La lucidez debe ser castigada

Ramón de España
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Miquel Buch, exportero de discoteca especializado en no permitir la entrada a canis como Gabriel Rufián, ha dicho que va a investigar a ese mosso d´esquadra que el otro día, en un arranque de lucidez, le dijo a un guardabosques que aseguraba estar defendiendo la república que dicha república no existe y que era un idiota por creer que sí. Dice Buch que un agente del orden no debe insultar a un manifestante, pero hay dudas acerca de si lo que dijo el mosso era un insulto o no. Personalmente, se me antoja una descripción bastante acertada del guardabosques indepe: alguien que sigue creyendo en los Reyes Magos a su edad --o en la república, que viene a ser lo mismo, o en la curación del autismo a través de la lejía-- es un idiota por mucho paliativo patriótico que le echemos al asunto.

Buch afirma también que lo que hizo el mosso no es normal. A muchos nos parece lo más normal que se ha oído en años por parte de cualquier personaje relacionado de un modo u otro con el régimen. Lo que no es normal es pretender sacarle diez euros a un millón de catalanes para que Puchi se gaste el botín recaudado en sus cosas (como ese parlamento alternativo de entre 100 y 150 diputados del que se habla alegremente como si fuese lo más razonable del mundo). Lo que no es normal es que unos políticos encarcelados se pongan en huelga de hambre y la abandonen a las tres semanas diciendo que han agitado las conciencias europeas y que la justicia española empieza a hacerles caso, como demuestra la nueva negativa a la petición de libertad de Jordi Sánchez (¡Los hemos doblegado! ¡Ya no nos ignoran! ¡Por lo menos, nos envían al carajo, señal de que existimos!). Lo que no es normal es que el presidente suplente se instale en Montserrat para un ayuno de dos días y lo estén monitorizando a las dos horas de iniciar su ridícula operación bikini. Lo que no es normal es que la celebración de un consejo de ministros en Barcelona se considere una provocación --¡El virrey viene a ver a los indios!-- o que bautizar al aeropuerto del Prat con el nombre de la única persona normal que ha ocupado el cargo de presidente de la Generalitat desde la restauración de la institución sea visto con malos ojos, intuyendo intenciones turbias del perverso estado español. Lo que no es normal es que un miembro del Govern diga que le persigue por las calles de Barcelona un señor en patinete. Lo que no es normal es convertir los medios públicos de comunicación en una máquina de agitación y propaganda.

Por el contrario, que un funcionario le diga a otro que la república no existe solo es una información que está al alcance de todos menos de los idiotas como el agente rural en cuestión. Desgraciadamente, lo normal en la Cataluña actual es que al guardabosques le den un aguinaldo mientras al mosso se le hace la vida imposible. Seguro que ya hay informes de Mossos per la República en los que el hombre es identificado como españolista acérrimo y fan de Santiago Abascal. Como dice el refrán, quien dice las verdades pierde las amistades. Y en Cataluña, además, se le cae el pelo por derrotista carente de fe. ¿Pero a quién se le ocurre reivindicar el principio de realidad en estas fiestas tan mágicas y entrañables?

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¿Quién es... Ramón De España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

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