lanza a la piscina (vestido, con lo que llega a casa empapado). Ritos de paso en el aprendizaje de la vida.
'Yi Yi'
En otra secuencia, mientras esperan el ascensor, observa con desacomplejado descaro infantil a una vecina que cubre sus ojos llorosos con unas gafas de sol y es reprendido por su padre. Yang Yang quiere entender cómo funciona el complicado mundo de los adultos. Si la película habla de la dificultad de buscar el equilibrio y la felicidad, se cierra proclamando que es la función del cine -de la cultura en general- tratar de explicar la vida y sus paradojas. En la emocionante secuencia final Yang Yang lee ante el ataúd de su abuela el discurso de despedida que le ha escrito. Entre otras cosas, le dice: “Abuela, ¿sabes lo que quiero hacer cuando sea mayor? Quiero contarle a la gente cosas que no sepan. Mostrarles lo que no han visto”. Es lo que hace Edward Yang en Yi Yi.