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Un detalle, en la que fuera mancebía de Valencia, en la actual Calle del Carmen

La olvidada historia de las mancebías

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Ante la imposibilidad de refrenar la concupiscencia, el cristianismo toleró la fornicación con rameras para evitar pecados mayores como el adulterio y los crímenes contra natura. En el siglo XIII, Santo Tomás de Aquino calificaba de “torpeza lícita el uso de las casas públicas” porque “es mejor tratar con las mujeres carnalmente, que caer en otros vicios más viles… Quita a las rameras del mundo y se henchirá de sodomía”. De la misma opinión eran Francesc Eiximenis y San Vicente Ferrer: “Lícito es para el remedio de la lujuria el lupanar… porque faltando lupanares no estarán a salvo casadas, ni doncellas, como enseña San Agustín”.

La gran crisis bajomedieval de mediados del siglo XIV, con sus secuelas de desempleo, hambre y emigración hacia las ciudades de masas depauperadas, hizo que aumentara en toda Europa la violencia sexual y el número de mujeres dispuestas a vender su cuerpo. La vinculación de la prostitución con la delincuencia indujo a los poderes públicos a concentrar a las meretrices en espacios cerrados estrictamente controlados por las autoridades. Las mancebías (“lugar o casa pública de las malas mujeres”, según Covarrubias), rodeadas por un cordón sanitario que protegía a las mujeres honestas del contagio, podían ubicarse en un barrio reservado, como en el caso del célebre burdel de Valencia tan elogiado por los viajeros extranjeros Antoine de Lalaing en 1501 y Barthélémy Joly en 1602, o bien en casas situadas en el corazón del tejido urbano (Valladolid, Toledo o Sevilla).

Felipe II, en 1570, precisó las normas generales del funcionamiento de las mancebías. Se fijaba en ellas la obligación de visitarlas cada ocho días para mandar al hospital a las mujeres que estuviesen enfermas y lo que el padre de la mancebía debía alquilar a las mujeres por un real diario: una cama de dos colchones, una sábana, dos almohadas, una manta, una silla, un candil, una estera y botica. Una mantilla corta, de color amarillo, sobre las sayas formaba parte del atuendo estatuido y las meretrices no podían salir por la noche de la mancebía bajo pena de cien azotes. Tenían prohibido faenar en los días festivos, cuaresma, cuatro témporas y vigilia. Ayuntamientos como el de Madrid, que en 1586 encomendó al regidor don Gaspar Coello “que haga recoger a las mujeres públicas desde el Jueves de la Conversión de la Magdalena hasta el Sábado Santo”, compensaban sus pérdidas pagándoles los gastos de posada y comida durante dichos días.

Servidumbre doméstica y meretricio

Pese a la rigidez moral entonces dominante, las mancebías eran consideradas un negocio lícito, sin merma de la honra del que lo disfrutaba e incluso con sus ribetes de regalía. El dinero del pecado engrosaba las arcas municipales, señoriales y eclesiásticas. La mancebía de Salamanca, por ejemplo, fue otorgada en 1497 a García de Albarrategui, mozo de ballesta de los Reyes Católicos, con la condición de que quien la explotase le había de pagar 10.000 maravedíes anuales a él y 1.500 a la ciudad. La concesión fue adjudicada al regidor don Juan Arias Maldonado, de familia ilustre, que a su vez nombró al padre de la mancebía. La explotación de los burdeles del reino de Granada, que Fernando el Católico concedió a Alonso Núñez Fajardo -del poderoso linaje inmortalizado por la famosa comedia de Lope de Vega Los Fajardo-, producía entre 80.000 y 105.000 maravedíes al año.

La prostitución se nutría de los sectores más menesterosos de la sociedad. Tejedoras, hilanderas, costureras y cargueras de los puertos mantenían relaciones sexuales a cambio de dinero. La conexión entre servidumbre doméstica y meretricio era escandalosa en ciudades como Valladolid, donde se suprimieron las “madres de mozas” o “ponedoras”, que teóricamente abastecían de criadas a las familias pudientes, pero que en la práctica reclutaban muchachas para la prostitución. Areusa, la ramera de La Celestina, quejosa porque su “mucho encerramiento” en casa de sus amos la había privado “de los dulces premios del amor”, alardea de cuanto mejor se hallaba siendo puta que en su anterior condición de sirvienta.

El nexo entre prostitución y matrimonio, tan palmario en el Lazarillo de Tormes pese la ley de 1502 contra “los casados que consienten y dan lugar que sus mujeres estén públicamente en pecado con clérigos”, fue nuevamente condenado por la pragmática de 1566: “que los maridos que por precio consintieren que sus mujeres sean malas de su cuerpo… les sea puesta la misma pena que por leyes de nuestros reinos está puesta a los rufianes” (es decir, a la pena de galeras).

Entre la represión y la tolerancia

El gran número de esclavas forzadas a prostituirse por sus amos obligó al Consejo de Ciento barcelonés a prohibir tan infame práctica. Juan de Jódar, padre de la mancebía de Sevilla y próspero tratante de esclavos, destinaba parte de sus compras a alimentar el burdel que regentaba. En el reino de Valencia, la justicia señorial autorizaba a las esclavas moriscas a ejercer la prostitución y a pagar su rescate con el producto de sus ganancias. En Canarias, menudearon los clérigos que compraban esclavas negras y las convertían en sus barraganas. En 1551, el canónigo Jerónimo de Trujillo pagó la alta suma de 68.640 maravedíes por la joven Felipa, de 20 años. De la finalidad de estas adquisiciones da idea el soldado Alonso de Peñalosa, que trató de vender una joven esclava a un clérigo diciéndole “que se la comprase, que era hermosa, y le serviría también de amiga”. Como el clérigo pusiese remilgos, dado que el fornicar era pecado, insistió: “Mira que, pese a Dios, llevadla a casa y estaréis harto de joder”.

Con todo esto, en España no se llegó a la libertad de costumbres existente en Francia, los Países Bajos o en la Italia renacentista, cuyo ambiente licencioso inmortalizó Francisco Delicado en La lozana andaluza (1528). En la Roma libertina de los Borgia, las cortesanas, adelantándose a George Sand, vestían atuendos masculinos según refiere nada menos que don Pedro de la Cueva, enviado por Carlos V para organizar con el Papa una acción conjunta contra el protestantismo alemán: “tratar de traer vestidas aquí como hombres algunas putillas y comer y cenar públicamente con ellas, es oír en España un sermón de fray Juan Hurtado y caer en estado de total perdición”.

Las directrices religiosas del reinado de Felipe IV acabaron con la prostitución legal en la España moderna. En 1623, se cerraron todas las mancebías: “Ordenamos y mandamos que de aquí adelante en ninguna ciudad, villa ni lugar de estos reinos se pueda permitir ni permita mancebía ni casa pública, donde mujeres ganen con sus cuerpos… y mandamos se quiten las que hubiere”. El mismo rey mandó en 1661 recoger y encarcelar a las mujeres perdidas: “porque tengo entendido que cada día crece el número de ellas… y todas las que se encontraren en mi palacio, plazuelas y calles… se prendan y lleven a la casa de la galera (cárcel)”. Como abolir no es suprimir, las posadas y calles de la capital del reino y de las ciudades portuarias, estudiantiles y clericales se llenaron de prostitutas clandestinas. A caballo entre la represión y la tolerancia, la historia de las mancebías ilustra las paradojas y contradicciones que resultan de imponer unos ideales de conducta disonantes con la satisfacción de las pasiones individuales.