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'Paisaje con caída de Ícaro'

'Paisaje con caída de Ícaro' Brueguel

Pensamiento

Isla Prosperidad

"Los españoles en paro que superan el medio siglo son, por primera vez, más numerosos que aquellos que forman parte del grueso de la población activa"

Publicada

Que el tiempo nos devora, igual que un cáncer, lo sabemos todos. Lo supo también Henry Miller después de constatar el asesinato de todos los dioses del pasado y del presente que, de alguna forma, encarnan a nuestros progenitores. “El héroe no es el tiempo, sino la intemporalidad”, escribió el novelista norteamericano. “Marcamos el paso, en filas cerradas, hacia la prisión de la muerte. No existe escapatoria. El tiempo no va a cambiar”.

Deberíamos, por tanto, considerar una inmensa suerte el hecho de poder asistir al espectáculo de esas vidas ajenas que acaban mal –todas, sin excepción, aunque mientras suene la música y dure el baile el mundo parezca maravilloso– tanto como contemplar a aquellos que encabezan el pelotón de galeotes lamentar la falta de sensibilidad de quienes les sucederán, que a su vez empiezan ya a escuchar la impugnación de los que son más jóvenes.

Entre las edades del hombre, que pueden representarse bajo la forma de un viacrucis, no existe armonía ni tampoco progreso. Todo se reduce a un acto sucesivo de resignación. Cada generación es hija de su tiempo y está encadenada a sus circunstancias, pero una de las disfunciones de esta época histórica consiste en constatar cómo una parte de los nacidos hace treinta o cuarenta años descargan su frustración generacional contra los cincuentones y los sesentones.

Según su punto de vista, que últimamente goza de un llamativo predicamento mediático, aunque las razones sean el interés y la ideología más que el juicio, los milenials viven peor que sus progenitores –hablamos desde el punto de vista material: la vida interior no se tiene en cuenta– y esta situación les resulta metafísicamente insoportable. Les parece una tragedia.

Claro es que todos creemos ser el centro del universo, pero si uno ha leído bien a Auden – “(…) Mientras los viejos aguardan con respeto y pasión / el nacimiento milagroso, siempre habrá / niños que no hubiera querido que ocurriese, mientras patinan / sobre un estanque a la orilla del bosque”– sabrá de sobra que en cada retrato trágico, igual que en el Paisaje con caída de Ícaro de Brueghel (como me apunta el gran Ignacio Vidal-Folch), hay siempre un personaje que da la espalda a la escena del desastre. Dicho con las palabras de Dylan (Bob): “Quien no está ocupando naciendo está ocupado muriendo”. Lo que para unos es una tortura para otros entra dentro de la normalidad.

Es cosa indiscutible que el encadenamiento de las últimas crisis (inmobiliarias, financieras, laborales) ha hecho imposible el sueño burgués de comprarse una casa, fundar una familia y soñar (algún día, allá donde termina el horizonte) con una pensión digna. Pero ninguna de estas evidencias justifica el aquelarre que determinados portavoces de su propio fracaso celebran contra los pensionistas, esos criminales que perciben –tras cotizar durante décadas– una pensión media de 1.500 euros y, si invirtieron con cierta cabeza, quizás tengan una vivienda en propiedad.

Y, sin embargo, este es el discurso dominante, aunque los datos objetivos desmientan no tanto las dificultades de los treintañeros y los cuarentones como esa falsa prosperidad de los mayores de cincuenta años. Este lunes, sin ir más lejos, el Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas y la Fundación BBVA hacían público un informe donde se dice que, por primera vez en la historia, los españoles en paro que superan el medio siglo son más numerosos que aquellos que forman parte del grueso de la población activa, cuya horquilla de edad oscila entre 25 y 54 años.

Los desempleados séniores, salvo excepciones procedentes del ámbito financiero y, desde luego, de la Administración, son los primeros exterminados de un mercado laboral que no es que sea inestable, sino que ha hecho del darwinismo –los sueldos son costes, amigos– una ley fatal e inexorable.

La práctica totalidad de los parados maduros, víctimas de despidos o ajustes de empleo, van a serlo a perpetuidad, salvo que se conviertan en autónomos mendicantes o en asalariados tan precarios como sus hijos o nietos. Desde luego, no es una situación que pueda calificarse de beneficiosa para nadie –especialmente para los afectados– dadas las usuales cargas familiares y financieras de los trabajadores expulsados del mercado laboral antes de tiempo.

En España, a pesar de la propaganda gubernamental, se vive bastante peor que antes: la alimentación es más cara, la vivienda se ha convertido en un producto de especulación universal donde abrevan no solo los fondos buitre, sino una multitud de ilustres inversores de clase media, y el trabajo ha dejado de ser una certeza para transformarse en una ficción. Pero todas estas dificultades no se circunscriben a los profesionales y trabajadores más jóvenes, sino que son transversales y, desde hace unos lustros, más dolorosas entre las capas sociales que superan la cincuentena.

De ahí que esta idea de enfrentar a los milenials con los boomers muestre, más que una sincera preocupación social, una estrategia que busca que los precarios con menos años devoren a los precarios de más edad. Cualquier trabajador con una carrera profesional larga cobraba, cuando comenzó su vida laboral, mucho menos que los milenials y, por supuesto, contaba con menos herramientas y conocimientos para salir adelante.

Unos lograron prosperar y otros solo han podido sobrevivir, que es lo que también sucederá –aunque de forma distinta– con los que ahora dicen ser víctimas de sus mayores y predican la demagogia generacional porque ignoran –o son incapaces de asimilar– que la vida cañón que adjudican a sus padres no ha sido ningún regalo caído del cielo, sino una (relativa) conquista individual.

No hay, sin embargo, que preocuparse demasiado. El tiempo, que a todos nos gobierna, antes o después enseñará a muchos de estos treintañeros y cuarentones iracundos que se puede transitar perfectamente desde la precariedad juvenil a la madura, incluso que existen muchas vidas, seguro que muy cerca de ellos, que nunca arribaron a lo que (illo tempore) se llamó Isla Prosperidad.