El humor bueno es el involuntario

Ramón de España
5 min

El humorista Godai García, del que no había oído hablar jamás, fue invitado hace algunas noches al programa de TV3 Preguntes freqüents y tuvo el descaro de largar un monólogo sobre el prusés y Chis Torra que no le hizo ninguna gracia a Eduard Pujol, un pedecato del que se avergüenzan sus propios compañeros de lucha. El chorreo que le pegó al amigo García fue de órdago, ya que, según Pujol, con cosas tan serias como el prusés y el presidente (por accidente) de la Generalitat no se pueden hacer bromas. ¡Y eso lo dice un maestro del humor involuntario como el tipo que aseguraba que le perseguía por las calles de Barcelona un sujeto en patinete! ¡Un esbirro del separatismo que solo abre la boca para decir chorradas y lamer traseros mejor situados que el suyo!

Para quienes sepan leer entre líneas, la bronca de Pujol era una clara indicación de cuál es el humor que les gusta a los procesistas, aparte del de Polònia: el humor involuntario, en el que los separatistas brillan con luz propia. Ya sabemos que ellos todo lo hacen en serio, pero la respuesta de quienes conformamos el populacho suele ser una hilaridad incontenible. Lo del patinete, por ejemplo, era muy bueno (podría haber añadido que se trataba del mismo agente del CNI que atropelló a Muriel Casals con una bicicleta, pero para eso hace falta cierta imaginación a lo Víctor Alexandre que no está al alcance de todos). Lo de Lluís Llach diciendo que va a hacer un gesto desmesurado como las cosas sigan así tampoco está nada mal; me pregunto en qué consistirá ese gesto desmesurado: ¿tal vez sustituir el gorrito de macramé por un peluquín de color amarillo? Lo de ponerse a bailar una sardana frente al Atomium de Bruselas --con unas danzarinas patrióticas que ya eran mayores cuando entraron los nacionales en Barcelona-- es una charlotada involuntaria de primera magnitud: ¡bien por Puchi! Lo de las marchas con antorchas es una cosa que daba miedo cuando las llevaban a cabo los nazis, pero las de ERC para visitar la tumba de Companys solo te llevan a pensar en el madrugón que se han pegado los participantes. Y así sucesivamente. Entre las últimas muestras de humor involuntario del procesismo, mi favorita es la de Artur Mas diciendo que ha detectado en su entorno un gran interés por su posible regreso a la política activa.

Realmente, el humor deliberado no es lo suyo: fijémonos en esos titanes de la risa como Toni Soler, Toni Albà, Jair Domínguez y demás desaboridos para comprobarlo. Pero en el involuntario no hay quien les tosa. Todo lo que para ellos es sagrado, resulta ridículo para una gran parte de la audiencia. No merece la pena comentar que un político nunca debería abroncar en público a un humorista, pues solo consigue quedar como un mostrenco autoritario. Sobre todo, si a ese político lo acosa un señor en patinete del que no hemos vuelto a saber nada. En cuanto al amigo García, me temo que ya se puede ir olvidando de volver a hacerse el gracioso en TV3: tal como están las cosas en la nostra, ningún presentador querrá contar con él para nada. Ni para hacerse un selfi. Mucho mejor hacerse fotos con Arnaldo Otegi o con Fredi Bentanachs --maestros también del humor involuntario--, pues con esos no se corre peligro alguno de acabar en alguna lista de desafectos al régimen. Parece que, entre un terrorista y un humorista, el peligroso para los Pujol de este mundo es el segundo.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

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