Carles I, ‘L’emmerdeur’

Ramón de España
6 min

No he titulado esta columna en francés para hacerme el listo y el cosmopolita, sino porque el término emmerdeur, que tan bien le cuadra a Carles Puigdemont (también conocido como Cocomocho, El Vivales o El Hombre del Maletero), me parece mucho más eficaz que su equivalente español, liante, o incluso italiano, imbroglione, aunque los dos están muy bien. Al añadir la materia fecal a la descripción de ciertas psicologías extremadamente dañinas, los franceses encontraron la definición perfecta de personajes como nuestro querido ex presidente de la Generalitat. Para ilustrar cómo se las gasta esa clase de gente, Edouard Molinaro dirigió en 1973 una película titulada L´emmerdeur (basada en la función teatral de Francis Veber Le contrat) y protagonizada por Lino Ventura, en el papel de un asesino a sueldo que debe eliminar a su objetivo ejerciendo de francotirador, y Jacques Brel, como un suicida llorica que se cruza en el camino del hitman y le impide, a fuer de pelmazo e inoportuno, librarse del sujeto molesto por cuya muerte ha sido contratado (Billy Wilder realizó un remake en 1981 --en lo que sería su última película--, protagonizado por Walter Matthau y Jack Lemmon en los papeles de Ventura y Brel). No tengo la menor duda de que esta historia, en cualquiera de sus versiones, es la película favorita de Carles Puigdemont, aunque la desconozca.

Como no tiene nada que hacer en todo el día, aparte de ir de vez en cuando al peluquero para que le recorte el flequillo porque ya ve menos que Pepe Leches (aunque también podría hacer como aquel secundario de las películas de Marisol que se pasaba toda la trama soplándose el tupé que se le desplomaba constantemente sobre los ojos), nuestro hombre se dedica a ejercer de liante, de imbroglione, de emmerdeur. Y aunque suele concentrar sus esfuerzos en hacerle la vida imposible a Pere Aragonès (a menudo, por persona interpuesta: Laura Borràs o Jordi Sánchez), siempre le queda tiempo para irse a París a dar la chapa (aunque solo lo reciban cuatro matados seleccionados entre lo más tonto de los fans de Mélenchon y los inevitables separatistas corsos), acercarse a la Catalunya Nord a soltar algunas soflamas, hablar solo en el Parlamento Europeo (que se vacía en cuanto toman la palabra Puchi o sus cuates, Comín y Ponsatí), amenazar a España con terribles acciones judiciales por espiarle o hablar en nombre de una Europa que lo soporta con infinita paciencia a la hora de criticar la, según él, falsa democracia española.

Como anda escaso de reconocimiento y, sobre todo, de entretenimiento (las serenatas al piano de Comín y los ripios de Valtonyc no dan para mucho), ahora se acaba de inventar una especie de BOE del Consejo por la República, que ya era en sí mismo una ocurrencia estúpida, pero que se justificaba por la necesidad de hacer caja (al igual que ese Documento de Identidad Republicana que oscilaba entre los seis y doce euros, dependiendo de si te apañabas con la versión virtual o insistías en disponer de un carné como Dios manda, aunque inútil a más no poder). El timo del Consell no ha salido muy bien. Puchi quería tener un millón de amigos para así más fuerte poder incordiar (y sacarle diez pavos a cada uno, que nunca vienen mal), pero se ha tenido que conformar con menos de 100.000. Hombre voluntarioso, eso no le ha impedido organizar unas elecciones a tan relevante institución (a celebrar a finales de octubre) y anunciarlas en su propio BOE, que acaba de nacer: nuestro emmerdeur preferido no para de urdir maneras de darse aires de grandeza mientras los Hermanos Malasombra del prusés (Alay y Boye) se dedican a conspirar con mafiosos rusos y puede que hasta con espías del imperio austro-húngaro o del planeta Arrakis.

Hoy por hoy, Carles Puigdemont es el protagonista de la farsa más ridícula que se representa en Europa, pero hay que reconocerle, eso sí, el mérito de tomársela muy en serio. Como el mig amic de la canción de Peret, el hombre va enredando por aquí, enredando por allá, y así, como el Gran Ganga de Almodóvar y McNamara, va y viene y por el camino se entretiene. Como emmerdeur no tiene parangón, pues intenta liarla en Cataluña, en España y en la Unión Europea, aunque desde esta última ya se están interesando por sus muy antieuropeos tejemanejes con los rusos, que en nada le ayudan a conservar su insegura condición de diputado. No hay otro político que siga tan al pie de la letra aquel adagio (creo que de origen argentino) que reza: “Si no puede ayudar, moleste. Lo importante es participar”. Motivo por el cual quedo a la espera de su próxima gansada.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

 

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