El arte de rechazar manuscritos

El arte de rechazar manuscritos DANIEL ROSELL

Letras

Breve manual de negativas editoriales o la literatura como forma de convención social

El editor Constantino Bértolo, ex director de los sellos Debate y Caballo de Troya, reflexiona en un breviario sobre el arte (impertinente) de rechazar manuscritos

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En el fondo, nadie sabe exactamente qué es la literatura, un arte que se asemeja a la paradójica idea del tiempo de Agustín de Hipona: “Si nadie me pregunta qué es, lo sé; si tengo explicarlo, no lo sé”. Lo mismo sucede con el ejercicio de las buenas letras, cuyos intentos de delimitación y la búsqueda de un rasgo intrínsecamente diferencial de lo literario se estrella sin remedio contra la evidencia. Parece absurdo –dado todo lo que se ha escrito a lo largo de la Historia– pero tiene lógica: aquello que nos emociona carece de definición. Simplemente sucede. Acontece. Existe.

De aquí se infiere que el anhelo de los formalistas –con Jakobson a la cabeza– de definir la literatura mediante un uso particular del lenguaje, que dejaría de ser un instrumento ordinario para mudar en extraordinario, equivale a entender la creación como una transubstanciación similar a la Eucaristía. Hay quien todavía lo cree así, aunque tal profesión de fe cae dentro del territorio de la libre voluntad. Esto es: no sirve para todo el mundo. Es muy difícil interpretar Fortunata y Jacinta, la obra maestra de Galdós, que es mucho mejor que Madame Bovary de Flaubert, bajo la lógica de la desfamiliarización de la que hablaba Víctor Shklovsky. Y lo es porque todo en esa novela nos resulta mágicamente realista y, por tanto, permite (sin apenas esfuerzo) que todos los lectores se identifiquen con sus personajes.

Retrato de Galdós (1915)

Retrato de Galdós (1915) ANTONIO CALVACHE

La literatura, en realidad, no existe. Es un arte huidizo y fugitivo. El arte de editar libros, que es una artesanía, por mucho que también pueda ejercerse como industria, no se encuentra –ni de lejos– en idéntica situación. Pero tan noble oficio, donde deben convivir el sentido del gusto y las habilidades comerciales, la capacidad de leer (bien) y el raro talento de vender cultura a los demás, tampoco está libre de contradicciones. Una de ellas, acaso la mayor, la expuso Javier Marías, el selecto editor de Reino de Redonda, en Los enamoramientos: “El trabajo en una editorial, paradójicamente, impide conocer casi todo lo valioso que la literatura ha creado, lo que el tiempo ha sancionado y autorizado milagrosamente a permanecer más allá de un brevísimo instante que cada vez se hace más breve”. È vero è ben trovato.

Los libros ahora no duran nada a pesar de que, como escribió William Faulkner sobre el pretérito, ni siquiera sean pasado. Pertenecen a nuestro presente. Al afirmar que quienes editan libros no son los mejores versados en literatura, Marías se refiere a la distinción entre tradición y convención. Entre estos dos conceptos existe una relación de causalidad: un linaje es un acuerdo social tácito –basado en el hecho de que tus progenitores te imponen un nombre y sus apellidos y tú, a su vez, haces lo mismo con tus hijos– que se tiene por indiscutible, pero que (véase el caso de los vástagos naturales o ilegítimos) perfectamente puede no serlo. Si tal vínculo, además de cierto, es duradero y sobrevive a la erosión del tiempo entonces es cuando podemos hablar de una tradición literaria.

El escritor Javier Marías

El escritor Javier Marías DANIEL ROSELL

La filiación es, desde su origen, un atributo individual mientras que el linaje es una creación colectiva. Un escritor escribe en soledad, pero es su incorporación al cauce fluvial que le antecede –y que también le sucederá– lo que permite que su obra se convierta en un hecho literario. Y para que esto ocurra necesita publicar y someterse a la aceptación de un editor, que con su intermediación convierte el manuscrito en un libro y transforma al escritor en autor. Sobre esta cuestión acaba de publicar un sugerente breviario –El arte de rechazar manuscritos (Debate)– el editor Constantino Bértolo, ex director de este sello y fundador de Caballo de Troya, ambos integrados ahora dentro el consorcio Penguin Random House.

El título de su ensayo es una sinécdoque –la figura expresiva que define la totalidad de una cosa mediante una sola de sus partes– porque un editor (sea propietario del sello que dirige o un coordinador de tareas editoriales a sueldo) no se limita solamente a rechazar las tentativas de libros que llegan a sus manos. Hace muchas otras cosas, no necesariamente bien, aunque sea (como ironiza Bértolo) “catalán y rico”. De modo que, más que una guía acerca de cómo separar la paja del trigo, como reza el Evangelio de San Mateo, lo que en realidad hace el editor gallego en este opúsculo es una meditación muy personal sobre el propio oficio de editar.

Constantino Bértolo

Constantino Bértolo YOLANDA CARDO

Al asunto del rechazo de manuscritos dedica menos de treinta páginas (el libro tiene 117). Es obvio que estamos ante un señuelo editorial –se trata de un libro de encargo– pensado para que los aspirantes a escritores (o los escritores que todavía no son autores, por usar los términos de Bértolo) se precipiten sobre el breviario en busca de remedio ante el obstinado desamor o el inmisericorde silencio de los editores, con la esperanza de hallar un consejo para superar la falta de atención. Ninguna de las dos cosas van a encontrar aquí estos pobres desesperados.

El sector editorial, que debe al misterio que lo envuelve al obsesivo interés que despierta incluso entre quienes no leen, tienen dinero y juegan a ser artistas fundando un sello para patrimonializar el talento del que carecen, finge guardar en un cofre sagrado los secretos de su designios. Pero esto no significa que realmente exista un misterio. La incógnita de cómo se eligen los libros que se publican se debe en unos casos a que los editores no tienen la menor idea de qué títulos son buenos y cuáles malos o irrelevantes y, en otros, a que quizás lo sepan demasiado bien.

¿Cuánto vale la literatura?

¿Cuánto vale la literatura? DANIEL ROSELL

Todo depende del sello del que se trate y del editor que se analice, aunque en la mayoría de los casos la negativa de una editorial a lanzar al mercado un manuscrito sea un doloroso trance para quien escribe, incluso en esos supuestos –que son legión– en los que decir no a un libro sea hacerle un favor a quien lo ha escrito, en lugar de cometer un desaire o caer en un error. “Un rechazo editorial” –escribe Bértolo– “es un acontecimiento que refleja la pluralidad de tensiones e incertidumbres que tienen lugar en el marco cultural y literario de una determinada sociedad”.

Si esta obligación de elegir es siempre incierta se debe a que la literatura –y no digamos ya la edición– es una forma convención social que cambia según las personas (escritores, editores, lectores) y en función del calendario. Los clásicos han logrado –no siempre por completo, porque unos tienen lectores mientras otros son objetos arqueológicos– sobrevivir a estas mudanzas y, además de seguir diciendo cosas en presente, son capaces de conservar una determinada cuota de mercado. Todos los demás escritores están sometidos al peligro del naufragio que supone dejar el puerto seguro de la irrelevancia y navegar en alta (o baja) mar.

'El arte de rechazar manuscritos'

'El arte de rechazar manuscritos' DEBATE

La tormenta a la que se ven sometidos los manuscritos es constante. Primero deben llamar la atención del editor. Y, en segundo extremo, tienen que conseguir que un lector se digne a leerlos. Sólo cuando el público muestra interés en un cierto grado es cuando cabe hablar de un éxito literario, que en unos casos implica la venta de suficientes ejemplares para cubrir la inversión y, en otros, consiste en ganar prestigio. Las editoriales suelen justificar su prudencia, que a veces es picaresca y otras afano, aduciendo que llegan demasiados manuscritos a sus manos. Se trata de una tragedia ridícula: cualquier otro sector empresarial daría las gracias por el privilegio de recibir –sin coste– materias primas susceptibles de alimentar su cadena de producción.

Si, como señala Bértolo en su libro, la media de manuscritos que reciben los sellos en España suma 33 obras cada día, lo que a su vez los obliga a rechazar jasta 15 propuestas por cada manuscrito aceptado, el corazón de la industria debería ser la lectura, porque es la única manera de seleccionar y distinguir lo relevante de lo malo, incluso de lo pésimo. Es comprensible que muchas editoriales pequeñas o medianas no cuenten con recursos para esta tarea, pero dicha carencia no es culpa de los escritores que aspiran a ser editados –gente que escribe sin parar en busca de fama, para saciar su vanidad o atenuar su egocentrismo– sino de los propietarios de las editoriales. ¿Si no lees ni inviertes dinero en que alguien con criterio lea por ti para qué diablos editas?

Mujer joven leyendo de Jean-Honoré Fragonard

Mujer joven leyendo de Jean-Honoré Fragonard

Es una pregunta que Bértolo, por supuesto, no responde, aunque lamente la extinción (absoluta) de los sanedrines de lecturas profesionales que antes, hace no tanto tiempo, existían en todos los sellos de cierta relevancia. No deja de ser cómico que Bértolo constate –a lo marxista– la tremenda obviedad de que en una sociedad capitalista “el verdadero editor es Monsieur, le capital, porque editar es un quehacer que requiere recursos económicos”. Exactamente igual sucede en cualquier otra industria.

No hay ninguna diferencia. Salvo que se omita que determinados sellos editoriales retribuyen los informes de lectura (externalizados dentro de sus infinitas cadenas de precariedad) a razón de 20 euros (brutos). Cabría decir en este punto lo mismo que Flaubert: “Le capital, c’est moi”. Ser sincero ayudaría a que no tengamos que llorar por las constantes penalidades, quebrantos y calamidades que supone editar libros y rechazar los manuscritos sin llegar a leerlos, a menos que vengan de la mano de una agencia literaria –que hacen la misma función que las empresas de tasación en la concesión de los créditos hipotecarios: velar por el bien la entidad, no por sus clientes, aunque éstos abonen sus honorarios)–, recomendados por otros autores y amigos de la casa (tráfico de influencias) o apadrinados, en apenas un 1%, por el viento del azar.

'Una poética editorial'

'Una poética editorial' TRAMA EDITORIAL

Bértolo admite todo esto al hablar de la “amigocracia” enraizada en el mundo editorial y de la “bicoca” que supone que los aspirantes a autores trabajan gratis (o sometidos a que el tope de sus ganancias sea el 10% de unos hipotéticos derechos de unas ventas que no pueden controlar ni están sometidas, a pesar de la ley vigente, a auditorías independientes), pero no es simétrico y mucho menos dialéctico a la hora de describir las causas de esa situación e identificar a los responsables editoriales que se benefician de esta costumbre. ¿No serán los propios editores?

Bértolo dedica once páginas a comentar el ego de los autores (uno de los temas favoritos de los publishers) y apenas dos páginas y media –incluyendo una crítica de segundo grado que introduce través de una cita ajena, nunca de su cosecha– a comentar la vanidad de los editores. “¡Viva el Mal, Viva el capital!” decía la Bruja Avería en La bola de cristal. Por lo que sea, Bértolo prefiere hacer sangre, aunque admita que, antes o después, este singularísimo sistema editorial deberá enfrentarse a una cierta “desacralización”. Uno diría que la degeneración editorial está en marcha desde hace muchísimo tiempo, pero no tiene que ver necesariamente con el soporte, el perfil de los autores publicados o la propia noción del arte.

'Una Historia de la lectura y de la escritura'.

'Una Historia de la lectura y de la escritura'. AMPERSAND

El asunto es otro. La convención social que define lo que es (y no es) literatura, emanada de la tradición cultural, todavía no ha cambiado para la mayoría del público. Donde sí parece estar esfumándose, salvo contadas y ejemplares excepciones, es dentro de la industria editorial. Quizás comenzase el día en el que los comités de lectores profesionales, “el núcleo fuerte de las buenas editoriales literarias”, según Bértolo, fueron suprimidos y se convirtieron en una institución del Antiguo Régimen. No es que los editores –como a veces se señala– lean con la calculadora en la mano (cosa inevitable y que afecta a la aceptación y el rechazo de un manuscrito) o sean heroicos “cazadores solitarios”. Es que muchos de ellos ya no cazan nada y otros han olvidado por completo en qué consiste el arte de la cetrería.