El óleo de José Aparicio ‘El año del hambre de Madrid’ (1818), hoy en depósito en el Museo de Historia de Madrid.
José Aparicio, el mediocre artista que derrocó a Goya
El Museo del Prado recupera el lienzo más célebre del pintor favorito de Fernando VII, ‘El año del hambre en Madrid’, para reflexionar sobre la fortuna artística y la construcción del canon
Durante algún tiempo, en el primer tercio del siglo XIX, el alicantino José Aparicio Inglada (1770-1838) fue uno de los artistas más apreciados de España. Gozó de fama y poder, estuvo en la cumbre de la pintura, en la que tejió desde postulados neoclásicos una retórica de gran eficacia propagandística, y se situó entre los preferidos de Fernando VII. Sin embargo, la caída del absolutismo y el vuelco estético lo empujaron a la orilla en sombra de la Historia del Arte.
Aparicio ilumina otros tiempos que fueron –con su verdad, su fracaso y su sentido– a través de su obra más célebre, El año del hambre en Madrid (1818). El cuadro, depositado en un centro museístico de titularidad municipal, retorna de forma temporal al Museo del Prado para proponer una reflexión sobre la fortuna artística, la invención del gusto, el papel de la crítica y el impacto de las instituciones a la hora de fijar el canon y decidir qué se tiene ver y qué ocultar.
Aguafuerte del ‘cuadro del hambre’ de José Aparicio, fechado en 1820.
El lienzo –de grandes dimensiones: supera los cuatro metros de ancho y los tres de alto– es hoy desconocido, aunque colgó en una de las salas principales del Prado en su apertura, en 1819, eclipsando a Francisco de Goya y José de Madrazo. En la actualidad, se considera, sencillamente, una obra trasnochada, un derrape del Neoclasicismo. Su derrumbe es estruendoso: de ser la metáfora visual del siglo XIX español a ilustrar apenas un episodio histórico local.
Porque El año del hambre en Madrid nació ligado a una memoria reciente y dolorosa: la dramática hambruna sufrida por la capital durante la ocupación napoleónica en 1811 y 1812. La carestía de alimentos –el aislamiento geográfico se sumó al abandono de las cosechas y al agotamiento de las reservas de cereales tras años de guerra– acabó con la vida de más de veinticinco mil madrileños en una ciudad de 175.000 habitantes.
Quienes contemplaron el cuadro de José Aparicio por primera vez en el Museo del Prado en 1819 vivieron aquella tragedia en primera persona. Incluso, podían reconocer sin esfuerzo el lugar de la escena: unos soportales próximos a la Plaza Mayor, en el centro de la capital. “En vano se llegó al extremo de dar patente de comestibles a las materias y animales más repugnantes”, recordaría Ramón de Mesonero Romanos, cronista de la Villa.
Parodia del cuadro de Aparicio publicada con el título ‘El hambre de ahora’ en El Buñuelo el 15 de julio de 1880.
El pintor alicantino convirtió este episodio de su época en una pintura de historia. Hizo del presente una escena con ecos antiguos y ambición de memoria. Para lograrlo, José Aparicio siguió los dictados de su maestro, Jacques-Louis David, con quien se formó durante sus estudios pensionados en París: pocas figuras dispuestas con claridad, cuerpos monumentales, gestos medidos y emoción contenida. En concreto, la obra representa a unos oficiales franceses que ofrecen alimentos a un grupo de madrileños –famélicos, harapientos, moribundos– que rechazan la ayuda. El gesto es simple y feroz: aceptar significa sobrevivir; negarse, afirmar una lealtad que puede costar la vida. Abundan los símbolos de la escasez: el bebé fallecido, las lágrimas del adolescente, un plato boca abajo, la cuchara vacía.
Destaca en el centro un anciano vestido a la manera clásica que sostiene en su hombro a un muchacho mientas recoge en su regazo a una mujer ya muerta, junto a su niño pequeño. A su lado, un hombre, con las piernas hinchadas y deformadas a causa de la desnutrición, come mondas de berzas y almortas. Otra mujer, con un bebé en brazos, trata de impedir que un majo madrileño, tocado con un sombrero de medio queso, agreda a los soldados galos.
Imagen de ‘El año del hambre de Madrid’, en la sala 66 del Museo del Prado.
Claro que la tragedia se convierte aquí en una alegoría política: la heroicidad de los madrileños al rechazar el auxilio del ejército invasor y la fidelidad al monarca tras regresar del exilio. La inscripción en letras capitales en una de las pilastras de la escena –“Constancia española… Nada sin Fernando”– transformaba un desastre humanitario en un instrumento de legitimación para el gobernante absolutista.
Aclamado como un gran hito artístico de su tiempo, el lienzo El año del hambre en Madrid tuvo un destacado protagonismo entre las 311 obras que colgaron en 1819 en la inauguración del Museo Real de Pintura y Escultura –denominación inicial del Museo del Prado– frente a Francisco de Goya, aún limitado en aquella primera selección a su faceta de retratista cortesano (Carlos IV a caballo, 1799-1800).
La tela se difundió en estampas y, sobre ella, circularon poemas y canciones en la prensa, que se ocupó de amplificar su popularidad. “Mas todo en vano fue: bárbaro estrago / mientras el hambre en la ciudad hacía, / la muerte ya con silencioso amago / señalaba sus víctimas impía. / Busca en la madre cariñoso halago / el tierno infante que en su amor confía, / seco el pecho encontrado: ella le mira, / y horrorizada el rostro de él retira”, escribió José de Espronceda.
Recreación del “salón tercero” del Museo del Prado en 1819, con el lienzo de José Aparicio.
La caída en desgracia del cuadro del hambre fue política antes que artística, y coincidió con la Revolución Gloriosa de 1868, cuando el discurso liberal hizo incompatible la exaltación de Fernando VII con la nueva narrativa del museo nacional. Si Aparicio optó por una retórica académica y un heroísmo estático para ensalzar el régimen absolutista, Goya capturó la violencia descarnada y universal, relegando al alicantino a las notas a pie de página de los libros de Historia.
En esa estirpe liberal, que continuaría con el Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga de Antonio Gisbert y que, de algún modo, remata en el Guernica de Picasso, el lienzo de Aparicio no tiene cabida, por lo que iniciará un largo periplo de depósitos en otras instituciones que arranca en el Ministerio de Fomento en 1874 y culmina en el Museo de Historia de Madrid, donde se exhibe de forma regular desde su llegada en 1927.
En consecuencia, la actual propuesta del Museo del Prado –abierta hasta el 13 de septiembre– no viene a ser una reivindicación, sino una explicación de su auge y su olvido. En un interesante ejercicio de revisión sobre la construcción del canon, El año del hambre en Madrid regresa con todo lo que arrastra consigo: el recuerdo de una catástrofe, la ambición política con la que fue concebido, los malentendidos en su recepción y la erosión de su prestigio.