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Este hombre no está bien

Ramón de España
5 min

Si yo fuese el abogado de Carles Puigdemont, consideraría seriamente la posibilidad de alegar en su defensa enajenación transitoria (dejémoslo en enajenación a secas, ya que la cosa hace tiempo que dura, ha empeorado en el exilio belga y tiene pinta de ir para largo). Con la que ha liado (y sigue liando en el extranjero), Puchi solo tiene dos opciones razonables: la cárcel o un sanatorio mental. Su actitud es la del conductor que circula contra dirección y a toda pastilla, sorprendiéndose de encontrarse tanto vehículo de cara e increpando a sus conductores por su falta de sensatez. Como a los locos, conviene no llevarle la contraria, ya que entonces se enrabieta y se pone a insultar a todo el mundo. Hasta ahora, se conformaba con la pérfida España y sus representantes políticos, franquistas todos, pero hace un par de días amplió el foco de su desprecio a esos países europeos que no han querido darle la razón en su chiquillada independentista. Según él, la Unión Europea está compuesta por unos Estados decadentes y obsoletos, motivo por el cual Cataluña debería someter a referéndum su continuidad en tan lamentable institución.

Lo ha soltado tal que así y se ha quedado tan ancho. Los digitales de su cuerda, incluso, han informado de ello como si fuese lo más razonable que han oído en años. Pero, vamos a ver, Puchi, si no has conseguido sacar a Cataluña de España, ¿cómo esperas sacarla de Europa? A no ser, claro está, que estés tan perjudicado que consideres que la República catalana es una realidad que solo espera a ser implementada (como ese Jaguar que yo tengo, pero solo me falta comprarlo). Sé que hay quien cree en esa teoría, pero suelen ser los de la CUP, que ya nos tienen acostumbrados a sus proyectos quiméricos: no olvidemos que conseguir la independencia de Cataluña, según ellos, era lo más fácil, y que luego venía lo complicado, acabar con el heteropatriarcado, abjurar del capitalismo y salirse de la Unión Europea. Que esas cosas las digan los de la camiseta de manga corta encima de la de manga larga resulta normal, pero que las diga un convergente de toda la vida es más bien insólito. A no ser que se le haya ido la olla, claro.

No sé ustedes, pero yo a Puchi cada día lo veo más delirante. Cree ser el presidente en el exilio de la República catalana, azuzado por los cuatro matados que se han fugado con él

No sé ustedes, pero yo a Puchi cada día lo veo más delirante. Cree ser el presidente en el exilio de la República catalana, azuzado por los cuatro matados que se han fugado con él. Cree que todo el pueblo catalán suspira por su regreso, cuando hasta sus socios de ERC lo dan por desaparecido en combate. Cree que España y Europa son un montón de dictaduras que le impiden hacer realidad su sueño (que es la pesadilla de la mitad de su comunidad). Cree tener razón en todo y que siempre son los demás los que se equivocan. No alberga ni la más mínima duda sobre su (catastrófica) gestión y está alcanzando unas cimas de mesianismo a las que no optó ni el Astut.

Yo diría que sus anfitriones empiezan a estar más hartos de él que el embajador ecuatoriano en Londres de Julian Assange. Y más que lo van a estar cuando el próximo diá 7 de diciembre les llene Bruselas de procesistas vociferantes, como ya lo hizo con los tíos de la vara. Con los problemas que tiene la Unión Europea, la opresión imaginaria que sufre Puchi está dejando de ser una extravagancia para convertirse en un incordio.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

 

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