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Los apestados del Covid-19

Pepa Roma
10 min

Si hay una pesadilla mayor que el no poder salir de casa, es la de no poder volver a casa.

Casi dos semanas después de declararse el Estado de Alarma siguen repatriándose españoles en todo el mundo dejados en tierra por Iberia y otras líneas aéreas, principalmente en Latinoamérica. Unos 11.000, en su mayoría turistas, han sido repatriados esta semana y se espera la llegada de otros 5.000 antes del domingo. Pero muchos más quedan esparcidos por distintos continentes, sin saber qué hacer y recurriendo al único canal a su alcance: los medios de comunicación. Y es que sólo diez dias después de declararse el Estado de Alarma y una semana después de suspender su actividas, Iberia se dignaba enviar un correo electrónico a sus usuarios informando de las restricciones que ha impuesto el Covid19 a sus vuelos.

Al ver los últimos días por televisión los mensajes de socorro que nos enviaban los atrapados en Ecuador y otras partes de Latinoamérica y del resto del planeta, he revivido la angustia con la que vivimos la incertidumbre del regreso los que tuvimos ocasión de coger uno de los últimos vuelos desde Colombia el mismo día en que aquí se anunciaba el Estado de Alarma. Cuando los que estábamos al otro lado del océano ya podíamos ver no sólo como iban las cosas en Italia, si no también como Perú y Chile cancelaban sus vuelos con España, y en otros países como Colombia se adoptaban medidas de confinamiento y castigo para los españoles procedentes de Madrid, nos apresuramos a adelantar nuestros vuelos.

Y no porque nadie se hubiera molestado en decirnos nada, si no por los rumores que nos llegaban de que los comandantes de Iberia se preparaban para dejar de volar en dos o tres días. También porque otras aerolíneas sí llevaban ya más de una semana mandando mensajes a los usuarios avisando de la progresiva reducción de vuelos y dando garantías de que sus aviones habían sido desinfectados y eran seguros, como es el caso de Avianca, con la que tenía el vuelo de Cartagena de Indias a Bogotá el 14 de marzo.

En el aeropuerto de Bogotá había ya quien con lágrimas en los ojos trataba de conseguir una plaza desde cualquier lugar de Latinoamérica para un esposo o familiar que se quedaba atrás. Yo misma había tenido que pasar por el viacrucis de ir de ventanilla en ventanilla en el aeropuerto y agencias de viajes de Cartagena, tras intentar conectar inútilmente con Iberia a través de un teléfono tan colapsado como la misma web donde se decía que podías optar al cambio o reembolso.

Nos metimos a empujones en el avión como si fuera a ser el último. No fue el último, pero sí el antepenúltimo, porque, dos días después, Iberia dejaba de volar a Bogotá sin avisar a nadie. Y seguramente seguiríamos sin enterarnos, dada la opacidad que rodea algunos aspectos de esta crisis, de no haber visto a un puñado de enfermeras españolas atrapadas en Guayaquil en un programa de la tarde en Tele 5 y a la propia alcaldesa de la segunda ciudad de Ecuador bloquear con camiones la pista de aterrizaje a un avión de Iberia procedente de Madrid.

Lo que pareció una reaccion histérica y estentórea hasta a los propios ecuatorianos no nos lo parece tanto a los que teníamos ya noticia de que los primeros infectados detectados en varios de esos países eran viajeros procedentes de España y que tomamos uno de esos vuelos. La sensacion de que podíamos estar precipintándonos hacia un regreso suicida no nos abandonó a más de uno en todo el vuelo IB6586.

Como tantos otros que estábamos pendientes de la llegada con más de una hora de retraso del avión procedente de Madrid, seguí su llegada a Bogotá, conexión al finger por donde arrojó cientos de pasajeros procedentes de la que ya sabíamos capital más contagiada de Europa, y la entrada del carro de comida, de los equipajes y del carburante. Pero ningún equipo de limpieza a la vista. Ni media hora tuvo el avión para sacar algo de su aire viciado a través del finger, porque para recuperar el retraso, Iberia se propuso salir en hora. Si por ahí pasó alguna limpiadora, era evidente que no habría tenido tiempo más que para retirar papeles y restos de los anteriores viajeros. En el avión, las azafatas iban y servían sin mascarilla y sin guantes, algo que ya se había impuesto en otras compañías, y que sí llevaban muchos pasajeros.

Estaba visto que se estaban tomando con la misma impuntualidad británica con la que lo ha hecho British Airways, de la depende ahora nuestra compañia bandera, las medidas de contención del Covid-19. Lo que me ha hecho pensar muchas veces en aquellas azafatas, en el pasajero de al lado, ¿habrán pillado algo? ¿Habremos pillado algo?

Muchos veníamos de ciudades todavía con contagio cero, como Cartagena de Indias, y allí seguiríamos atrapados, en una ciudad hoy cerrada a cal y canto, de haber confiado en la información que nos proporcionaba nuestro gobierno o en el billete original emitido por Iberia. Es lo que les ha pasado a miles que todavía tratan de regresar desde Perú, Filipinas, la India, Birmania, Estados Unidos.

No todos los que permanecen atrapados fuera es por culpa de Iberia, los hay que muy tranquilamente quisieron apurar sus vacaciones en Bali o que se creyeron más a salvo en lejanas islas de Filipinas, llevados por la idea de que todo mal procede de la civilización consumista que hemos creado, y que nada malo puede sucederte en paraísos perdidos, cerca de la naturaleza y entre pueblos más auténticos. Expulsados ahora de hoteles o confinados en barracas de playa. Llegaron con un charter o low cost, y ahora tienen que comprarse un incierto billete de dos o tres mil euros en vuelos que no existen o se suspenden.

Los hay también que fueron por trabajo y otras razones. El número de personas con nacionalidad española que residen en el extranjero pasa de los 2.600.000, según los datos del Padrón de Españoles Residentes en el Extranjero (PERE). Más del 61,0% de ellos en América, el 35,4% en Europa y el 3,6% en el resto del mundo. Es de suponer que a medida que el virus se cebe con virulencia en más países y ellos se encuentren sin trabajo y sin nadie que pague su estancia por los ERTES de sus empresas, confinados en apartamentos que no pueden pagar, con vecinos que dejan de saludarles, muchos de ellos se sumarán a los que tratan de volver a casa.

Unos y otros tratados, como decía por televisión una española atrapada en la India, como “apestados” por el solo hecho de ser español. Una imagen de España y la angustia de muchos españoles en el exterior que acaso no requería más previsión que un simple comunicado o mensaje a tiempo. Tal vez es el momento de habilitar los canales adecuados para que puedan volver todos aquellos para los que su situación va siendo más y más insostenible y no convertirse en nuestros desterrados.

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¿Quién es... Pepa Roma?
Pepa Roma

Ha convertido la vocación viajera en material para su obra periodística y literaria, plasmada en varias novelas, como 'Indian Express', Premio Azorín, o 'Mandala', reeditada en e-book 18 años después de su publicación; y en varios ensayos en torno al oficio de escribir. Ha trabajado para prensa escrita, televisión y radio; y es autora de grandes entrevistas.