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Artículo de opinión de Silvia Urarte

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Pensamiento

La transición energética también es geopolítica

"Las crisis de energía revelan que la sostenibilidad ya no es solo una agenda ambiental, sino una estrategia para reducir vulnerabilidades económicas"

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En los primeros días de la tensión militar entre Irán e Israel, el precio del petróleo llegó a subir cerca de un 10 % en los mercados internacionales.

No es una reacción excepcional. Es el reflejo de una constante histórica: cada vez que estalla un conflicto en una región energética clave, los mercados recuerdan hasta qué punto la energía está ligada al poder.

La razón es sencilla: alrededor de una quinta parte del petróleo mundial transita por el Estrecho de Ormuz, uno de los puntos más sensibles del sistema energético global.

Porque la energía nunca ha sido solo una cuestión económica o tecnológica. Siempre ha sido, sobre todo, una cuestión geopolítica.

Lo fue en los años setenta con la Crisis del petróleo de 1973, cuando el embargo petrolero sacudió las economías occidentales y cambió el equilibrio energético mundial.

Lo volvió a ser tras la invasión rusa de Ucrania, que reveló hasta qué punto Europa dependía del gas procedente de Rusia.

Y vuelve a serlo ahora con las tensiones en torno a Irán y ese estrecho estratégico por el que circula buena parte de la energía del planeta.

Durante años, el debate empresarial sobre sostenibilidad se ha centrado en emisiones, descarbonización o cumplimiento normativo. La transición energética se ha presentado sobre todo como un imperativo climático y tecnológico. Pero esa visión es incompleta.

La energía no solo alimenta economías, también estructura el poder global. Por eso cada disrupción energética reconfigura estrategias industriales, alianzas políticas y prioridades empresariales.

La primera lección que deja cada crisis es clara: la dependencia energética es una vulnerabilidad estratégica.

Europa lo aprendió de forma abrupta tras la guerra en Ucrania. Durante décadas había construido un sistema energético altamente dependiente del gas ruso. Cuando ese suministro se volvió incierto, la energía dejó de ser un asunto de mercado para convertirse en un asunto de seguridad.

La segunda lección es más paradójica. Las crisis energéticas, lejos de frenar la transición energética, suelen acelerarla.

En el corto plazo, los gobiernos reaccionan reforzando cualquier fuente disponible para garantizar el suministro. Pero en el medio plazo surge una conclusión estratégica: reducir dependencias.

La electrificación, las energías renovables o el hidrógeno no responden únicamente a objetivos climáticos. Responden también a una lógica geopolítica: construir sistemas energéticos menos vulnerables.

En el fondo, la transición energética no solo busca descarbonizar la economía, sino también reducir vulnerabilidades.

Pero aquí aparece la tercera lección, quizá la más incómoda. La transición energética no elimina las dependencias geopolíticas. En muchos casos, simplemente las transforma.

El nuevo sistema energético depende de una cadena de valor distinta basada en minerales críticos como litio, cobalto, níquel o tierras raras. Sin ellos no hay baterías, turbinas eólicas ni redes eléctricas inteligentes.

Y aquí empieza a configurarse una nueva geopolítica de los recursos críticos. Gran parte del procesamiento de estos minerales se realiza en China, que domina buena parte del refinado mundial de recursos clave para la electrificación.

Europa ha empezado a comprender este riesgo estratégico. Un ejemplo claro es la política industrial impulsada a partir del European Green Deal, que busca reforzar la producción europea de baterías y tecnologías energéticas.

El objetivo no es solo acelerar la transición energética. También es reducir la dependencia de cadenas de suministro externas en sectores críticos.

En España, esta realidad tiene implicaciones directas. Sectores como la automoción, el refino, la industria química, el turismo o la agroalimentación dependen de cadenas de suministro globales que pueden verse alteradas por cualquier tensión geopolítica.

Empresas como Repsol, Cepsa o Enagás operan infraestructuras críticas cuya estabilidad depende de rutas energéticas que España no controla. En este contexto, la sostenibilidad ya no es solo ambiental: es estratégica.

Sin baterías no hay movilidad eléctrica. Y sin control sobre los materiales que las hacen posibles, la transición energética puede convertirse en una nueva forma de dependencia industrial.

La transición energética no está eliminando la geopolítica de la energía. Está inaugurando una nueva.

Este cambio obliga también a replantear el concepto de sostenibilidad empresarial. Durante años muchas estrategias ESG se han centrado principalmente en la medición de impactos ambientales o en indicadores de gobernanza. Pero el contexto actual está ampliando el marco.

Los nuevos marcos regulatorios europeos reflejan ya esta evolución. La "Corporate Sustainability Reporting Directive" y los estándares "European Sustainability Reporting Standards" incorporan una visión más amplia basada no solo en impactos, sino también en riesgos y oportunidades que pueden afectar a la estabilidad de los modelos de negocio.

En paralelo, iniciativas internacionales como la "Taskforce on Nature-related Financial Disclosures" han empezado a poner el foco en un aspecto que durante años había quedado en segundo plano: la dependencia de las empresas respecto a los sistemas naturales.

Actividades como la agricultura, la energía, la industria o el turismo dependen directamente de recursos como el agua, los suelos, los ecosistemas o la estabilidad climática.

Este enfoque introduce una idea clave: la sostenibilidad no consiste únicamente en medir impactos, sino también en comprender la dependencia que conecta a las empresas con los sistemas naturales, tecnológicos, energéticos o geopolíticos de los que dependen sus actividades.

Conceptos como resiliencia, diversificación de proveedores, control de recursos estratégicos o autonomía energética empiezan así a ocupar un lugar central.

La sostenibilidad deja de ser únicamente una agenda ambiental. Se convierte también en una estrategia para construir economías más resilientes en un mundo cada vez más incierto.

Porque, en realidad, la energía nunca ha sido solo energía. Siempre ha sido una forma de poder.