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Jacint Jordana, en el campus de la UPF, durante la entrevista con 'Crónica Global' / CG

Jacint Jordana: “El Estado ha perdido su neutralidad en beneficio de Madrid”

El catedrático de Ciencia Política, autor de 'Barcelona, Madrid y el Estado', señala que las élites económicas de Madrid han impulsado su proyecto, que identifican con España

30.06.2019 00:00 h.
18 min

El libro de Jordana

Jacint Jordana (Granollers, 1962), es catedrático de Ciencia Política y de la Administración en la Universitat Pompeu Fabra (Barcelona), y director del Institutut Barcelona d’Estudis Internacionals (IBEI). Profesor visitante en distintas universidades europeas, y de una extensa obra sobre regulación, gobernanza multinivel y políticas públicas en España, acaba de publicar Barcelona, Madrid y el Estado (Catarata), un libro en el que dibuja un sugerente debate: ha sido la pugna entre Barcelona y Madrid, como ciudades globales, la que incentivó, como un factor importante, el inicio del proceso soberanista, como ocurrió en Quebec, en Canadá, entre las ciudades de Montreal y Toronto, según sus estudios. Jordana señala, desde el Campus de la UPF, que “El Estado ha perdido su neutralidad en beneficio de Madrid”, y que existe un proyecto de las élites económicas de Madrid que se llama “España”, y que aprovecha la potencia del Estado para proyectarse como ciudad global en el mundo.

--Pregunta: ¿Ha sido el proyecto de España la proyección de Madrid como gran ciudad global?

--Respuesta: Esa es una interpretación, pero creo que es al revés. Madrid tiene un proyecto que se llama España. Me parece que eso responde más a la realidad de lo que ha ocurrido. Es el proyecto de unas élites económicas, para crear una ciudad global que utiliza el Estado para reforzar esa idea. Y eso no sé si hace más felices a los demás, a cántabros o gallegos, por ejemplo. José María Aznar apostó por una idea de igualitarismo, que podía tener un lógica, pero que es contradictoria, porque se hizo un esfuerzo para una ciudad global, que no restó a Cataluña, que más o menos se mantuvo, sino que lo hizo especialmente con el resto de comunidades. Lo vemos ahora con la conexión en AVE a Granada, cuando no hay la conexión de Granada a Sevilla. Es un proyecto que ha generado más desigualdades, porque ha favorecido esencialmente a Madrid. Es la que ha crecido más. Cataluña podrá quejarse, pero las que más han perdido han sido las comunidades del interior, y de eso no tiene la culpa Cataluña.

--¿Y por qué no hay quejas desde esas comunidades?

--Han pasado muchas cosas. Se ha configurado un discurso nacionalista​ fuerte, contra un enemigo interior, como ha pasado con Cataluña, que oscurece otros problemas. También ha pasado que cuando uno es débil, si se queja mucho, eso puede ser contraproducente. Las ayudas europeas, por ejemplo, pasan por Madrid. En Cataluña se critica más, y también se es más receptivo a esas críticas. Después, también ocurre que las élites locales se van a Madrid, y establecen sus relaciones por su cuenta.

--¿No es que para la gran mayoría de españoles su capital es Madrid, y ya les gusta que sea una capital global potente, de la misma forma que en Francia la gran capital es París, y para muchos catalanes su capital es Barcelona?

--Sí, eso también ocurre. Es una idea clara que tiene relación con la comunidad política. Pero el problema existe en otros países. En el Reino Unido, con Londres, como se ha visto con la reacción que supone el Brexit. Con Escocia o ahora con Gales, con un porcentaje importante de independentistas, algo nunca visto. O en Francia, donde las tensiones territoriales se han manifestado con el movimiento de los chalecos amarillos en París, al entender que no tienen futuro. El problema es que se trata de países unitarios que en las últimas décadas han roto los equilibrios entre la capital y el territorio, producto de la globalización.

--¿Y en España es el mismo fenómeno?

--En España es el mismo proceso, sí, con la salvedad de que Barcelona aguanta el tirón, por razones históricas. En otros países hay más equilibrio, como en Alemania, o en Italia, que tiene varias ciudades en el norte, como Milán o Turín, aunque el centro político sea Roma. En España lo que tenemos es una situación peculiar, porque la tercera región metropolitana en Europa es Madrid, y la cuarta Barcelona. No es nada normal esa situación, que indica dos cosas: que Madrid ha centralizado buena parte de la dinámica española, y que Barcelona lo ha hecho respecto a Cataluña, con un fenómeno también de centralización.

--¿España, entonces, da para varias ciudades globales?

--Es difícil catalogar lo que es una ciudad global. Lo que ha posibilitado es un conjunto de ciudades grandes, especializadas, como Valencia, Zaragoza, Bilbao, Málaga o Sevilla. Sí es cierto que Madrid y Barcelona son más globales, más genéricas. Pero Alemania ha sido capaz de tejer una red de diversas ciudades sobre los cuatro millones de habitantes. ¿Todo eso se planifica? No, son dinámicas históricas, basadas en gran medida en un modelo federal. En España se trata, en cambio, de un proceso que se explica por cómo se ha incorporado en la dinámica de globalización desde el punto de vista territorial.

--Entonces, pese a ese proceso de globalización, Barcelona ha aguantado de forma notable, y mantiene el peso del 19% del PIB español. ¿Se debe destacar o lamentar porque podría ser mayor?

--No está mal. Barcelona tiene una dinámica histórica. Es una ciudad grande desde hace siglos, con la revolución industrial, que ha crecido gracias a un mercado español. Ha habido un proceso también que ha fortalecido la identidad. Pero todo cambia en los años 2000 con la globalización. Y es verdad que aguanta, con la internacionalización que ofrecen los Juegos Olímpicos de 1992, y con las diferentes inversiones que llegan.

Jacint Jordana, en su despacho en la UPF, durante la entrevista con 'Crónica Global' / CG
Jacint Jordana, en su despacho en la UPF, durante la entrevista con 'Crónica Global' / CG

--Entonces, ¿ha sido maltratada o dejada en un segundo plano por el Estado?

--Es una opinión generalizada que las inversiones que se han hecho se han focalizado en Madrid, aunque también que esa inversión en 1992 fue importante. No se debe olvidar. Pero mi tesis, reflejada en el libro, es que el Estado se ha hecho mucho desde Madrid, y que los funcionarios de la Administración General del Estado se han hecho todavía más madrileños, por decirlo de cierta manera. Se ha asimilado el Estado con Madrid. Y el Estado ha perdido la neutralidad en beneficio de Madrid. Hay una cosa curiosa y es que en muchos países europeos la derecha no es centralista. En España sí, existe una identificación entre derecha y centralismo.

--¿La razón es porque esos representantes de la derecha son altos funcionarios?

--En buena parte es por eso, sí. Todo se ve desde el centro. El resto, son provincias.

--¿Pero, ¿no es también porque los catalanes se desentienden del Estado?

--Y también se puede decir al revés, que el Estado no se ha llevado a otras partes de España. Aunque lo que ocurre es que por tradición, por cultura, por relaciones familiares, ese cuerpo de funcionarios del Estado se reproduce en Madrid. Hubo el intento en Barcelona con el Centro de Estudios Internacionales de revertir eso en el campo de la diplomacia, pero no ha funcionado.

--O que prefieren ser funcionarios de la Generalitat

--Sí, o directamente de la Unión Europea. El caso es que tampoco se ha promocionado. Había más funcionarios catalanes en el franquismo que en las últimas décadas. Todo ello es producto de la falta de un modelo que conduzca España hacia el federalismo. Creo que a finales de los noventa se debía haber planteado esa reforma, sobre el modelo territorial. Un sistema federal o el de dos o tres tipos de autonomía. Algo, en todo caso, más definitivo. Pero no se hizo. Y llegaron los gobiernos del PP, más activos, con un modelo de nacionalismo español, orientado hacia una recentralización.

--¿No fue una recentralización más retórica que real?

--En algunos casos sí, retórica, en otros fue muy real, y se plasmó en las infraestructuras, con el aeropuerto de Madrid, que costó el doble que el de Barcelona. Se crearon tres veces más centros de investigación científica en Madrid que en Barcelona. Era el momento de reformar el Estado, y lo que se hizo, después, es acometer una segunda generación de estatutos, y, de alguna forma por la puerta de atrás, intentar un modelo federal, que no se podía realizar ante la negativa del PP, con esa retórica centralista.

--¿Es la composición interna del PP, con gran presencia de altos funcionarios del Estado, un hándicap para ese proyecto federal?

--Es posible. En el PP funcionan dos lógicas. Una territorial, con una importante implantación, y otra que actúa en función de los intereses de los altos funcionarios. Es una estructura que no le funciona en Cataluña, pero sí en otras comunidades, como Galicia. En el PSOE también pasa algo de ese fenómeno. España es un Estado unitario descentralizado. Es muy descentralizado en algunas cosas, pero, al ser unitario, la decisión final se acaba tomando desde el centro. Hay descentralización en sanidad y educación, pero, basándose en un artículo de la Constitución, se regula de forma constante, desde cómo seleccionar los profesores o los catedráticos de universidad, por ejemplo.

Jacint Jordana, en el campus de la UPF, durante la entrevista con 'Crónica Global' / CG
Jacint Jordana, en el campus de la UPF, durante la entrevista con 'Crónica Global' / CG

--¿Entonces, no es un país descentralizado de verdad, no es casi un Estado federal?

--Es mentira. España no es federal, ni casi federal. Es un país descentralizado en el gasto, casi más que Alemania, pero el problema es cómo se regula ese gasto. Madrid es una máquina de regulación, con normativas, reglamentos y leyes básicas. Los juristas son los reyes, por encima de los políticos.

--¿La élite local, la burguesía catalana, está realmente interesada en revertir esa situación, o ha preferido aliarse con esas élites de Madrid?

--La burguesía es diversa. Hay élites económicas, con intereses compartidos con Madrid. Existe una gran fragmentación, en todo caso, en ese mundo económico. Ahora bien, durante muchos años la idea de intervenir en Madrid, de participar en el Estado, de beneficiarse del mercado, desde la defensa de la identidad propia, ha sido la norma. Los equilibrios se rompen con la globalización. No había una mayoría independentista hace diez o quince años.

--¿El temor ante esa globalización ha sido más económico o también cultural?

--Los motivos, primero, fueron de carácter económico, con la cuestión de las balanzas fiscales, las inversiones o las infraestructuras. No tanto por un tema basado en la identidad, que se había defendido bien y proyectado bien con la democracia. Ha sido posteriormente cuando esas dos cuestiones se han acabado ligando.

--¿Se puede volver los pasos sobre eso?

--Se ha complicado mucho, porque han aparecido otros factores. Hay ahora un discurso homogeneizador español, desde el punto de vista económico e identitario. En los dos lados. Tengo dudas de que se pueda volver hacia atrás. Faltan cosas nuevas, apuestas diferentes.

--¿El punto de inflexión no fue la negativa de Jordi Pujol a colaborar con un Gobierno español en los años 2000 con José María Aznar, para liderar de forma conjunta ese proceso de globalización?

--Sí, pudo haber cambiado todo. Pero tampoco los vascos quisieron. Era la estrategia de Pujol de construir una nación propia. Pero creo que se podían haber producido soluciones intermedias. Aznar planteó una cuestión simbólica y de carácter agresivo, que se concretó, por ejemplo, en cosas como las matrículas de los coches, que se podía haber hecho por comunidades. Lo cierto es que los equilibrios de los noventa se rompen. Y luego con Rodríguez Zapatero, hay un PP muy agresivo, muy a la defensiva.

--España, ¿tiene carencias como Estado, de selección de élites?

--España no es un Estado fallido. Hay gente muy buena en muchos sectores. El problema, que también se puede trasladar a Cataluña, es que existe una mentalidad del siglo XIX, con la función pública. Son estructuras de estado muy clásicas, con sistemas de oposición tradicionales. Todo con un carácter muy jurídico. Faltan espacios de reflexión, políticas públicas territoriales, más coordinación. La diferencia entre Madrid “y las provincias”, sigue instalada entre muchos funcionarios, que hablan de las comunidades como un desastre.

--Volvamos sobre esas élites económicas. ¿Se han independizado, van a lo suyo?

--En términos económicos hay más colaboración entre Madrid y Barcelona que en la agenda política. Pero las élites lo que quieren es estabilidad. Y no viven tan intensamente el problema catalán como el mundo mediático o político.

--¿Si no cambia esa dinámica sobre el Estado y Madrid, a su juicio, será irreversible la apuesta por la independencia?

--Cuando las cosas se complican toman vida propia. Mucha gente ha desconectado, en el sentido de la desafección que decía el presidente Montilla. Pero no es fácil decir cómo evolucionará. El independentismo será una opción política, seguro, que podrá oscilar entre el 30% o el 40%, que tendrá capacidad de negociación. Y dependerá, después, del efecto dominó: lo que pase con el Brexit y Escocia, la posible federalización de Francia, en diez o quince años, las dinámicas que se establezcan en el seno de la Unión Europea… Dependerá de muchos factores.