Ramón de España junto a León XIV durante su intervención en el Congreso Europa Press
Cada loco con su tema
"Entre las tabarras que se va a encontrar el Papa en Barcelona figura en lugar destacado la de los empecinados en que se dirija a su rebaño en catalán"
Como buen agnóstico, no estoy ni a favor ni en contra de la visita a España del Santo Padre.
Me consta que aporta alegría a los creyentes y que a los demás tampoco nos causa grandes quebrantos, más allá de los inevitables cortes de calles y la proliferación de agentes del orden en las ciudades visitadas por el sumo Pontífice y que, en el caso de Barcelona, mejor estarían en esas zonas en las que, últimamente, salimos a muerto diario vía disparo o machetazo.
Los ateos, tan dados a sobreactuar como los creyentes, aprovechan para recordarnos la laicidad española, aparentemente incompatible con tanta zalamería hacia León XIV, y para reafirmarse en sus creencias (no todo el mundo puede ser Antonio Banderas, que descubrió al Señor a raíz de su infarto).
Tras pasar por Madrid, donde el presidente del Gobierno aprovechó la ocasión –antes de pillar el Falcon y plantarse en el Primavera Sound barcelonés para darle la tabarra pop al pobre Damon Albarn– para insinuar que el Papa bendecía su manera de entender la política, hoy llega León XIV a Barcelona, aunque ya en la capital del reino recibió un recado de Míriam Nogueras y Eduard Pujol para recordarle que en Cataluña hay que hablar la lengua propia del país, que es el catalán (aunque sea superior el número de personas que se expresan en castellano: el mito de la lengua propia hay que repetirlo hasta que se lo crea todo el mundo).
Nogueras le habló en inglés al Papa, y Pujol en italiano, aunque el señor Prevost hable perfectamente español tras sus años en Perú y su madre se apellidase Martínez y descendiera de españoles emigrados a Estados Unidos desde la localidad gallega de Porriño: con tal de no hablar castellano, cualquier cosa.
Entre las tabarras que se va a encontrar el Papa en Barcelona figura en lugar destacado la de los empecinados en que se dirija a su rebaño en catalán. La lengua propia, como todo el mundo sabe, de todos los católicos residentes en la ciudad. Ya han empezado a darle la chapa en Madrid, donde el catalán no es precisamente la lengua propia, y hay planes para seguírsela dando en la millor botiga del món.
Ya dijo Puigdemont que a Su Santidad hay que recibirle en plan escrache, con pancartas que le recuerden en qué idioma debe dirigirse a las masas.
El lazismo está especialmente interesado en que el Papa hable en catalán durante su visita a la Sagrada Familia, nuestra iglesia más internacional. Según ellos, hablar en castellano sería una ofensa para Antoni Gaudí, que empezaría a removerse en su tumba. Da igual que entre la audiencia haya miles de sudamericanos vivos, lo importante es respetar a un catalanista muerto.
Algo en lo que, al parecer, no ha puesto el debido entusiasmo proactivo el arzobispo de Barcelona, Juan José Omella, un baturro del Matarraña que, según los lazis, se pasa la vida hablando en castellano y no respeta lo suficiente la lengua propia de la Cataluña catalana.
Estos días, la prensa digital del antiguo régimen se está poniendo las botas a la hora de poner de vuelta y media a nuestro arzobispo: hay que ir calentando a las masas para que le den al Papa un recibimiento (Catalunya, terra d'acollida!) que no olvide en su vida.
Para contribuir al sindiós, se espera que esos maestros que protestan de sus condiciones laborales a fuerza de cortar carreteras y amargarle la vida a cuanta más gente mejor, se concentren en la Sagrada Familia tras haber cortado unas cuantas calles (como también son de la ceba, es de prever que añadan a su matraca habitual lo de la lengua propia).
La visita papal es un mero trámite del que no hay manera de librarse. Sí, nos dificulta el movimiento por la ciudad, pero eso mismo hacen los maratones y carreras populares con las que nos regala el ayuntamiento con una periodicidad preocupante y sin que nadie parezca molestarse.
Lo suyo, pues, sería someterse estoicamente al aquelarre católico mientras se reza fervorosamente para que el Papa se vaya cuanto antes. Pero se impone el cada loco con su tema, y los lazis solo tienen uno.
Si Òscar Escuder, mandamás de la Plataforma per la Llengua, está al quite, igual logramos que León XIV se vuelva al Vaticano con una querella por catalanofobia.