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Josep Lluís Trapero a su llegada a la Audiencia Nacional / RTVE

Josep Lluís Trapero

4 min

A mí no me volvéis a liar

La visita secreta del mayor Trapero a Madrid para despachar con las más altas instituciones del estado no ha sentado nada bien en el gobiernillo catalán y ha dado más armas a esos lazis radicales que le cogieron manía desde el día en que dijo que tenía un plan para detener a Puigdemont y sus secuaces cuando la charlotada independentista de octubre de 2017. Al consejero Elena no le ha gustado estar en la inopia mientras Trapero se iba a la capital a confraternizar con el enemigo. La CUP ya está pidiendo que lo ejecuten o, en su defecto, que lo envíen a regular el tráfico. Hasta Lluís Llach ha exigido su cese. Con semejantes adversarios, no sé yo qué futuro le espera al mayor en el hábitat independentista, pero todo parece indicar que no puede ser muy glorioso. Eso sí, con ese tipo de actividades se está asegurando de que no le vuelva a caer un marrón como el de hace cuatro años, del que acabó saliéndose de rositas, pero tras haber sufrido lo suyo y verse en un tris de acabar en el talego.

Yo creo que Trapero es, fundamentalmente, un hombre de orden que, en un momento determinado, se convirtió en un arribista social. Cuando el motín de Puchi, se hizo un lío y no se aclaró muy bien a la hora de decidir a quién tenía que obedecer. Poco curtido en las artes del medro (le habrían venido muy bien unas lecciones en la Academia Mascarell), el hombre se dejó querer por los lazis, se hizo ligeramente el sueco con las autoridades españolas y a punto estuvo de dar con sus huesos en la cárcel.

No supo entender la jerarquía, él, que aparentemente la tenía tan clara. No supo ver que la autoridad nacional estaba por encima de la regional (aunque ésta se diera aires nacionales). Cuando tomó conciencia de hasta qué punto había metido la pata, empezó a alejarse del mundo soberanista y a adoptar un perfil bajo no, bajísimo. Podría haber hecho carrera (momentánea) en cualquier partido separatista, pero mantuvo una prudente distancia con todos ellos, llegando al extremo de rechazar homenajes públicos y todo tipo de actos en los que pudiera aparecer retratado junto a esos personajes tan poco recomendables que le habían buscado la ruina.

Cuando le tocó intentar librarse del presidio, se sacó de la manga ese plan para detener a Puchi y su pandilla que nunca sabremos hasta qué punto era real (en cualquier caso, coló y le ayudó a salir del lío bastante airosamente). Desde que recuperó su cargo de mandamás de la policía autonómica, no se ha permitido ni un gesto de comprensión o de simpatía hacia presidiarios y falsos exiliados. Y ahora se va a Madrid a despachar con aquellos a los que, finalmente, ha decidido otorgar su lealtad. Me temo que le quedan cuatro días al frente de los Mossos d'Esquadra, pero a cambio, no volverá a tener ni un problema con la justicia española. Que, a fin de cuentas, es la única que hay en España.