Francesc Torralba / RTVE

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Vida

Francesc Torralba, filósofo: "La muerte de un ser querido puede ser una ocasión para darte cuenta del regalo enorme que significa vivir"

Entender que el tiempo es limitado es lo que le otorga su verdadero valor, de la misma forma que valoramos el agua cuando escasea

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Para el filósofo Francesc Torralba, la muerte no es solo el fin de la existencia, sino una fuerza que "introduce seriedad" en el modo en que habitamos el mundo. Aunque define la muerte como algo "tiránico" cuando irrumpe abruptamente llevándose a quienes más amamos, también reconoce su carácter "democrático" porque iguala a todos los seres humanos sin excepción.

En su propia experiencia, tras perder a su hijo de 26 años en un accidente, confiesa que, si hubiera podido negociar con ella como en una película de Bergman, le habría dicho: "Oye por favor, tengo proyectos, tengo ilusiones, tengo 1000 cosas que hacer, pero me voy yo, que viva él".

Esta confrontación con la finitud actúa como un "momento de lucidez" que rompe la inercia de la vida cotidiana. Torralba distingue entre quienes viven "dormidos", dejando pasar el tiempo de forma vegetativa, y quienes están "despiertos".

Según el autor, la pérdida de un ser significativo es lo que muchas veces activa esta conciencia: "¿Y qué te despierta la muerte de un ser querido? Esto te despierta dices: 'Ojo, ojo, ojo, eh, que esto va en serio'". Este hachazo vital nos obliga a darnos cuenta de que la vida no es un juego ni un ensayo, sino una oportunidad única e irreversible.

Desde esta perspectiva, el tiempo deja de ser una magnitud matemática para convertirse en un "don intangible" y un regalo no merecido. Torralba afirma con rotundidad: "Yo siempre vivo cada día como un don porque no habrá más oportunidad".

Entender que el tiempo es limitado es lo que le otorga su verdadero valor, de la misma forma que valoramos el agua cuando escasea. Por ello, cada nuevo amanecer se presenta como una ocasión para "aprender, enseñar, consolar, amar o ser amado", actividades que llenan de sentido la existencia frente a la mera acumulación de tareas.

La conciencia de la muerte también nos enseña a no "posponer" lo esencial, un vicio que el filósofo critica citando a Séneca. Muchas personas dilapidan su vida en "estupideces, personas que no merecen la pena o conversaciones que no aportan nada", quemando segundos como quien quema billetes de dinero.

La lucidez que aporta el duelo permite discernir lo que realmente tiene valor: "Qué conversaciones quiero tener, dónde quiero ir, a quién tengo que pedir perdón, qué debo agradecer". Es un llamado a dejar de arrastrarse de lunes a viernes esperando una liberación que nunca colma el vacío existencial.

Torralba advierte que el sistema actual, al que llama "tecnocapitalismo nihilista", intenta reducir al ser humano a un ser unidimensional que solo produce y consume. Sin embargo, existen "otras modalidades verbales" como danzar, gozar, contemplar o cuidar que nos rescatan de esa lógica perversa.

Cuando una persona se encuentra vacía, es, a menudo, porque no tiene un "proyecto de vida" que sintonice con su vocación más íntima. Frente a esto, el autor propone buscar un propósito noble, pues "el mundo del hombre feliz es diferente del mundo del hombre desgraciado" ya que proyectamos hacia fuera la luz o la oscuridad que cultivamos dentro.

Finalmente, el camino tras la tragedia no busca recuperar una plenitud imposible, sino alcanzar lo que Torralba denomina una "felicidad imperfecta". Este estado nace de asumir y aceptar la fragilidad de nuestra condición sin caer en la desesperación.

Al reconocer que "todo se pasa" —tanto el dolor punzante como la alegría más intensa—, aprendemos a vivir con una mayor "tranquilidad del alma". La muerte, al final del camino, nos deja con la responsabilidad de decidir qué haremos con el tiempo que nos queda y cómo honraremos el regalo de estar vivos.