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Carles Puigdemont tiene el apoyo de sus fieles, que reclaman una salida o forzar nuevas elecciones / EFE

El entorno del expresidente pide a gritos una salida o elecciones

El núcleo que arropa a Puigdemont en Junts per Catalunya está dispuesto a ir hasta el final y que sea ERC la que provoque con su negativa unos nuevos comicios

5 min

Hay discrepancias, dudas, pero se ha tocado a rebato.

Con Carles Puigdemont hasta el final, y que sea Esquerra Republicana la que, si no está dispuesta a seguir, provoque unas nuevas elecciones. Es el mundo al revés, pero es que el mundo independentista lleva años en una lógica propia, ajena a las circunstancias más perentorias.

Presión a chorro contra ERC

Puigdemont es consciente, según fuentes de su entorno, de las dificultades, más allá de los mensajes que trasladó a Toni Comín, y cuya difusión, en realidad, le han venido bien para inyectar la máxima presión. Pero quiere ser él quien, en el momento más crítico, tome una decisión; él, quien sitúe a un posible candidato alternativo, y él, quien pueda forzar unas nuevas elecciones, si todos sus fieles le siguen y el Parlament queda bloqueado.

Se trata –una vez más— de una treta para descabalgar a Esquerra Republicana, para que sea el partido de Oriol Junqueras el que asuma un nuevo escenario electoral, en el que tendría todas las de perder –teóricamente— en beneficio de la idea legitimista de Puigdemont.

Sin mover un dedo

Y los republicanos, esta vez no tienen dudas, ya han manifestado que no piensan mover un dedo por Puigdemont si ello supone una ilegalidad y el paso en falso de sus dirigentes, en concreto de Roger Torrrent, el presidente del Parlament, al que quieren cuidar a toda costa.

Con esas cartas en la mano, los hombres de Puigdemont dentro de Junts per Catalunya seguirán con el mismo argumento en los próximos días. En esa tesitura, el PDeCAT no tiene prácticamente nada que decir. Ni quiere, ni puede. La cúpula del PDeCAT defiende, sobre el papel, la candidatura de Puigdemont, y espera acontecimientos. Estaría en peligro, de hecho, la propia ruptura del grupo, de 34 diputados, del cual oficialmente 15 se deben a la disciplina del partido, pero operativos no llegarían a la mitad de esos 15. Es decir, el grupo parlamentario está con Puigdemont, porque fue él quien acabó confeccionando la lista.

¿Ingenuidad ante Rajoy?

Lo que ocurre es que la estrategia se dirige en dos planos distintos. Mientras se coloca presión al socio de ERC, se reclama al entorno del PP que el Gobierno mueva ficha. Y, pese a algunos contactos, la perplejidad llega porque nadie del Ejecutivo español ha querido entrevistarse con Puigdemont, en Bélgica, para intercambiar propuestas, para saber qué posibles salidas habría. ¿Se trata de ingenuidad, o de una valoración sobre la realpolitik que Mariano Rajoy es incapaz de interiorizar?

De hecho, ese ha sido el error del independentismo. Desde que se inicia el proceso soberanista, con la Diada de 2012, con Artur Mas al frente, el movimiento se configura como un plan a con la vista puesta en un plan b --la negociación para mejorar el autogobierno, desde un pacto fiscal, a la recuperación del Estatut de 2006--. Pero Mariano Rajoy no se ha movido ni un ápice en todos estos años, por lo que el Govern, de Mas y, posteriormente de Carles Puigdemont, se vio en la necesidad de aplicar el plan a, pero sin convencimiento, con miedo, con la declaración de una república catalana que, después, no se publicó en el DOGC.

Pulso al Estado

Ahora, con la judicialización del proceso, con Puigdemont en el exilio, se pide un gesto de Rajoy, que no se vislumbra por ninguna parte.

De nuevo, por tanto, Junts per Catalunya, con dirigentes afines a Puigdemont como Eduard Pujol, Elsa Artadi, Jordi Turull y Albert Batet, se ve en la circunstancia de aplicar el plan a: investir a Puigdemont, y si no es posible, que sea Esquerra Republicana la que con su negativa lleve a Cataluña a unas nuevas elecciones, con la convicción de que se ha instalado en el campo soberanista la idea del legitimismo, de la recuperación del president, y la del pulso constante con el Gobierno del Estado.

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