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Estoy haciendo historia, mamá

Ramón de España
5 min

Mi pancarta favorita de las últimas manifestaciones independentistas es una que ponía "Dame con la porra hasta que me corra". La enarbolaba una adolescente rubia y muy mona con la tripita al aire y el móvil en la cinturilla de los tejanos (estuve mirando su foto un buen rato, hasta que dejé de hacerlo al pensar que podría estar incurriendo en una ilegalidad). Como mantra procesista, la frase no es gran cosa, pero me congratulo de que esa muchacha, a su corta edad, ya haya descubierto las alegrías del bondage y el sadomasoquismo, aunque no creo que haya sido en nuestra estupenda escuela inmersiva, que es de natural monotemática.

También me encantó otra pancarta, más ajustada en su delirio a la épica de los acontecimientos --igual la rubia era una infiltrada con ganas de incordiar a sus compañeros de clase recordándoles las cosas importantes de la vida--, que rezaba, "Mamá, no voy a clase porque estoy haciendo Historia". Si la primera pancarta te provocaba una sonrisa, ésta hacía que se te cayera el alma a los pies. Pensar que se está haciendo Historia participando en una marcha de chichinabo en la que no se corre ningún peligro es una estupidez; o una muestra de inocencia, si atendemos a la edad de la manifestante. Algo ha cambiado en la relación entre padres e hijos en Cataluña. Cuando los de mi quinta hacíamos el ganso, nos matábamos a porros o escuchábamos el rock más ruidoso del momento, solo pensábamos en jorobar a nuestros padres. Lo de hacer Historia ni se nos pasaba por la cabeza. Pero, claro está, ahora ya no hace falta incordiar a tus padres porque piensan igual que tú. Si yo tenía un problema con algún cura del colegio, mis progenitores se ponían siempre de su parte, conscientes de que los adultos debían cuadrar juntos a los mequetrefes con pretensiones. Pero si un chaval de ahora tiene un problema con un profesor, lo más habitual es que su padre o su madre se presenten en el colegio a zurrar al tirano que le amarga la vida a su retoño: ni se les pasa por la cabeza que su querido niño pueda ser un zoquete del quince o adoptar permanentemente una conducta intolerable. El nene es sagrado.

Por eso salía el otro día una señora en TV3 quejándose de que su niña había sido aporreada, detenida y encerrada. Y de que le habían metido en la mochila unas bolas de billar y un cóctel molotov. La buena señora estaba convencida de que había una conspiración unionista contra su hija porque ésta sería incapaz de salir a la calle con armamento antimaderos. Este tipo de padres suelen ser catalanistas y, sobre todo, buena gente. De hecho, son la tercera pata del taburete procesista, junto a la escuela comecocos y TV3: han fabricado monstruos cargados de odio, pero insisten en que todos son muy buenos chicos. Algunos hasta sienten cierta admiración hacia ellos, como si estuviesen haciendo lo que sus padres nunca se atrevieron a hacer porque era incompatible con cambiar de coche cada tres años y mantener la segunda residencia en Cadaqués.

Estoy seguro de que ni la boba que creía estar haciendo Historia ni la rubita aficionada al sexo duro formaban parte de las huestes de vándalos que se han dedicado a prender fuego a la ciudad. Pero de la niña inocente que dice que la policía le ha plantado pruebas en la mochila no me fío. Es más: que se la crea su madre.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.