Ramón de España opina sobre el fenómeno 'therian'
¿Qué hacer con un hijo "therian"?
"Como ya tengo una edad, el pelo largo y los discos de los Stones me parecen una manera más eficaz de molestar a papá (ya no, pero en los años 60 y 70 funcionaba de miedo). Lo de hacer el perro, pues no sé muy bien qué decirles"
La principal obligación moral de la adolescencia siempre ha consistido en molestar a los adultos, en general, y a sus progenitores, en particular.
Para conseguirlo, los chicos de mi generación contamos con el pelo largo y la música pop, que funcionaron con nuestros padres porque la mayoría de ellos eran unos energúmenos autoritarios a los que todo sacaba de quicio (más de uno lamentó haber comprado un tocadiscos para escuchar a María Dolores Pradera y encontrarse con que ese trasto se convertía, para él, en un arma de destrucción masiva gracias a los ruidos insufribles que salían de los altavoces cada vez que al niño se le ocurría poner uno de sus discos).
Pasado el tiempo, las melenas ya no molestaban a nadie y el rock estaba perfectamente asumido, sobre todo porque el peludo de ayer era el padre de hoy y la música pop ya sonaba en casa antes de que llegara la descendencia.
Es decir, que lo de molestar a los mayores cada día cuesta más, por lo que hay que inventar nuevas maneras de hacerlo.
Sólo así consigo explicarme el fenómeno therian, del que el pasado sábado tuvo en Barcelona una especie de celebración descafeinada (acudieron más curiosos y gamberros que chavales que se identifican con un perro o un gato), que acabó con la policía repartiendo porrazos entre los asistentes, que se pusieron un poco farrucos.
Como ustedes ya sabrán, la cosa therian consiste en identificarse con un bicho y tratar de actuar como él.
A veces, las cosas salen mal, como puede comprobarse en esos vídeos en los que un therian es atacado por un gato o por un perro y tiene que salir por piernas, porque si sale por patas, el cuadrúpedo de turno le da para el pelo.
Como ya tengo una edad, el pelo largo y los discos de los Stones me parecen una manera mucho más eficaz de molestar a papá (ya no, pero en los años 60 y 70 funcionaba de miedo). Lo de hacer el perro, pues no sé muy bien qué decirles, más allá de la mítica frase de mi abuela: "Al jovent tot l´hi està bé".
Y como, por cuestiones generacionales, me siento más cercano a los padres que a los hijos, voy a intentar animar a los progenitores desesperados porque su retoño va por ahí haciendo el perro. Si nos lo tomamos por el lado bueno, veremos que un hijo therian es eso que los anglos definen como A blessing in disguise (Una bendición disfrazada). ¿Por qué? Veamos.
Los hijos cuestan dinero. Comen como limas. Hay que vestirlos. Hay que llevarlos al colegio. A muchos de ellos hay que pagarles la universidad. Una pasta gansa.
Por el contrario, un perro sale muy económico: va en pelotas, come pienso, no va al colegio ni a la universidad, duerme en cualquier parte… Al therian, amigos, hay que tomárselo más en serio de lo que él se toma a sí mismo. Y hay que urgirle a llevar su papel hasta las últimas consecuencias, como si fuese un actor del método.
Así pues, lo primero es quitarle su cuarto y convertirlo en un estudio para el cabeza de familia. Si la casa tiene jardín, que el therian duerma al raso. Y si no, con una alfombra raída situada junto a un radiador, va que chuta.
Se acabaron los caprichitos alimenticios: croquetas para perro, y ya está. Dos paseos al día y que recoja sus propias cacas, que para algo dispone de esas manitas que está destrozándose a base de andar a cuatro patas. Si ladra mucho, molesta en exceso o se atreve a morder a algún miembro de la familia, se le castra y fin del problema.
Esta es, creo yo, la manera más coherente de tratar a un therian. Sé que puede causar problemas sociales, sobre todo lo de la castración, pero, aunque el tratamiento se interrumpa antes de llegar a ese extremo, el chavalote habrá recibido una clase sobre la necesidad de mantener la coherencia que no olvidará en su vida y que constituirá un motivo más para amar y respetar a sus padres.
De verdad que no entiendo cómo no me ha caído una plaza de asesor presidencial, ya sea a nivel nacional o autonómico. Para mí, que me tienen manía.