Cubierta de 'Las aventuras de Robert Crumb'

Cubierta de 'Las aventuras de Robert Crumb' ROBERT CRUMB

Artes

Robert Crumb: vida y milagros de un artista seriamente abollado

El periodista y comisario de arte Dan Nadel publica una biografía del dibujante norteamericano, gurú de la contracultura y el historietista más influyente del siglo XX, donde ofrece una visión totalizadora de su vida y de su obra

Llegir en Català
Publicada
Actualizada

En alguna de sus escasas entrevistas Francisco Ibáñez declaró que su posible biografía se escribía pronto y, además, carecía de todo interés. La trama principal —y casi única— consistía en pasarse más de doce horas diarias delante del tablero del dibujo donde los jefazos de Bruguera le confinaban, galeote de la tinta y la viñeta, para que acabara sus series de Mortadelo, El botones Sacarino o Rompetechos. La declaración no era cien por cien verdad, pero tampoco del todo mentira. Algunas de las aventuras vitales de los historietistas españoles han sido magníficamente ilustradas por Paco Roca en el El invierno del dibujante, donde se narra el intento de liberación de su casa editorial —sin mucho éxito— de  Escobar, Cifré o Peñarroya. También existe la película El gran Vázquez donde Óscar Aibar filma un largometraje de ficcion —con un pie en lo verosímil y otro en lo fantástico— basada en la exagerada vida del legendario autor de Las Hermanas Gilda.

Resulta revelador que esos acercamientos al gran público de nuestra historia del cómic —valiosos pero todavía escasos— se realicen de la mano del propio tebeo o del cine, medios tradicionalmente considerados subalternos. Que tampoco sean estudios completos o contextuales. La feliz excepción la encontramos con la crónica autobiográfica de Nazario, cuyas correrías en la Barcelona de la contracultura y El Rrollo tuvieron cierta repercusión. El resto es estudio universitario o de nicho. En las antípodas de ese desinterés y de esas vidas consagradas casi exclusivamente al trabajo y la supervivencia, encontramos la biografía que hoy nos ocupa. 

Robert Crumb (2014)

Robert Crumb (2014)

“Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse... Todavía no soy un santo. Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio” declaró Truman Capote en su autoentrevista incluida en Música para camaleones. Palabras nada ajenas al espíritu de la vida turbulenta de Robert Crumb (Filadelfia, 1943) que, a la luz de lo leído, podría resumir su propio lema vital en algo así como: “Soy misógino. Soy racista. Soy un desastre con patas. Soy el dibujante de tebeos más importante de la historia”. Tampoco le resulta ajeno lo del flagelo: buena parte de su obra gráfica consiste en ver cómo se arrea con ganas con el látigo de su talento y su vagancia, con sus culposos pactos entre el mercado y la libertad, con sus negociaciones entre el deseo de ser un padre más o menos digno y un esposo honesto con sus parafilias sexuales de sátiro. 

¿Qué extraña forma de vouyerismo nos lleva a querer saber más de la vida de un artista? ¿Qué demonios creemos que podemos sacar del escrutinio de sus días y sus noches? Como si conocer sus traumas infantiles nos llevara a comprender el misterio revelado de su arte. La trastienda de a saber qué magia. Preguntas como esas, y otras menos trascendentes y más mundanas nos asaltan cuando abordamos la lectura de Crumb, Vida de un Historietista, escrita con mimo, paciencia y talento por Dan Nadel y publicada en español ahora —primorosamente, con una portada del biografiado— por Es Pop Ediciones. Más de cuatrocientas páginas de sexo, drogas y paleofolk.

La culpa, tal vez, la tuvo Giorgio Vasari que, allá por 1150, escribió Las vidas de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos, considerado como el primer tratado de historia del arte, que ademas da buena cuenta de la vida de más de un centenar de artistas. La información aportada es de una fiabilidad relativa: Vasari a menudo se pierde en anécdotas, mitomanías y chismorreos de credibilidad variable —lo que de verdad nos gusta—, que van a más cuanto más tiempo separa al escritor del personaje sobre el que escribe. Las biografías artísticas han seguido con fruición ese camino.

La que nos ocupa no lo hace. Empieza canónica, minuciosa hasta decir basta, con los detalles de la familia Crumb. Una suerte de precuela de los Panero de El Desencanto pero desde la Norteamérica profunda: con sus heridas, sus celos artísticos, sus maltratos y sus enfermedades mentales. Hasta ese momento uno teme que la cosa se salga de madre. Tememos que Nadel se pase de detallista. Parte de culpa es del propio Crumb que, en un gesto que lo dignifica, ha dado acceso total a todo su archivo personal —recuerden: el archivo personal de un coleccionista compulsivo— a la par que la libertad total para explicar lo que le venga en gana y de la manera que le venga en gana. Así, se nos detallan cartas, dibujos animados, fanzines familiares, viajes, compras y hasta discos —de pizarra, del folk anterior a la Guerra Mundial— escuchados. Siguiendo su dictado uno podría reconstruir esos años con una fidelidad terrorífica, como aquellas plantas con que el hospital-museo que en la novela El refugio del tiempo, de Gueorgui Gospodínov, pretendía ayudar a los enfermos de Alzheimer, reconstruyendo con minuciosidad el periodo en cuestión. 

'Vida de historietista'

'Vida de historietista' ES POP EDICIONES

Pero, sobrepasado el umbral de las cien páginas, la cosa se pone interesante. ¡Qué bien que decidimos leerla! Nadel entiende bien las enseñanzas de los teóricos de la no ficción, que explican la importancia de que las obras documentales se sometan a las reglas tradicionales de la narrativa. La vida no necesita escaleta; la biografía, sí. Así, una buena obra documental necesita giros de guion, arco de personaje, intriga y tema principal. A estas alturas, nos damos cuenta de lo que el viaje que se nos propone, en estricto orden cronológico, no va solo de un individuo. Es una historia colectiva que comprende los últimos sesenta años de la cultura popular de Estados Unidos con el campamento base en la costa Oeste y el nacimiento de cabeceras que pusieron patas arriba lo que se entendía por arte.

El impacto de esos tebeosZap Comix, Weirdo— no se explica únicamente por su contenido escandaloso, sino por su reformulación del propio lenguaje del medio. Nadel detalla cómo Crumb y su entorno entendieron que la historieta podía ser un espacio de experimentación formal tan legítimo como la novela o el cine de vanguardia. La viñeta deja de ser un contenedor funcional para convertirse en un campo de tensiones: densidad gráfica extrema, textos largos, ausencia de concesiones al ritmo comercial. Desde una perspectiva histórica, operan como una ruptura comparable a la Nouvelle Vague en el cine o al free jazz en la música.

No es casual que el ecosistema cultural sea el mismo: drogas, politización difusa, rechazo de la autoridad, fascinación por lo marginal. Pero, como bien señala el autor, Crumb nunca fue un hippie ortodoxo. Desconfiaba del optimismo, del amor libre entendido como consigna obligatoria, de la espiritualidad de manual. Su contracultura es amarga, desconfiada, profundamente misántropa. Entre los grandes personajes de Crumb, Mr. Natural ocupa un lugar central porque encarna una de sus obsesiones más persistentes: la burla del gurú, del maestro espiritual, del iluminado profesional.

Más cosas buenas: uno de las principales aportaciones de Crumb —y aquí Nadel es perspicaz en cómo aborda la biografía en un sentido contrario— es haber entendido antes que nadie que la propia vida podía ser material narrativo sin necesidad de redención o filtros de belleza. Sus cómics autobiográficos no buscan comprensión o empatía. No hay aparente lección moral. Parece que no haya aprendizaje. Mucho antes de que la autoficción se convirtiera en moneda corriente en la literatura contemporánea, Crumb ya estaba desplegando una forma radical de autorretrato despreciable. Donde otros artistas utilizan la confesión como reclamo, Crumb la emplea como arma arrojadiza contra sí mismo. Se dibuja mezquino, patético, ridículo, sexualmente abyecto. Su yo entendido como un vertedero. 

Cómic de Robert Crumb: ¡Sálvese quien pueda!

Cómic de Robert Crumb: ¡Sálvese quien pueda!

Nadel hace exactamente lo contrario, lo rehabilita como persona sin dejar de mentar cada una de sus grietas. No se deja de pisar ni un solo charco, pero tampoco de mentar cada uno de sus hallazgos: desde las nefastas caricaturas del afroamericano despersonalizado, al homenaje sincero de sus principales héroes de blues que cambia por discos de pizarra. Su ofensiva por derribar todo tabú ético o sexual al lado de sus traiciones o incapacidades personales. El tipo que tiene problemas para llegar a fin de mes mientras levanta una estética tan reconocible, popular e imitada como la de Walt Disney o Charles Schulz. 

Y en esos claroscuros resulta extrañamente convincente. Aquí hay evolución artística y personal. Dudas y reflexiones. El libro trata de explicar el gran trecho que va de ser el creador de los tebeos más mostrencos de la contracultura hasta el tipo que se encierra en una cabaña durante meses para convertirse en el primer ilustrador fiel del libro del Génesis y es consciente de que muchas de sus imágenes ya no pueden leerse como en los sesenta o los setenta. No solo la sensibilidad y el contexto han cambiado, también su sensibilidad y su contexto. Lejos de reaccionar con victimismo, Crumb opta por una retirada lateral: Francia, vida rural, trabajos más clásicos, colaboraciones con su compañera Aline Kominsky y haciendo de editor de otras autoras feministas. No hay arrepentimiento público ni ajuste de cuentas, pero sí una mirada retrospectiva.

En definitiva, se nos muestra el chaval acomplejado y sorprendido por el poder sexual que le de la fama, pero también el cuidado de los últimos años para sus hermanos enfermos, hijos o amantes. El abuelito que sobrevive en un pueblo francés, soportando como puede la muerte de su esposa se da la mano con el reputado artista internacional que vende sus obras en las mejores galerías del mundo, deja que marcas de lujo utilicen sus dibujos o escucha como los más importantes creadores de novela gráfica del siglo XXI —Sacco, Ware, Burns, Seth, Spiegelman, Satrapi— remarcan su magisterio. Sin él no se entiende la epopeya emprendida por obras posteriores que conquistaron las cabeceras de las mejores obras literarias. Crumb sigue encarnando una paradoja difícil de digerir: la de un creador que en ocasiones resulta profundamente antipático cuya obra ocupa, sin embargo, un lugar central en nuestro canon.