
Demi Moore, en 'La sustancia'
'La (sin) sustancia'
No se entiende el entusiasmo con este film que protagoniza Demi Moore, y que, como en 'Revenge', recurre a un feminismo de chichinabo
No fui a verla al cine porque me temía lo peor. Mi sexto sentido cinéfilo suele funcionarme bien y pocas veces descubro que se ha equivocado. Pero cuando llegó a las plataformas, comprobé una vez más que hoy día es muy difícil no ver una película (aunque lo logré con Titanic y Ocho apellidos vascos), así que me acabé tragando La sustancia.
Y la experiencia superó con creces mis intuiciones sobre el film de Coralie Fargeat (París, 1976), cuya primera obra, Revenge ya me dio mucha grima, pues era el sobado thriller de venganza femenina radical con excusa feminista (aunque cosechó abundantes felicitaciones, no me pregunten por qué).
Cada vez hay más películas que no entiendo. Igual me estoy haciendo viejo o igual el mundo se está volviendo cada día más idiota y más snob. La sustancia es una película irritante.

Demi Moore, en una imagen de 'La sustancia'
Como en Revenge, se recurre a un feminismo de chichinabo (en este caso, el maltrato social y laboral a las mujeres mayores de 50 años) para presentarnos una historia de body horror que no se aguanta por ninguna parte y que acaba como una película de la Troma, la productora del inefable Lloyd Kauffman (al que tuve el placer de conocer en el festival de Sitges y que nunca ha engañado a nadie con sus birrias ni pretendido jamás darle gato por liebre al espectador, a diferencia de la señora Fargeat, que tiene más cara que espalda), con el desperdicio de litros y litros de sangre que no sabes a qué vienen, como no sea que la cineasta no sabía cómo ponerle punto final a su engendro.
El experimento hace aguas
El argumento de La sustancia no supera la condición de ocurrencia. Veamos: una actriz, Elisabeth Sparkle, cumple los cincuenta años y es despedida de su programa de fitness. Se nos cuenta que fue una actriz cotizada y que hasta ganó un Oscar. Su jefe es un gañán (Dennis Quaid, totalmente sobreactuado) que se pierde por la carne fresca y se pone a buscarle sustituta.
Elisabeth piensa en proporcionársela gracias a La sustancia, un invento inyectable que, en teoría, te devuelve la perdida juventud. La cincuentona es Demi Moore (aunque ya tenga 62 años) y su interpretación ha sido muy alabada: suena para un premio de la Academia, aunque lo suyo no sobrepase lo correcto, ¡bastante ha hecho pechando con esta trama absurda, mínima y con más agujeros que un queso Emmental!

Margaret Qualley es Sue, en 'La sustancia'
A Elisabeth, tras ingerir La sustancia, se le abre la espalda y sale de su cuerpo la joven Sue (Margaret Qualley), una preciosidad de chica que será su sustituta en el programa del gañán sobreactuado (qué poca ambición por parte de Elisabeth, ¿no? Si fue una actriz ganadora del Oscar, ¿por qué no apunta más alto y se conforma con presentar un programa ridículo?).
Evidentemente, el experimento hace aguas y Elisabeth acaba hecha un monstruo. Luego se cabrea y se va a presentar un acto en Hollywood (no se entiende cómo llega ni cómo la dejan entrar) y acaba arrojando miles de litros de sangre sobre la sorprendida parroquia. Después se muere. Fin.
La curiosidad mató al gato
La idea inicial tal vez daba para un corto, pero noventa minutos se le hacen tremendamente largos. Mientras veía La sustancia, me acordé de otro pestiño similar que ya me sacó de quicio en el 2021, Titane, de Julia Ducournau, una memez sobre una chica que tiene sexo con un coche y que pretendía mostrar la inspiración de David Cronenberg, un referente también para la señora Fargeat. Parece que Francia es una mina de directoras pretenciosas que te cuelan chorradas máximas como si fuesen obras de arte.

Demi Moore, en 'La sustancia'
La sustancia te permite mantener un cierto interés durante la primera media hora, pero lo pierdes a partir de ahí, cuando ves que su autora ya no tiene nada más que decir y todo deriva hacia un gore grotesco que no va a ninguna parte.
De verdad que no entiendo el entusiasmo que ha provocado esta cinta falsamente feminista cuyas posibles buenas influencias (Cronenberg y tal) han sido totalmente tergiversadas por su autora, que no ha entendido nada del body horror del cineasta canadiense y se ha limitado a jugar a cocinitas con sus premisas.
En resumen, estamos ante una imbecilidad de lo más irritante cuyo visionado hay que evitar, aunque Movistar y Filmin nos la hayan colocado a un click de distancia. No es fácil (yo no lo he conseguido), pero ustedes pueden intentarlo. Y recuerden: la curiosidad mató al gato (o al cinéfilo).