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Carles Puigdemont, Oriol Junqueras y Pere Aragonés / CG

ERC se vuelca para dar la puntilla a Puigdemont tras el 10N

Los republicanos se atan a una retórica independentista, pero quieren marcar ya la frontera con el mundo del expresidente si consiguen una amplia victoria

04.11.2019 00:00 h.
6 min

Gabriel Rufián, antes un activista en el Congreso para ganarse el favor de los fervorosos militantes republicanos, repite una frase estos días que es el lema del partido: “Esquerra tiene que sentenciar el 10N”. Sentenciar se entiende como un golpe de fuerza democrático, una victoria electoral clara que deje al espacio político de Carles Puigdemont hundido. ERC ha entendido que sólo tiene una oportunidad: que Puigdemont pierda, que quede claro que el independentismo ha escogido una ruta --la de los republicanos--, que pide amnistía y referéndum de autodeterminación pactado, y que con ello se le dé la puntilla al expresidente en Waterloo.

El independentismo tras el 10N / CG

¿Es eso posible? No es fácil, porque el mundo de Puigdemont se sirve de diversas instancias y organismos. Para empezar, cuenta con el presidente Quim Torra, que mantiene su apuesta por la vía unilateral si surge la ocasión. Y dispone también de la ANC, con Elisenda Paluzie, que defiende los actos violentos para dar publicidad internacional a la causa independentista. Pero ERC, ahora, confía en la fuerza electoral: los sondeos dejan a los republicanos con 14 o 15 diputados, por los seis o siete de Junts per Catalunya. En otras encuestas, la formación que lidera Laura Borràs aparece con cuatro o cinco escaños.

La suma 'indepe' ya no importa

A Esquerra, según apuntan fuentes de la dirección, no le importa demasiado el resultado de la CUP. Ya no suman una posible victoria del independentismo, a partir de los escaños de ERC, JxCAT y los radicales. Lo dirán los medios afines, los que cuentan hasta el último tuit de cada uno de los activistas soberanistas, lo elevarán a categoría. Pero eso, a ojos de Pere Aragonès, de Roger Torrent, o del propio Oriol Junqueras, “no cuenta”.

Lo que será ilustrativo, mantienen las mismas fuentes, es que “hay un partido que gana las elecciones, que ganó las municipales, y gana ahora las generales en Cataluña”. Algo nunca visto, que se dio por primera vez en las elecciones del 28 de abril. Si el independentismo opta por ERC ahora, ya sabe lo que tendrá por delante: “Lo que se pretende es un referéndum de autodeterminación, eso se llevará en todas las mesas de negociación que se puedan establecer”, señalan los republicanos. Pero es una baza para negociar, por más que Aragonès y Junqueras en su última carta hablen de algo “inexorable”.

Pedro Sánchez (i) saluda a Pere Aragonès (d) en la cumbre de Pedralbes, ante la mirada de Quim Torra / CG
Pedro Sánchez (i) saluda a Pere Aragonès (d) en la cumbre de Pedralbes, ante la mirada de Quim Torra / CG

Todo lo que intenta Puigdemont

Si eso no se produce, si el espacio de Puigdemont sigue vivo el 10N, si Paluzie sigue teniendo la misma proyección, con Quim Torra dispuesto a no convocar elecciones y con algaradas en la calle --este mismo lunes, con la visita del Rey en Barceloma-- las opciones de ERC se complicarán. Por eso insiste su dirección en esa necesidad de “sentenciar”, de dar la puntilla a Puigdemont.

El expresidente está jugando con varias cartas a la vez, desde su ascendente en el llamado Tsunami Democràtic, supuestamente anónimo, pero promocionado desde Waterloo, hasta la presión constante para que se cese a Miquel Buch, el consejero de Interior. Todo vale para Puigdemont mientras reine la desestabilización, mientras sea imposible cualquier vía de diálogo, y siempre a la espera de que el Gobierno español no vea otra solución que aplicar medidas drásticas en Cataluña. Puigdemont quiere que todo empeore, que se produzca una situación caótica que incite a la Unión Europea a pedir al Ejecutivo español que se siente a negociar.

Una cuestión de venganza personal

La bifurcación en el seno del nacionalismo catalán es rotunda. Y dependerá de los votantes independentistas. Puigdemont no lo piensa poner fácil. El expresidente sigue convencido de que todo lo sucedido ha sido culpa, en gran medida, de Junqueras, que boicoteó la posible convocatoria de elecciones el 26 de octubre de 2017, que hubiera impedido la aplicación del 155. En diversas reuniones en el Palau de la Generalitat, Junqueras mantuvo la boca cerrada. No salió de él ninguna palabra de apoyo a la convocatoria, pero tampoco una censura a esa posibilidad. Dejó a la secretaria general de ERC, Marta Rovira, que se peleara con Puigdemont y que pronunciara eso que tanto teme el independentismo: la traición.

Esas venganzas personales afloran ahora, con toda su crudeza. Los republicanos insisten: si Puigdemont queda en fuera de juego, --la reactivación de la euroorden puede ser una solución, pero tardará algún tiempo-- habrá posibilidad de enderezar la situación en Cataluña, con los Comunes y los socialistas en el horizonte, y un Gobierno del PSOE en Madrid. En caso contrario, la cronificación del conflicto será una realidad.