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Andreu Jaume y el imperio de las sombras

Jorge Luis Borges dejó escrito en su ‘Biografía de Tadeo Isidoro Cruz’, uno de los relatos de El Aleph, que “cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo instante: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”. La muerte, final de un sendero conocido y acaso comienzo de otro camino que ignoramos, preludia su visita muchos años antes de presentarse ante la puerta. Y lo hace como Ulises al retornar a Ítaca, a través de un heraldo que se disfraza de mendigo: la madurez. Ese instante en el que empiezan a abandonarnos quienes nos antecedieron y aquellos que creíamos que iban a sucedernos, si es que existen, se separan de nuestro lado para perderse en su propio laberinto

Sobre este espacio yermo, espiritualmente fértil, donde se construyeron los mitos antiguos, Andreu Jaume, editor de culto, traductor ilustre, the better craftsman of the mother tongue, ha escrito un hermoso poema narrativo –Tormenta todavía (Sloper)– que es una meditación sobre el ejercicio de vivir sin mentiras. Un retrato exacto del páramo de King Lear. Una elegía póstuma compuesta por anticipado. Como cualquier poema de estirpe clásica, se separa de inmediato de sus orígenes, reconocibles y soberbios, para fundarse a sí mismo, que es lo que hacemos todos antes de comprender que la verdadera existencia no consiste en construir absolutamente nada, sino en aprender a administrar las renuncias sin incurrir en el sentimentalismo, ni entregarnos a la codificada justificación de la tragedia. Ese trance que nos sitúa frente a lo que los antiguos llamaban sabiduría. "El gran no res, chico, / el que portem a dins, aquest règim de veus, / aquest imperi d'ombres".

Tormenta todavía es un libro inclasificable –e inacabado, según su autor– que, al mismo tiempo, se muestra como una desgarradora confesión, un descargo de conciencia, una carta de amor terrenal, un brillante ejercicio de crítica literaria y una oración surgida –con envidiable furia– de las entrañas. Tiene también algo de borrador, quizás de un testamento prematuro, pero, al modo de la mejor literatura de las despedidas, su augurio funerario debe entenderse como un himno a esa vida milagrosa que se derrama en un sinfín de espejismos donde aparecen, vislumbrados, los reflejos de nuestro propio rostro.

Jaume, traductor de Shakespeare, especialista en la poesía de Gil de Biedma, devoto de Hölderlin, describe a lo largo de más de doscientas páginas de versos prosaicos –los más difíciles que existen, como ya explicara T.S. Eliot, otro héroe del santuario– la ingrata travesía de una voz anónima –“Edgar ya no soy”– a través de la crisis de la mediana edad, esa bomba atómica que, al estallar sobre Hiroshima, hace que todos sintamos que “tenemos menos tiempo y a la vez / más miedo”. Una sinfonía atmosférica llena de paisajes –Berlín, Londres, Creta, Madrid, Italia, Mallorca, Barcelona–, amigos –“No hace falta caerse para hacerse daño”–, lecturas, cuadros y partituras. Un libro que destila valentía y hondura.

El poema es un monólogo dramático –esto es, un falso diálogo con una mujer que responde con el silencio– en el que un hombre que sabe que ya no volverá a ser joven describe el crepúsculo del padre, anticipo del propio; contempla el derrumbe de las estirpes, anticipa la devastación y sobrevive, transformado, al naufragio de su matrimonio. “Todo lo que nos ha constituido se derrumba / y aparece la vida como una cría”. Tormenta todavía es una Divina Comedia hecha con la ambición de quien aspira a medirse con los clásicos –“siempre a la altura de los dioses”– porque conoce su secreto: contarnos (a todos) mientras uno se cuenta a través de voces que hablan en otros idiomas, entre ellas la del padre, cargadas de emoción: “Acompaño a mi padre hasta la muerte / a los blancos acantilados de Dover / o son los de Moher / ¿o son las tapias del cementerio de Palma?”. 

Un libro sobre ese instante en el que descubrimos el secreto, enigma sin solución, que anuncia la peregrinación a Patmos: “Aprendemos a reconocer la soledad / con la primera vejez, / no hay consejos ni certezas que valgan, / no existe la serenidad de los viejos / sino su locura / que empezamos a ver / como una llanura / donde alguien cabalga a lo lejos / acercándose”. Un ejemplo de lo que puede –y sabe– hacer la poesía: convertir en sagrado el fracaso que seremos, danzar sobre la muerte como un goliardo, cantar aquello que merece ser cantado con la crudeza y el espanto con el que un día dejamos de ver “el mar azul cobalto, aquel mar / homérico y sin barcos” de Camp de Mar y, desde lo alto de la torre del vigía, contemplamos la extensión completa del desierto. “I’m looking for the face I had / before the world was made” (Auden). Cuando decimos lo que sentimos, en vez de lo que debemos. Cuando por fin sabemos de una vez y para siempre quiénes somos. Y, en los templos, irrumpen los leopardos.

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