Un montaje de Xavier Salvador con una imagen del centro corporativo de Banco Sabadell en Sant Cugat del Vallès
El Sabadell y la duda que no cotiza
"Las empresas que trabajan tarde la sucesión suelen descubrir que el problema no era quién venía después, sino haber llegado sin margen"
El Banco Sabadell vuelve a hablar del futuro. Es un momento delicado, no solo para la entidad, sino para toda la banca. Los cambios recientes en la cúpula de la entidad no son un simple relevo ordenado. Son una señal. Y también una advertencia.
Las empresas que no trabajan la sucesión con tiempo suelen acabar reaccionando, no anticipándose. En banca, eso es especialmente peligroso. La confianza no se improvisa. Tampoco el liderazgo. Cuando los relevos llegan tarde, suelen estar condicionados por la urgencia.
El Sabadell ha cerrado el último ejercicio con beneficios cercanos a los 1.775 millones de euros. Es una cifra sólida. Pero el contexto importa. El conjunto de la banca española superó los 34.000 millones en ganancias, impulsada por un ciclo de tipos de interés excepcional. La rentabilidad media volvió a situarse por encima del 12%. Se trata de un escenario difícil de repetir.
La pregunta incómoda es qué pasará cuando ese viento amaine. Ahí es donde el mercado empieza a dudar. No del pasado, sino del futuro.
Durante años, el Sabadell ha defendido su especialización, sobre todo en pymes, como una ventaja competitiva. Y lo es, vaya si lo es, si no pregunten al BBVA. Pero la especialización no siempre basta. Sin tamaño suficiente, puede convertirse en una debilidad. La tecnología, la regulación y la gestión del riesgo exigen hoy inversiones constantes y muy elevadas. La escala ya no es un lujo, se convierte en una condición de supervivencia.
Los grandes bancos internacionales destinan entre el 10% y el 15% de sus ingresos a tecnología. En Europa, muchas entidades medianas se quedan claramente por debajo. No por falta de visión, sino por límites presupuestarios. Durante un tiempo se puede competir así. A largo plazo, es mucho más difícil.
Aquí aparece un debate que el sector evita en público. ¿Cuántos bancos especializados, bien gestionados y de tamaño medio, pueden sobrevivir solos en la próxima década? No es una cuestión identitaria, como lo fue su defensa ante la OPA de Carlos Torres. Es una cuestión económica. La consolidación no es una amenaza externa. Es una tendencia estructural.
Cambiar nombres en la cúpula ayuda. Sobre todo, si como es el caso, se trata de usar la cantera del banco. Sin embargo, esos relevos no lo resuelven todo. El riesgo no es hacerlo mal. El riesgo es hacerlo “razonablemente bien” en un entorno que castiga la falta de contundencia. Y eso el presidente del Sabadell, Josep Oliu, lo sabe de sobras.
La banca que viene será cada vez menos local y más algorítmica. Tendrá menos discurso y más datos. Es más, dispondrá de menos paciencia. Eso deja poco margen a proyectos que confían en que el tiempo juegue a su favor.
El Sabadell asegura tener plan, cultura y hoja de ruta. Probablemente sea así. Pero el mercado no premia las intenciones ni tampoco la resistencia a los ataques. Premia la anticipación. Las empresas que trabajan tarde la sucesión suelen descubrir que el problema no era quién venía después, sino haber llegado sin margen.
El futuro del Sabadell no se decidirá en un relevo ordenado ni con una presentación estratégica. Se decidirá cuando deje de parecer una entidad que se defiende bien y empiece a ser vista como una que puede crecer sin excusas. Incluso cuando dé señales de que es capaz de lograrlo en un mundo económicamente menos amable.
Hasta entonces, todas las certezas seguirán siendo provisionales. Y eso Oliu también lo sabe.