
Anna Bofill Barcelona
Anna Bofill: "El problema del exceso de coches en Barcelona se debía de haber resuelto de otra manera"
La arquitecta barcelonesa, defensora del urbanismo feminista, rememora la Barcelona de los años ochenta y reflexiona sobre cómo la perspectiva de género ha contribuido a ampliar el concepto de integración social en las grandes ciudades
Arquitecta y compositora, Anna Bofill fue una pionera de la música electroacústica. Tras formar parte durante muchos años del Taller de Arquitectura, un colectivo de profesionales entre los cuales estaba su hermano, Ricardo Bofill, responsable de obras tan icónicas como el Edificio Walden 7 o el Barrio Gaudí de Reus, Anna Bofill comenzó su andadura en solitario abriéndose camino en una sociedad que entonces cerraba las puertas a las mujeres. Persistente, firmó obras como la estación de Renfe de Plaza Cataluña, el Instituto Ernest Lluch o la Escuela integral de Enseñanzas Artísticas de Tárrega. Fue una de las primeras en hablar de arquitectura feminista y diseñar proyectos en función de la óptica de las mujeres y de su manera de observar y habitar el territorio.
Empecemos por la imagen de esa niña que se escondía debajo de la cama para escuchar las clases de piano que recibían sus hermanos.
Desde niña tuve sentido del ritmo; de hecho, cuentan que, siendo muy pequeña, me ponían sobre la mesa, me hacían palmas y me cantaban y yo seguía el ritmo, puesto que, desde temprano la música me atraía. Mi hermano mayor, que murió siendo adolescente, cuando yo tenía ocho años y él quince, tocaba muy bien el violín. Recuerdo volver del colegio y encontrarme con él en casa tocando; me quedaba embelesada escuchándolo tocar el violín, pero también el piano.
Usted quería estudiar música en Italia.
Sí, pero mi madre no me dejó, a pesar de ser italiana y de tener familia en Italia. Quería estudiar en Roma, donde vivía una tía que me quería mucho, pero mi madre temía que si me iba me podía perder. Ella ya había perdido a un hijo, así que no me dejó. No tenía lógica alguna, era una reacción sentimental, pero fue así y no hubo nada que hacer.

Entrevista a Anna Bofill Barcelona
Si hubiera sido un chico a lo mejor las cosas hubieran sido distintas.
Sin lugar a dudas. Si hubiera sido niño hubiera ido sin problemas. Pero era la niña de la casa y las hijas, en aquella época, tenían que estar en casa, acompañar a sus madres, estar a su lado hasta el día en que se casaban.
A diferencia de sus hermanos, usted estudió en la escuela italiana de Barcelona
Sí, en esto también hubo diferencias por el simple hecho de que yo era niña. Ellos fueron al colegio francés que, por entonces, estaba dividido en dos: la parte francesa y la parte española. Muchas familias, como la mía, enviaban a sus hijos a los jesuitas, reconocidos por ser buenos educadores. El director de la parte española del colegio francés era un hombre liberal, abierto, pero rígido y exigente. Por lo que se refiere a mí, fui a la escuela italiana para mantener la lengua materna y conocer la cultura de donde provenía mi madre. He de decir que estoy muy agradecida de que decidieran enviarme allí, porque la formación italiana me ha servido una barbaridad.
Le debo mucho a la cultura que me dieron en la escuela, una cultura que, evidentemente, luego fui ampliando de manera autodidacta, a través de los libros que había en casa y los que empecé a comprarme cuando fui adolescente. Para mí fue esencial estudiar cuatro años de latín; recuerdo a un profesor de matemáticas que despertó mi amor por los números y a mi profesora de filosofía. Ella nos dio unas bases muy buenas tanto por lo que se refiere a lo humanístico como a lo científico, puesto que en el estudio de la filosofía la ciencia también estaba presente.
En más de una ocasión ha reivindicado el diálogo entre lo humanístico y lo científico.
Yo era alguien que tenía intereses en distintos campos de la ciencia y de las letras: me interesaba la filosofía, pero también en las matemáticas, así como la ciencia. He realizado piezas de música basadas en conceptos de biología o de neurociencia. El cerebro y su estructura me interesan mucho y, de hecho, estoy muy atenta a las investigaciones en neurociencia.
Pienso en su primera obra musical, Esclat, de 1971, que dialoga en cuanto a composición con el edificio Walden 7, en cuyo diseño usted trabajó.
Entre la arquitectura y la música siempre ha existido diálogo. Por lo que se refiere a Esclat y el edificio Walden 7 hay que tener en cuenta que yo llevaba diez años trabajando los volúmenes en el espacio con el objetivo de construir conjuntos habitacionales complejos. Por entonces, en el Taller de Arquitectura, donde estuve hasta 1982, estábamos muy interesados con el problema de la vivienda. Fui trabajando estas cuestiones cuando me di cuenta de que, si se manejaban los volúmenes de una manera racional, aplicando los criterios de la geometría y de las matemáticas, podíamos conseguir resultados muchísimo más interesantes.
Ahora con los ordenadores todo es más fácil. Nosotros lo hacíamos todo a mano, recurriendo a fórmulas matemáticas. Ahora se habla mucho de la inteligencia artificial generativa, pero nosotros hablábamos de generación de espacios a través de la repetición, un concepto que, a su vez, es perfectamente aplicable a la música. De lo que se trataba era de la repetición y de la suma de unos elementos básicos para generar volúmenes que, a su vez, se repetían creando una especie de tejidos. En otras palabras: lo que buscábamos era desdoblar y reproducir muchas veces los módulos habitaciones siguiendo unas determinadas leyes de composición de carácter matemático.
¿Esta idea de multiplicar módulos habitaciones creando una especie de tejidos era el resultado de esa idea de querer construir para la gente, sobre todo para aquellos a los que no se solía tener en cuenta?
Exactamente. Detrás de todo esto estaba la intención de crear espacios más habitables, entornos agradables y seguros con el fin último de la integración. El concepto de integración lo fui asumiendo y trabajando mejor a partir de interesarme por la cuestión de género.

la estación de Renfe de Plaza Catalunya
¿La llamada arquitectura feminista?
Efectivamente. Fue a partir de los ochenta cuando comencé a investigar en los estudios que se realizaban en Estados Unidos, Inglaterra y Alemania sobre un urbanismo y auna arquitectura que tenía en cuenta a las mujeres, sus necesidades y su forma de habitar los espacios. Para algunos hablar de una ciudad feminista era hablar de un proyecto utópico, pero solamente es utópico si se plantean objetivos muy amplios y lejanos. Sin embargo, hay ideas aparentemente utópicas que se pueden convertir en realidades.
De hecho, antes incluso de los ochenta, llevamos a cabo proyectos que antes habrían sido considerados irrealizables. Y lo hicimos siguiendo en parte las ideas de Lefebvre acerca de la construcción de una sociedad socialmente correcta que, evidentemente, tiene su plasmación en ciudades inclusivas, mixtas, flexibles, de distancias cortas... A todos estos conceptos añadí la reflexión feminista. Mirar desde la óptica de las mujeres, incluyéndolas en la reflexión de los espacios, permitía a su vez incluir a los niños, a los ancianos y a personas de otras culturas y etnias. La mirada feminista enseñó a mirar la cuestión de la vivienda y de la ciudad con los ojos de los demás.
¿Países como Inglaterra, están más adelantados en estas cuestiones?
Lo estaban. Inglaterra lo estuvo sobre todo cuando tuvo gobiernos laboristas, puesto que construyeron viviendas destinadas a la población migrante y con una perspectiva feminista. Sin embargo, con la llegada de la Thatcher se acabó. Se lo cargó todo.
El tema de la vivienda es hoy uno de los grandes problemas de Barcelona. ¿Cómo ve la ciudad ahora?
Creo que no estamos bien orientados respecto a lo que necesita la ciudad. Yo soy alguien de izquierdas, lo que sucede es que a veces se confunden términos y no se enfoca bien. Personalmente los proyectos que destruyen el plan Cerdà no me interesan y no los comparto en absoluto. Creo que el problema del exceso de coches se debía de haber resuelto de otra manera. Con el plan Cerdà Barcelona ya era una ciudad pensada para la gente que caminaba. Cerdà hizo una doble malla: una circulatoria por la que, entonces, pasaban los carruajes y, posteriormente, los coches, y una peatonal que se extendía por dentro de las manzanas. El transeúnte podía pasar dentro de las manzanas, que estaban ajardinadas. Las dos mallas, la circulatoria y la peatonal, no se superponían. Lo que pasó con el tiempo es que se fue ocupando el espacio y construyendo hasta el punto de que se volvió imposible transitar por medio de las manzanas.

Entrevista a Anna Bofill Barcelona
En mi opinión, lo que debería hacerse es intentar recuperar estas manzanas. Algo ya se ha hecho: hay más de cien manzanas han sido recuperadas para los peatones. Y debería seguirse, porque para mí esta es la operación interesante que está por realizar en Barcelona, no cortar la circulación de determinadas calles para convertirlas en peatonales. Lo que consigues con esto es beneficiar algunas calles y empeorar las demás, donde se acumula el doble de coches. Para evitar que entren coches en la ciudad habría que aprender de lo que hace Alemania: en muchas ciudades alemanas han construido parkings a las afueras y se han puesto autobuses que llevan a la gente a la ciudad. De esta manera, los coches no entran.
En los ochenta dejó el Taller de Arquitectura en el que trabajaba en un equipo.
Sí, poco antes habíamos intentado llevar a Francia nuestro sistema modular para vivienda social, pero allí la vivienda social tenía y tiene unas ordenanzas muy estrictas que solo permiten hacer bloques. Quizás si hubiéramos planteado hacer viviendas de lujo hubiéramos tenido más suerte, pero con la vivienda social no pudimos hacer nada. Mi hermano quería quedarse en Francia y construir allí; montó un estudio en París, pero evidentemente sus objetivos ya eran distintos a los que teníamos en Barcelona.
Además, en un primer momento, con esas ordenanzas tan estrictas, lo único que podía hacer era fachadismo, es decir, bloques con una fachada decorada. A mí esto no me interesaba. Yo quería seguir investigando. Fue entonces, además, cuando descubrí las teorías feministas aplicadas a la arquitectura. Dejé el estudio y empecé a trabajar por mi cuenta. Tenía que vivir, así que empecé a buscar proyectos. Los hice a otra escala con respecto a los que llevaba a cabo mi hermano, porque no tenía ni las herramientas ni sus posibilidades financieras ni tampoco el equipo adecuado. Sin embargo, estoy muy orgullosa de esos proyectos a pequeña escala. Actualmente, muchos de esos proyectos están expuestos en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona (ETSAB).

Instituto Ernest Lluch
Es un importante reconocimiento.
Sin duda. Estoy muy contenta de que estén ahí, porque son proyectos pequeños pero interesantes que han marcado mi trayectoria: colegios, escuelas de arte, viviendas sociales…
Estos proyectos intervienen en el tejido urbano. ¿Tiene la impresión de que la arquitectura y los responsables del urbanismo se han olvidado a veces que se construye para habitar y han buscado la obra espectacular?
Sí, se ha buscado mucho la marca. No son pocos los alcaldes que han contratado edificios emblemáticos con el único propósito de que su nombre quedara asociado a un determinado edificio y a su arquitecto, con el propósito de decir que “este edificio se construyó bajo mi alcaldía”. Esto ha sucedido siempre: desde Hausmann en París siempre se ha asociado el poder con la arquitectura, con los gestos arquitectónicos. De todas maneras, diría que algo está cambiando y que cada vez más se presentan propuestas más modestas, sostenibles y con perspectiva de género. Todavía queda mucho por hacer a la hora de dar respuestas innovadoras y progresistas ante el reto de pensar una sociedad más inclusiva, pero estamos en buen camino.
Usted fue pionera en la música electroacústica y se abrió camino en la arquitectura. ¿Tuvo que romper muchos techos de cristal?
Es lo que me tocó. Si hubiera nacido más tarde hubiera tenido más oportunidades. Porque a partir de los 80 las puertas se fueron abriendo para las mujeres. Pero yo empecé la adolescencia a finales de los 50. No fui mayor de edad hasta los 21, y tuve que pedir un permiso a mi padre para casarme con 20 años. Cuando me casé no pude abrir una cuenta bancaria sola, sino que la tuve que abrir con mi marido, que me tenía que dar permiso para casi todo. Era terrible lo mal que estábamos entonces las mujeres. Y si, como era mi caso, tenías ideas y no te querías amoldar, te tachaban de loca. Mi propia familia me consideró loca por romper moldes, porque quería conocer, saber y hacer cosas por mi cuenta. Lo que me gratifica y me satisface es haber podido ser una especie de referente para otras mujeres con mi ejemplo.
Es esencial para las siguientes generaciones tener mujeres como referentes, pero todavía hay pocas.
Esto es clave, pero no se puede decir que haya pocos referentes. En arquitectura, música, ciencias, etcétera hay muchas mujeres que están en primera línea. Otra cosa es que en los medios deberían tener más presencia. Siempre he intentado visibilizar el trabajo de las mujeres, en concreto, de las mujeres compositoras. Cuando hice Cartografías del deseo a partir de la obra de Maria Mercè Marçal incorporé piezas de compositoras que apenas se conocían. En medio de cada dramatización incluí piezas compuestas de mujeres. Y en las obras de teatro en las que trabajé, también usé música compuesta por mujeres. Era mi manera de darlas a conocer.
Y lo mismo he intentado hacer con el trabajo de muchas arquitectas, un trabajo de visibilización que ha permitido que se me visibilice a mí también. Le debo mucho a las investigadoras que han estudiado mi trabajo en solitario. Ahora, se está haciendo una gran labor de recuperación de la obra de muchas mujeres. Hace unos días estuve en Madrid y fui a ver en la Fundación Mapfre la espléndida exposición Otros surrealismos y fue interesantísimo ver la obra de tantas mujeres expuestas.

Entrevista a Anna Bofill Barcelona
Ahora usted se siente reivindicada, pero ¿el apellido le ha pesado mucho?
Sí, ha llegado algo tarde el reconocimiento… Era difícil entonces aparecer y ser reconocida como autora con un apellido como el mío y la figura de mi hermano al lado. De hecho, realicé unas casas en Perpiñán y, cuando hice un viaje para mostrarle a mi pareja cómo habían quedado, descubrí que las estaban vendiendo como una obra de mi hermano para así comercializarlas más rápidamente y a mejor precio. Por esto, los ochenta fueron tan importantes para comenzar a reivindicar la autoría propia, porque fue una década en el que el feminismo tomó mucha fuerza.
Recuerdo, por ejemplo, que fue entonces cuando el Istituto Italiano de Cultura de Barcelona invitó a Luisa Muraro y Lia Cigarini, dos italianas pertenecientes a la escuela feminista Diotima de Verona. Vinieron a presentar Non credere di avere diritti, un texto clave para el feminismo italiano y que, tiempo después, Maria Cinta Montagut tradujo al castellano. Recuerdo ir a escucharlas y de ese encuentro nació una buena amistad que todavía perdura. Estaba muy de acuerdo con su feminismo de la diferencia. Obviamente, debe existir la igualdad, pero como señalé hace unos días en Alicante al recoger un premio, hay que asumir las diferencias e incluirlas en todas las políticas.
¿Cómo recuerda la Barcelona de aquellos años?
Era un momento de cambio social y recuerdo la ciudad como escenario de una euforia colectiva tanto política, como social y cultural. Creíamos que realmente podíamos crear una sociedad interesantísima, nueva, abierta. Paradójicamente, fue para mí un momento contradictorio, porque existía esta euforia, pero yo estaba deprimida. Me acaba de separar, mi familia me había dejado de lado. No era un momento fácil a nivel personal, pero, por suerte, estaba el grupo de mujeres con las que me reunía para leer, discutir, pensar, actuar…Esas mujeres me ayudaron muchísimo. A mis hijas, ante todo, y a ellas les debo la ilusión de seguir viviendo.
De ahí la importancia de conceptos como amor o amistad, que ahora se están reivindicando por su poder transformador.
Porque lo son. Veo terrible que haya todavía mujeres que, lamentablemente, están en la derecha y abogan por un discurso que va en contra de ellas. Para mí es incomprensible. Y me lleva a pensar que urge releer a Hannah Arendt para comprender por qué mucha gente abraza discursos políticos que van en contra de todo lo conquistado.