Manel Manchón y una manifestación de docentes en el Arc de Triomf de Barcelona
Momento Thatcher
"Es cierto que hay una mayor complejidad en el alumnado, pero parece que haya que tratar a cada alumno de una forma individual, porque todos tendrán alguna característica especial. Es un error monumental. En las escuelas hay que enseñar conocimiento, y para ello los profesores deben saber 'leer y escribir'"
Quizá se pueda considerar que el nombre de la ex primera ministra británica, idolatrada por el conservadurismo español, es una provocación. Margaret Thatcher impulsó políticas que han resultado, con el tiempo, un auténtico desastre para el Reino Unido. De forma deliberada quiso destruir una sociedad organizada, porque para ella solo existían los individuos. “No hay sociedad”, aseguraba.
Pero ha llegado el momento Thatcher en Cataluña por una cuestión muy clara: la confrontación de una parte del colectivo de los profesores contra el Govern de la Generalitat, al no aceptar un acuerdo que supone un esfuerzo considerable por parte de la Administración autonómica y que debe ser defendido.
A Thatcher hay que valorarla por una cuestión esencial: en determinados instantes debe primar la personalidad y la defensa de una posición política. No se puede negociar de forma constante, cerrar acuerdos y volver a comprar la mercancía de un determinado colectivo sólo para intentar tener contento a todo el mundo.
Los políticos de las democracias liberales se juegan, más que nunca, la credibilidad. Si fallan, si ofrecen la impresión —y con hechos tangibles— de que están al albur de movilizaciones y de presiones de colectivos organizados, el caos estará a la vuelta de la esquina. Hay que saber plantarse y aguantar y asumir todas las consecuencias.
Ha llegado el momento Thatcher para Salvador Illa y todo su equipo de gobierno.
La primera ministra británica aguantó huelgas salvajes, otras más comprensibles, pero eran movilizaciones rotundas que supo capear. ¿Fue irresponsable? Creía en un modelo político y lo defendió.
Las circunstancias de los años 80, con errores por parte de sus adversarios, determinaron su carrera política. Hubo un instante en el que fueron los suyos, dentro del Partido Conservador, los que le dejaron claro que su tiempo político había acabado. Pero nadie podrá reprocharle a Thatcher que impulsó aquello que creía, lo que la movía políticamente.
El problema educativo en Cataluña es muy complejo. Hay muchos elementos en juego. Tal vez uno de los mayores errores de la consejera Niubó es no haber pedido nada a cambio a los profesores. Y lo primero es que sean mucho más exigentes con ellos mismos.
Impera en Cataluña una cultura muy concreta, basada en ‘hacer feliz’ a los niños y adolescentes. Y los profesores que se han incorporado en los últimos años no se caracterizan por una gran vocación. Han encontrado en el mundo educativo un trabajo, como podrían estar trabajando en cualquier otro sector.
Muchos profesores se escandalizan cuando los más jóvenes aseguran que se aburren leyendo, por ejemplo. El pedagogo Gregorio Luri —no se pierdan la entrevista en Letra Global de este domingo— asegura que uno de sus más recientes cabreos se produjo cuando un profesor de Madrid le dijo que leer le aburría.
Las escuelas se deslizan hacia lo que Luri denomina una “deriva terapéutica”, donde el esfuerzo se enfoca de manera casi exclusiva en catalogar y tratar malestares psicológicos y emocionales de los alumnos. Y, claro, para tratarlos se necesitan especialistas y engrosar las plantillas con todo tipo de profesionales. Es lo que piden esos sindicatos corporativos de profesores, que se han cargado el preacuerdo alcanzado con el Govern.
Es cierto que hay una mayor complejidad en el alumnado, pero parece que haya que tratar a cada alumno de una forma individual, porque todos tendrán alguna característica especial. Es un error monumental. En las escuelas hay que enseñar conocimiento, y para ello los profesores deben saber “leer y escribir”.
Ha llegado el momento Thatcher. El Govern de Salvador Illa tiene la palabra.