¡Vaya noticia, claro que los vigilan!

Ramón de España
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A raíz de un artículo de Ronan Farrow (aquel hijo de Woody Allen y Mia Farrow que es clavado a Frank Sinatra, ex novio de mamá) en The New Yorker, el lazismo ha aprovechado la oportunidad para rasgarse las vestiduras en público: resulta que el Estado español vigila a miembros conspicuos del separatismo catalán a través de un programa israelí llamado Pegasus que, en teoría, solo puede utilizarse para prevenir el terrorismo. Impactante descubrimiento, señor Farrow, ya tardan en darle el Pulitzer. ¿Me está usted diciendo que los estados espían a sus enemigos interiores para ver qué andan tramando? Nunca se me habría ocurrido a mí solo. Muchas gracias, ahora entiendo por qué se conoce al periodismo como el cuarto poder.

Llámenme cínico, pero hace mucho que sospechaba que los estados hacen cosas éticamente discutibles para protegerse. En ese sentido, vigilar a los lazis más destacados (y a algunos que no pintan nada, como Albano Dante Fachín: compadezco al agente encargado de escuchar sus conversaciones) tiene toda la lógica del mundo. Otra cosa es que se trate o no de una medida moralmente punible, pero es, en cualquier caso, un privilegio de los estados. Las naciones sin estado se han de conformar con iniciativas parecidas, pero forzosamente más cutres, ya que los israelíes no les venden el Pegasus.

En el caso catalán, por ejemplo, hay que enviar a los de la Plataforma per la Llengua a los colegios para vigilar si los niños juegan en el patio recurriendo al idioma correcto. O depender de espontáneos como Santiago Espot, que se tiró una buena temporada apatrullando la ciudad con su bolígrafo y su cuadernito y apuntando los comercios que no rotulaban en catalán para denunciarlos a la autoridad competente.

Pero si tienes un estado, por defectuoso que sea, te venden el Pegasus y hala, a espiar a quien te parece que puede resultar peligroso para tus intereses. Yo diría que eso es algo que todo el mundo da por hecho en cualquier país y que escandalizarse al respecto es una señal de no saber cómo funcionan las cosas en el mundo. Comprendo, eso sí, que los lazis se agarren al Pegasus como a un clavo ardiendo, pues cada vez son más irrelevantes dentro y fuera de España y necesitan darse un poco de pisto. Lo que ya entiendo menos es que el Gobierno español reaccione haciendo como que comparte la indignación de los espiados y asegurando que no sabe quién ha podido proceder a una práctica tan censurable.

Estos días, Sánchez y Marlaska recuerdan poderosamente al capitán Renault de Casablanca, cuando en la célebre escena del casino clama “¡Qué escándalo, aquí se juega, detengan a los sospechosos habituales!”. Vamos a ver, si no es a España, ¿a quién le puede interesar tragarse las quiméricas conversaciones de una pandilla de tuercebotas patrióticos en busca de la independencia? Aparte del interés nacional, ¿qué otro motivo puede haber para prestar atención a lo que dice Albano Dante Fachín?

¿No sería mejor reconocer que se ha espiado a los procesistas para ver qué andaban tramando? Por pura lógica, ¿merecen otro trato los enemigos del Estado? Yo creo que a muchos nos parece bien que se les vigile de cerca en vistas a evitar males mayores. Lo que ya no nos parece tan bien es que el Estado pretenda tomarnos por tontos y haga de capitán Renault.

La reacción lazi, por otra parte, era totalmente previsible, aunque no sea muy fácil tomarse en serio el tono amenazante de algunos de los afectados por la situación. El Petitó de Pineda habla de congelar las relaciones con el Gobierno español (algo que llenaría de gozo a este, que está hasta las narices de él, de sus secuaces y de su mesa de diálogo). La Geganta del Pi exige la dimisión de Pedro Sánchez (cuando ella está a un paso de la inhabilitación por presuntas corruptelas y a dos o tres del trullo). Quim Torra lo encuentra todo repugnante (obviando su adicción a la ratafía y a la producción en masa de buñuelos de cuaresma a la que se ha consagrado en período pascual). Carles Puigdemont aprovecha para interpretar el papel del Piojo Resucitado (hay que reconocer que lo borda), exige consecuencias graves por haber sido espiado y clama para que Junts rompa sus acuerdos con el PSC (y así se olvida un rato de que en el Parlamento Europeo le cortan el micrófono porque ya no pueden más con él). Pilar Rahola, a todo esto, no sé cómo debe llevar la humillación de no figurar en la lista de vips cuyas conversaciones eran convenientemente escuchadas por sufridos agentes del CNI (o duendes del bosque, en la versión Marlaska).

Durante unos días, gracias a Pegasus, los lazis harán como que están a partir un piñón y simularán que se ha rehecho la unidad independentista. Pero no tardarán mucho en volver a tirarse los trastos por la cabeza (de hecho, ya están empezando a hacerlo, sobre todo desde Waterloo). El Gobierno español montará una comisión de esas que sirven para que no se aclare nada y seguirá espiando a los enemigos del Estado, como es su obligación. Se descongelarán las relaciones con el opresor y se volverá a dar la chapa con la mesa de diálogo. Habremos disfrutado de una tormenta en un vaso de agua y todo seguirá igual de aburrido y cansino que antes. Eso sí, lo de pasar de lo que diga Rahola es una grosería que el Estado se podría haber ahorrado con esa pobre mujer: primero la echan de La Vanguardia y ahora esto. ¿Qué será lo siguiente, tacharla de la lista de paniaguados del Mossad?

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

 

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