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Pere Aragonès, presidente de la Generalitat de Cataluña / EP
Examen a los protagonistas de la semana

Pere Aragonès

5 min

El niño barbudo y republicano

El presidente del gobiernillo catalán, Pere Aragonès, no acudió a la entrega de los premios Planeta para evitar tener que sentarse en la mesa del rey, que es lo que le tocaba como principal representante del estado en Cataluña, que es lo que es, aunque él prefiera considerarse el mandamás de la república catalana. A este hombre, lo que le falta en estatura, le sobra en mala educación: la lista de gente a la que ha dejado plantada por sobreactuar de republicano cada día es más larga, y si para quedar mal con la monarquía tiene que hacerlo también con el mundo de la empresa y la industria, pues adelante con los faroles: hace poco le hizo un feo a Volkswagen y también a toda la industria automovilística al no presentarse en la inauguración del Salón del Automóvil de Barcelona para no cruzarse con el Borbón; la otra noche, el desaire le tocó a Planeta, empresa botiflera donde las haya cuyo anterior jefe, el difunto José Manuel Lara, ya amenazó en su momento con trasladar la sede de su compañía a otra ciudad española a causa de las ruinosas chorradas del prusés.

Supongo que tendría cosas más importantes que hacer que dejarse ver en una reunión literaria y social organizada por la editorial más potente de Cataluña y de España. Igual andaba gestionando esos monises que ERC ha conseguido reunir para pagar las fianzas que el Tribunal de Cuentas les pide a los involucrados en el show arrevistado del 1 de octubre de 2017, pero tampoco puede decirse que sus esfuerzos hayan obtenido un éxito clamoroso: pese a incluir a Puchi en la lista de beneficiados por la rifa separatista, éste se ha rebotado porque dice que no le han consultado (ERC afirma lo contrario, como para demostrar que no hay dos socios de gobierno que se lleven peor que ellos). Además de este (relativo) fiasco, Aragonès, secundado conceptualmente por su fiel Romeva, ha aprovechado que el Pisuerga pasa por Valladolid (o que se cumplían años del fusilamiento de Companys, no sé) para establecer ridículas comparaciones entre la España franquista y la actual, que para él vienen a ser lo mismo. No ha llegado a los extremos melodramáticos del calvorota excomunista, que ha dicho que a él y a los suyos los habrían fusilado en 1940, pero tampoco se ha quedado corto a la hora de echarle la culpa al perverso Estado español de todas las desgracias que se abaten sobre Cataluña desde tiempo inmemorial. Hasta ha amenazado con no aprobar los Presupuestos generales del señor Sánchez, pero manteniendo la famosa mesa de diálogo, esa entelequia en la que todos los implicados hacen como que confían, aunque los demás tengamos la impresión de que solo se trata de un paripé para ganar tiempo a dos bandas.

En fin: una cosa es ser bajito y otra, muy distinta, carecer de educación. Lo primero es inapelable. Lo segundo es voluntario. Yo creo que unos cursillos de urbanidad (ya no le pido ni cierto conocimiento de las obligaciones institucionales) no le vendrían nada mal a nuestro hombre que, en el cargo que ocupa, no todo pueden ser alegrías como llevar coronas a la tumba de Companys, cantar Els segadors y poner cara de injusticia histórica (o de dispepsia, tal vez). Y mira que, con el pasado franquista de su familia, hábilmente representado por su abuelo, que fue alcalde de Pineda durante la larga noche del fascismo, seguro que hubo dinero para enviarlo a colegios de pago. ¡Lástima de dinero desperdiciado!